lunes, 30 de marzo de 2026

SAM ALTMAN Y LA LEY DE MOORE PARA TODO (PARTE II)

Por José Antonio Artusi

En 'Sam Altman y la ley de Moore para todo', publicado en esta hoja el 11 de marzo de 2025, explorábamos las premisas de Altman sobre la drástica reducción del coste de bienes y servicios gracias a la IA, y su propuesta de distribuir esa abundancia mediante un fondo financiado con impuestos a empresas tecnológicas y a la tierra.

En esta segunda parte se aborda la urgencia de una adecuada arquitectura política, económica y social para que esa abundancia no derive en una distopía de exclusión y dominación. Desde la publicación de aquel manifiesto de Altman en 2021 que citábamos en la primera parte hasta este presente de 2026, el desarrollo exponencial de la Inteligencia Artificial no solo ha confirmado las tendencias, sino que ha pulverizado los cronogramas más optimistas.

Lo que en 2021 parecía una especulación teórica de Sam Altman, hoy es una realidad tangible. El último año ha marcado un punto de inflexión con el desarrollo de modelos de lenguaje que ya no solo "imitan" el pensamiento, sino que ejecutan tareas complejas de razonamiento médico, legal y técnico.

Andrew Yang, excandidato presidencial en los Estados Unidos, ha recalibrado su discurso. Ya no habla solo de un "Bono" para paliar la pobreza, sino de un Dividendo de la IA.

Si en su momento su propuesta parecía una respuesta defensiva ante la pérdida de empleos industriales, sus declaraciones en el último año han dado un giro cualitativo. Yang sostiene ahora que la IA representa la mayor transferencia de valor de la historia hacia unas pocas corporaciones tecnológicas.

La Inteligencia Artificial se entrena con la suma de la cultura humana: nuestros libros, nuestras fotos, nuestros datos. Yang argumenta que, si la materia prima de la riqueza del mañana son nuestros datos colectivos, el beneficio debe retornar de forma automática a cada ciudadano. Esta idea se ensambla perfectamente con el American Equity Fund propuesto por Altman. Ya no hablamos de una transferencia asistencialista, sino de una retribución por propiedad intelectual colectiva. La propuesta es clara: si la IA puede realizar el trabajo de miles de profesionales en segundos, la renta generada por esa eficiencia debe alimentar un fondo que garantice un piso de dignidad.

Además, existe un mito persistente sobre la "inmaterialidad" de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, el desarrollo exponencial del último año ha revelado una realidad física contundente: la IA demanda una cantidad masiva de energía, agua para refrigeración y suelo. Los centros de datos —los "templos" de esta nueva era— son infraestructuras gigantescas que requieren ubicaciones estratégicas, recursos naturales y conectividad.

Resulta fascinante observar cómo Altman rescata la figura de Henry George para sostener su esquema fiscal. A menudo se piensa que en una economía digitalizada y "desmaterializada", la tierra pierde relevancia. Nada más alejado de la realidad. Altman comprende una paradoja fundamental: a medida que la tecnología abarata el software, el hardware y la energía (la "Ley de Moore para todo"), el valor se desplaza hacia lo que no se puede reproducir mediante algoritmos: el suelo urbano bien localizado.

Altman propone capitalizar su fondo gravando tanto a las empresas como al valor de la tierra. Pero es necesario precisar el concepto georgista: lo que debe gravarse no es la inversión productiva (los edificios o los servidores del data center), sino el valor del suelo libre de mejoras.

Al gravar la tierra —ese recurso de oferta fija que nadie creó—, capturamos la renta que se genera por el simple hecho de que la sociedad y la tecnología progresan a su alrededor. Si una empresa de IA decide instalar un centro de datos en una región, el valor de la tierra circundante se dispara, no por el esfuerzo del dueño del lote, sino por la infraestructura y la demanda tecnológica externa. Gravar ese valor del suelo "desnudo" permite financiar el dividendo social sin castigar la innovación ni la construcción. Es el incentivo perfecto: penaliza la especulación del suelo y fomenta la inversión en capital productivo.

El crecimiento de la riqueza generado por la IA se capitaliza, inevitablemente, en el valor de los terrenos donde la gente quiere vivir y disfrutar de los beneficios de esa nueva sociedad. Si no capturamos esa plusvalía el dividendo tecnológico terminará siendo absorbido por los propietarios de la tierra en forma de rentas inmobiliarias más altas. El esquema de Altman no es solo una herramienta de recaudación, sino un mecanismo de justicia distributiva que impide que la especulación inmobiliaria se convierta en el sumidero de las ganancias de la inteligencia artificial.

El escenario de 2026 nos muestra un sistema tributario diseñado para un mundo que ya no existe. Seguimos intentando financiar el Estado de bienestar mediante gravámenes al trabajo y al consumo.

En el paradigma de la "Ley de Moore para todo", el trabajo humano deja de ser la principal fuente de valor agregado. Por lo tanto, gravar el trabajo es castigar una actividad en retirada. La propuesta de Altman y las advertencias de Yang coinciden: debemos desplazar la carga fiscal hacia la renta de la IA y hacia la renta de la tierra. Si además el impuesto a la IA se paga y redistribuye en acciones, el ciudadano se convierte en dueño directo del progreso. Si a la empresa tecnológica le va bien, el fondo soberano aumenta su valor y, consecuentemente, el dividendo que recibe cada individuo. Es la socialización de los beneficios del progreso a través de la propiedad, no de la burocracia.

La transición no será sencilla. La resistencia de algunas élites y el escepticismo generalizado son obstáculos reales. Aquí es donde la "tecnificación de la política" se vuelve vital. Necesitamos sistemas transparentes para gestionar estos fondos de equidad y asegurar que la distribución sea equitativa y libre de clientelismo.

Andrew Yang insiste en que este "capitalismo para todos" debe ser descentralizado. El dinero debe llegar directamente a las cuentas de los ciudadanos, permitiendo que cada persona elija cómo invertir su tiempo: en educación, en cuidados, en arte o en nuevos emprendimientos. La IA nos otorga, por primera vez en la historia, el potencial de divorciar la supervivencia económica del empleo alienante.

Si el futuro va a ser, como predice Altman, "casi inimaginablemente grandioso", no será por generación espontánea. Será porque habremos tenido la madurez política de entender que la inteligencia de las máquinas es una herencia común. La Ley de Moore para todo no debe ser solo una métrica de potencia de cálculo; debe ser una ley de progreso social. El desafío es pasar de una economía de la escasez a una economía de la abundancia, donde la tierra, el trabajo y el capital se pongan, finalmente, al servicio del desarrollo humano integral.

 

Fuentes:

Altman, Sam. "Moore's Law for Everything." Sam Altman (Blog), 16 de marzo de 2021. https://blog.samaltman.com/moores-law-for-everything.

George, Henry. Progreso y miseria: Indagación acerca de la causa de las crisis industriales y del aumento de la falta de trabajo con el crecimiento de la riqueza. El remedio. Madrid: Civitas, 2018.

International Energy Agency (IEA). "Data Centres and Data Transmission Networks." IEA Reports, 2025. https://www.iea.org/reports/data-centres-and-data-transmission-networks.

Yang, Andrew. "The Data Dividend and the AI Era." Forward Party Perspectives, 12 de enero de 2026. https://www.forwardparty.com/perspectives/data-dividend.

 

Publicado en el diario La Calle el 29 de marzo de 2026.

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jueves, 26 de marzo de 2026

LAS ELECCIONES DE DIPUTADOS NACIONALES DEL 22 DE MARZO DE 1914


Por José Antonio Artusi

El 22 de marzo de 1914 se realizaron elecciones de diputados nacionales en la República Argentina aplicando por segunda vez la ley electoral sancionada en 1912 durante la presidencia de Roque Sáenz Peña. Al tener la Argentina un sistema escalonado para elegir a sus diputados, después de estos comicios el país contó por primera vez con una cámara de diputados nacionales completamente electa mediante comicios regulados por el nuevo régimen. Aquella jornada electoral constituyó una prueba importante para una reforma política que había modificado profundamente las reglas del sistema electoral argentino.

La ley de 1912 introdujo tres principios que hoy nos parecen naturales pero que en su momento representaron una verdadera transformación: el voto secreto, el sufragio obligatorio y la utilización del padrón militar como base del registro electoral. Con esos instrumentos se buscaba terminar con prácticas que habían caracterizado durante décadas al sistema político, entre ellas el voto cantado, la manipulación de los padrones y diversas formas de presión sobre los electores.

No se trataba solamente de una reforma técnica. La Ley Sáenz Peña respondía a una crisis política que venía gestándose desde fines del siglo XIX. El sistema electoral vigente hasta entonces había generado una creciente desconfianza en amplios sectores de la sociedad, que veían en él un mecanismo destinado a perpetuar en el poder a los grupos dirigentes.

En ese contexto, el radicalismo encabezado por Leandro N. Alem primero y por Hipólito Yrigoyen después había adoptado durante largos años la estrategia de la abstención electoral, combinada en algunos momentos con levantamientos armados. La consigna era clara: no participar de un sistema que se consideraba estructuralmente fraudulento.

La reforma impulsada por Roque Sáenz Peña buscó precisamente modificar ese escenario. Su objetivo era abrir el sistema político, incorporar a las fuerzas opositoras al juego institucional y restablecer la legitimidad del sufragio como mecanismo de representación política.

Las elecciones de 1912 comenzaron a mostrar los primeros efectos de esa transformación. Pero los comicios legislativos del 22 de marzo de 1914 tuvieron un significado particular porque permitieron comprobar, con mayor amplitud territorial, el funcionamiento de las nuevas reglas.

Los resultados confirmaron lo que muchos observadores habían anticipado: cuando el voto podía ejercerse con mayor libertad, el mapa político del país comenzaba a modificarse. El radicalismo obtuvo triunfos en varios distritos, ampliando su representación parlamentaria y consolidándose como una fuerza política de alcance nacional.

Desde luego, el proceso distaba de ser perfecto. El sufragio seguía limitado a los varones—las mujeres recién obtendrían el derecho al voto varias décadas después— y persistían prácticas fraudulentas en algunos distritos. Terceras fuerzas quedaban excluidas. De todos modos, el avance institucional era innegable.

Mirado con la perspectiva que da el tiempo, el proceso iniciado con la Ley Sáenz Peña constituye uno de los momentos más importantes en la historia de la democratización argentina. No porque haya resuelto todos los problemas del sistema político, sino porque introdujo reglas que permitieron canalizar los conflictos dentro del marco institucional.

La experiencia histórica demuestra que la calidad de una democracia depende en gran medida de la confianza que los ciudadanos depositan en el sistema electoral. Cuando las elecciones son percibidas como un procedimiento manipulable o carente de transparencia, la legitimidad de los gobiernos resulta inevitablemente afectada.

La reforma, producto de un acuerdo entre Yrigoyen y Sáenz Peña, transformó al sufragio libre en la herramienta central de la vida política.

Conviene recordar, además, que aquella reforma no fue el resultado de una decisión unilateral ni de un gesto aislado. Fue el producto de un proceso histórico en el que confluyeron demandas sociales, luchas políticas y la capacidad de ciertos dirigentes para comprender la necesidad de acordar cuestiones básicas.

El propio Sáenz Peña, dirigente surgido del régimen político tradicional, entendió que la continuidad del sistema dependía de su capacidad para abrirse a nuevas formas de participación. Su célebre exhortación, “quiera el pueblo votar” sintetizaba esa convicción.

En esos comicios el oficialismo, con distintas denominaciones en cada provincia, se impuso en Provincia de Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, Corrientes, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Salta, San Juan, Santiago del Estero y Tucumán. La Unión Cívica Radical se impuso en Entre Ríos y Santa Fe, y el Partido Socialista en la Capital Federal. En San Luis no se renovaron diputados.

En Entre Ríos se renovaron ocho diputados. En su primer triunfo electoral la UCR obtuvo seis y el Partido Provincial dos. Cabe señalar que la victoria del radicalismo en esa ocasión estuvo favorecida por la presentación de una tercera lista, “carbosista”, que de alguna manera dividió el voto conservador. El radicalismo obtuvo 25.947 votos (el 47,42%), el Partido Provincial 21.339 (el 39%), y la lista “carbosista” 6.615 (el 12.09%). La participación llegó al 76,59%, bastante más alta que la media nacional, que fue el 58%. El sistema electoral empleado era el de mayoría y minoría o lista incompleta, bajo el cual los dos partidos más votados se repartían las bancas en juego; dos tercios de las bancas para el primero y un tercio para el segundo. Las demás listas quedaban sin representación.  El sistema incluía el “panachage”, o tachas, que la daba al ciudadano la posibilidad de tachar candidatos en las listas. Eso explica que cada candidato considerado individualmente obtenía una cantidad de votos distinta a la de su partido, y esa cantidad determinaba quien resultaba electo dentro de cada lista.

En esa oportunidad fueron electos, por la UCR, Leopoldo Melo (el candidato más votado dentro de los radicales), Celestino Marcó, Miguel María Laurencena, Emilio Mihura, Gregorio Morán, y Juan Cruz Paiz. Laurencena renunciaría poco después, el 23 de septiembre, tras ser electo gobernador el 7 de junio de 1914. El Partido Provincial consagró por su parte a Emilio Marchini y Agustín Redoni.   

Más de un siglo después, cuando las democracias contemporáneas enfrentan desafíos de distinta naturaleza —desde la desconfianza ciudadana hasta la creciente polarización política— resulta útil recordar aquellas experiencias trascendentes.

Las instituciones democráticas no son el resultado de una evolución automática ni están garantizadas para siempre. Son construcciones históricas que requieren cuidado, adaptación y, sobre todo, un compromiso permanente con los principios que las inspiran.

Las elecciones del 22 de marzo de 1914 fueron una de las primeras pruebas de un sistema electoral renovado que aspiraba a devolver al sufragio su función esencial: ser la expresión libre de la voluntad del soberano.

Recordar esa jornada no implica idealizar el pasado ni desconocer las dificultades que siguieron marcando la vida política argentina durante el siglo XX. Significa, simplemente, reconocer que hubo momentos en los que la dirigencia política fue capaz de impulsar reformas institucionales profundas para fortalecer la legitimidad del sistema.

En tiempos en que el debate público suele concentrarse en las urgencias de la coyuntura, las efemérides como esta ofrecen una oportunidad para reflexionar sobre cuestiones más duraderas. Entre ellas, la importancia de preservar reglas electorales que garanticen competencia política, transparencia y confianza ciudadana.

Porque, en definitiva, la vitalidad de una democracia depende en gran medida de algo tan sencillo —y al mismo tiempo tan decisivo— como la certeza de que cada voto cuenta y de que cada elección es una verdadera expresión de la voluntad popular.

 

Publicado en el diario La Calle el 22 de marzo de 2026.

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martes, 17 de marzo de 2026

JOHN SNOW, LA EPIDEMIOLOGÍA, LA GEOGRAFÍA, EL URBANISMO Y LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL

Por José Antonio Artusi

Se cumplen 213 años del nacimiento de John Snow, médico inglés que nació en York el 15 de marzo de 1813 y murió en Londres el 16 de junio de 1858. Es considerado el padre de la epidemiología moderna.

 Hijo de un modesto trabajador, su ascenso en la medicina fue el fruto de una estricta disciplina y una propensión a rechazar los dogmas. Antes de hacer aportes a la epidemiología que pasarían a la historia, Snow ya era un pionero en la anestesiología, habiendo perfeccionado el uso del éter y el cloroformo. Con tal técnica llegó incluso a asistir a la Reina Victoria en sus últimos dos partos.

Obsesionado por el cólera, se dedicó con paciencia y rigor a estudiar la propagación de la patología. En aquella época, la teoría dominante era la miasmática: la idea de que las enfermedades se transmitían por la inhalación de vapores orgánicos en descomposición. Snow, con rigor lógico, sospechaba lo contrario. Observaba que los síntomas del cólera eran gastrointestinales, no respiratorios. La lógica dictaba que el veneno debía entrar por la boca.

Marco Villanueva – Meyer recuerda que Snow “propuso una innovadora hipótesis: sostuvo que el cólera se transmitía mediante la ingestión de una “materia mórbida” que no podía ser vista por el ojo humano, la que actuaba en los intestinos produciendo diarreas y una severa deshidratación, características del cólera… Sin embargo, la teoría de Snow no fue aceptada por la comunidad médica, que persistía en sus creencias de la teoría miasmática”.

John Snow tenía su práctica médica cerca de donde se originó la epidemia que, en 1853, mató a centenares de personas en tan solo una semana en el Soho. Ante esta situación, recurrió a un mapa en el cual marcó la ubicación de las viviendas de los fallecidos. Según sus anotaciones, determinó cuál era la zona con mayor número de muertes. Además, ubicó en el plano los pozos de agua. Así pudo identificar como el pozo crítico al que estaba en Broad Street, en pleno corazón de la epidemia. Algo que lo ayudó a realizar esa tarea fue que varias décadas antes, desde 1765, se comenzó con la numeración de las calles en Londres. También determinó que en esa zona había un taller con más de 500 trabajadores a los que no les pasó nada porque recibían agua de otro pozo; lo mismo ocurría con otras personas que trabajaban en una cervecería que tenía su propio pozo de agua y que además tomaban cerveza. Snow postuló y finalmente demostró, en 1854, que la causa de la epidemia de cólera en el centro de Londres era el consumo de aguas contaminadas con materias fecales.

El punto de inflexión ocurrió en agosto de 1854. En apenas una semana, alrededor de 1.800 personas, un 10% de la población del barrio, murieron en el Soho. Snow realizó un exhaustivo relevamiento in situ: entrevistó a los vecinos, contó los fallecidos casa por casa y, lo más importante, georreferenció los datos. Su conclusión fue radical: las muertes se agrupaban alrededor de la bomba de agua de Broad Street. La epidemia se extendió por la ciudad dejando alrededor de 10.000 muertos.

Tras persuadir a las autoridades locales de retirar la palanca de la bomba, el brote cesó. Snow había demostrado, sin ver nunca el Vibrio cholerae, - que recién sería identificado por Robert Koch en 1884 - que el agua contaminada era el problema.

El aporte más trascendente de Snow fue su famoso mapa. No fue el primero en mapear una enfermedad, pero sí el primero en usar la cartografía como una herramienta de inferencia estadística. Al visualizar la densidad de muertes sobre el plano urbano, Snow reveló un patrón que los informes tabulares ocultaban. Identificó anomalías: por qué en una fábrica de la zona no hubo muertos, ya que bebían agua de su propio pozo. O por qué una mujer que vivía lejos del Soho contrajo la enfermedad y murió: le gustaba tanto el sabor del agua de Broad Street que mandaba traer botellas de allí.

Este enfoque transformó la geografía urbana como un factor determinante de la salud pública. Snow entendió que el código postal podía ser un predictor de salud tan potente como la carga genética.

Podríamos imaginar que Si Snow resucitara no usaría un lápiz, sino algoritmos de aprendizaje profundo (Deep Learning) y Sistemas de Información Geográfica (SIG). La conexión entre su método y la inteligencia artificial es directa: la búsqueda de patrones en grandes volúmenes de datos para predecir eventos futuros.

Hoy, la Geografía de la Salud utiliza modelos de IA para analizar variables ambientales y predecir brotes de enfermedades. Al igual que Snow vinculó la bomba con el cólera, los modelos actuales vinculan, por ejemplo, contaminación del aire con crisis respiratorias o falta de acceso a agua potable con focos infecciosos.

La inteligencia artificial permite procesar datos en tiempo real de millones de sensores urbanos. La aplicación del "método Snow" a la escala del siglo XXI podría significar, entre otras cuestiones, la optimización de servicios: Decidir, por ejemplo, dónde construir el próximo hospital o centro de atención primaria de la salud basándose en flujos de movilidad, tendencias demográficas y vulnerabilidad social, no en la mera intuición de los funcionarios de turno.

En el Soho, la solución fue simple: quitar una palanca. En las ciudades modernas, los problemas son complejos y multifactoriales. La IA puede ayudar a las administraciones a realizar análisis de sensibilidad: ¿Qué sucede con la salud de la población si aumentamos en un determinado porcentaje las áreas verdes y el arbolado urbano? ¿Cómo impacta la peatonalización de una avenida y la mejora de la movilidad urbana en las tasas de asma infantil y en la reducción de la siniestralidad vial en jóvenes?

El legado de John Snow es, en última instancia, un llamado a la humildad científica y política. Snow tuvo que luchar contra el establishment médico que se negaba a abandonar la teoría del miasma porque implicaba reformas costosas en el sistema de saneamiento.

La implementación de políticas públicas hoy enfrenta retos similares. La IA y la epidemiología espacial nos ofrecen la evidencia, pero la toma de decisiones sigue siendo un acto de voluntad política. Integrar estas herramientas permitiría planificar y gestionar ciudades más saludables, reducir inequidades, e implementar una prevención proactiva; como siempre, sigue siendo verdad que más vale prevenir que curar.

John Snow nos enseñó que la ciudad es un organismo vivo y que las enfermedades interactúan con ella. Su mapa no era solo una representación de la muerte, sino una herramienta para defender la vida. Al combinar la intuición humana con la potencia de la inteligencia artificial y la precisión de la geografía moderna, tenemos la oportunidad de diseñar hábitats más saludables. La palanca de la bomba de Broad Street ya no está, hoy tenemos códigos y algoritmos, pero el objetivo sigue siendo el mismo: que nadie enferme ni muera por una causa evitable que el mapa nos había advertido.

 

 

Fuentes:

Moncayo Medina , Alvaro. "El bicentenario de John Snow, 1813-2013." Scielo. 2013. http://www.scielo.org.co/pdf/inf/v17n1/v17n1a02.pdf.

Villanueva - Meyer, Marco . "El Dr. John Snow: iniciador de la epidemiología moderna." Galenus. 2021. https://www.galenusrevista.com/el-dr-john-snow-1813-1858/.

 

Publicado en el diario La Calle el 15 de marzo de 2026.

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domingo, 8 de marzo de 2026

HIPATIA DE ALEJANDRÍA

Por José Antonio Artusi

Se cumplen 1611 años de la muerte de Hipatia de Alejandría. Hipatia nació en Alejandría en 355 o 370 y murió asesinada el 8 de marzo de 415 en su ciudad natal. En realidad, la fecha de su muerte no está del todo clara, pudo haber sido otro día, pero el dato es irrelevante. No deja de ser una interesante coincidencia que el 8 de marzo sea también el Día de la Mujer.

Hipatia fue filósofa, científica y maestra. Descolló en los campos de la matemática y la astronomía.   Pero Hipatia fue algo más; la encarnación del pensamiento libre en un mundo que comenzaba a cerrarse y oscurecerse. En una época donde la Iglesia buscaba consolidar su poder mezclando la religión con el Estado, Hipatia representaba la libertad de pensamiento y, sobre todo, la autoridad intelectual encarnada en una mujer.

Su valioso ejemplo no pasó desapercibido para los intolerantes. Una turba de cristianos fanáticos la asesinó cruelmente y quemó su cadáver. Muchos historiadores asignan la instigación del crimen al patriarca de Alejandría, Cirilo, si bien el debate sobre la cuestión sigue abierto.  Su episcopado se caracterizó por la persecución a judíos, paganos y cristianos de tendencias consideradas herejes, lo que abona la verosimilitud de la acusación.  

Hace 1611 años, las calles de Alejandría fueron testigos de uno de los crímenes más atroces contra la inteligencia. Hoy, ese mismo fanatismo, mutado pero idéntico en su esencia, dicta sentencias en Kabul y Teherán. Y mientras el cuerpo de las mujeres sigue siendo el campo de batalla de las teocracias, una pregunta incómoda flota sobre Occidente: ¿Por qué guardan silencio quienes dicen defender a las mujeres y a los derechos humanos?

El asesinato de Hipatia no fue un accidente, sino un mensaje político. Hipatia murió por ser una mujer que no conocía la sumisión y por poseer un conocimiento que los clérigos de su tiempo consideraban una amenaza.

Teresa Mayor Ferrándiz señala que “Hipatia aparece como la víctima inocente de un integrismo cristiano que persigue, con saña, basándose en el Decreto del Emperador Teodosio I del año 391, los cultos paganos y que destruirá toda religión, o templo, que no sea cristiano”.

Si Hipatia resuscitara, vería un mundo que en muchas latitudes ha sido transformado positivamente por la luz de la razón, pero también observaría un mapa ominoso y lúgubre donde su tragedia se repite. Bajo el régimen talibán en Afganistán, las mujeres han sido expulsadas de las universidades y las escuelas. Su derecho a la educación es violado de manera impune y negado expresa y formalmente por la dictadura que las oprime. Se les ha prohibido trabajar, y, esencialmente, existir en el espacio público. Es un apartheid de género que busca convertir a la mitad de la población en fantasmas domésticos. Al prohibirles la educación, los talibanes no solo castigan a las mujeres; están asesinando el futuro de una nación, tal como la turba de Cirilo asesinó la sabiduría de Alejandría. En Irán, la teocracia masacra a quienes claman por "Mujer, Vida, Libertad". La muerte de Mahsa Amini por llevar "mal puesto" el hiyab fue el detonante de una resistencia heroica. Allí, mostrar el cabello es un acto de insurrección contra el dogma; es reclamar la propiedad del propio cuerpo frente a un Estado que utiliza la religión como un látigo. Las mujeres iraníes están siendo torturadas y ejecutadas por el mismo pecado que Hipatia: negarse a bajar la mirada ante el fanatismo. Y hoy el régimen iraní masacra decenas de miles de ciudadanos que reclaman libertad y el fin de la dictadura. 

Lo más doloroso de este panorama no es solo la brutalidad de los opresores —cuya naturaleza es previsible, y hasta coherente con su perversa ideología— sino la cobardía cómplice de quienes, desde la seguridad de las democracias liberales, prefieren mirar hacia otro lado o justificar patéticamente lo injustificable.

Asistimos a una era de feminismo de salón, más preocupado por el lenguaje inclusivo o las cuotas en los consejos de administración de las empresas, que por la vida de las mujeres que se juegan la vida por leer un libro en Kabul o mostrar su cuerpo en Teherán. Existe una disonancia cognitiva aterradora en muchas organizaciones que se autoproclaman feministas y defensoras de los derechos humanos que, por miedo a ser tildadas de "islamófobos" o por una malentendida "tolerancia cultural", abandonan a las mujeres que realmente ven vulnerados sus derechos más elementales.

Las causas de este silencio seguramente son complejas y múltiples. Pero urge analizar y denunciar el fenómeno. Una de sus aristas consiste en el relativismo cultural como excusa: Se ha instalado la idea perversa de que los derechos humanos son un "invento occidental" y que no debemos "imponer" nuestros valores. ¿Es la libertad de no ser azotada un valor local o bien universal? Nunca enfatizaremos lo suficiente que los derechos humanos son universales y no reconocen fronteras de ningún tipo. 

Otro aspecto del desvarío occidental radica en la jerarquía de las luchas: Para muchos sectores de la izquierda identitaria, denunciar el fundamentalismo islámico es políticamente incorrecto. Prefieren atacar a Israel en una calle o una universidad de Nueva York o Buenos Aires mientras callan ante crímenes atroces contra mujeres en países donde la democracia, los valores republicanos y los derechos humanos son considerados inventos demoníacos de Occidente. Y puede haber también cierto miedo a la cancelación: Criticar la opresión religiosa cuando esta no es cristiana parece haberse vuelto un tabú. Se olvida que la intolerancia es un cáncer, independientemente del libro sagrado que la justifique.

Es una hipocresía flagrante que se organicen manifestaciones para reclamar la vigencia de los derechos humanos pero que las embajadas de países totalitarios no vean a esas mismas personas exigiendo el fin del sometimiento femenino. El silencio de las instituciones internacionales y de los lobbies feministas no es neutral; es oxígeno para los tiranos.

Cuando se calla ante la obligación de usar el hiyab o ante la prohibición de la educación femenina bajo la sharía, se está validando una ideología reaccionaria y peligrosa, similar a la que martirizó a Hipatia. No se puede defender los derechos de las mujeres y los derechos humanos en general "a tiempo parcial" o "según la latitud", o “según la cultura”.

La figura de Hipatia debe servirnos no sólo como un recordatorio de lo que perdemos cuando el fanatismo triunfa, sino como una advertencia sobre la fragilidad de nuestras propias libertades. La tolerancia con el intolerante es, en última instancia, una traición a las víctimas.

Las mujeres sojuzgadas en regímenes teocráticos son las herederas de la científica de Alejandría. Cada vez que una niña afgana estudia a escondidas, o una mujer iraní quema su velo, el espíritu de Hipatia renace. Occidente tiene la obligación moral de no dejarlas solas. El feminismo que no es universal es una forma de privilegio egoísta. Si no somos capaces de alzar la voz por aquellas que no tienen voz, habremos permitido que los intolerantes y fanáticos vuelvan a ganar la batalla, dieciséis siglos después.

 

Fuentes:

Mayor Ferrándiz, Teresa. "Hipatia de Alejandría. El ocaso del paganismo." Dialnet. 2013. https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/5174553.pdf.

Toohey, Sue. "The important life and tragic death of Hypatia." Skyscript. 2003. https://www.skyscript.co.uk/hypatia.html.

 

Publicado en el diario La Calle el 8 de marzo de 2026.

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domingo, 1 de marzo de 2026

EL LIBRE COMERCIO ES PROSPERIDAD

Por José Antonio Artusi

Se vuelve a discutir de proteccionismo y libre comercio en la Argentina. Es muy frecuente que en nuestros debates caigamos en la trampa de los eslóganes vacíos, olvidando que la política —y sobre todo la economía política— debe ser, ante todo, una herramienta para mejorar la vida de las personas.

En “Best Things First” (“Las mejores cosas primero”), un libro de Bjorn Lomborg publicado en 2023, este autor danés, conocido por su enfoque pragmático y basado en datos a través del Copenhagen Consensus, nos plantea un desafío ético: si tenemos recursos limitados, ¿dónde debemos invertirlos para generar el mayor bien posible?

El libre comercio es mucho más que una teoría económica con sólido respaldo científico y abundante evidencia empírica a lo largo de siglos; para los países en desarrollo, y muy especialmente para las naciones más pobres, el libre comercio no es una entelequia académica; es la diferencia entre el estancamiento y el progreso. Lomborg es taxativo: de todas las metas que el mundo se ha propuesto para 2030, el fomento del libre comercio es una de las que ofrece el mayor retorno social por cada dólar invertido.

El argumento de Lomborg se alinea con una tradición que va desde los fisiócratas, Adam Smith y David Ricardo hasta los pensadores liberales modernos: el comercio permite que los países se especialicen en lo que hacen mejor, lo que aumenta la eficiencia y, por ende, la riqueza total. Pero Lomborg le añade un barniz de urgencia humanitaria. Para él, el comercio es una "máquina de sacar gente de la pobreza".

¿Por qué el libre comercio es vital para los países pobres? Siguiendo la línea de razonamiento de Lomborg podemos enumerar tres pilares fundamentales:

. Reducción de precios y acceso a bienes de capital: Para un pequeño productor en un país subdesarrollado el acceso a maquinaria y tecnología a precios internacionales no es un lujo, es una condición de supervivencia. El proteccionismo, bajo el disfraz de "soberanía", suele ser el mecanismo por el cual se condena al pobre a pagar más caro por productos de menor calidad. Lo mismo puede decirse de los consumidores más pobres. Mientras los ricos que pueden viajar al exterior compran celulares o ropa más barata en Miami o en Europa, los que no pueden acceder a salir del país se ven obligados a pagar precios mucho más caros.

. Difusión del conocimiento y condiciones para la paz: El comercio no solo mueve contenedores; mueve ideas. Al abrirnos al comercio, fomentamos la difusión de culturas diferentes y facilitamos su comprensión mutua. Los mercados requieren y a la vez facilitan el entendimiento entre los países y relaciones pacíficas entre ellos. Como sabia y poéticamente dijo Henry George en 1886, “el comercio ha sido siempre el extintor de la guerra, el erradicador del prejuicio y el difusor del conocimiento."

. Crecimiento económico como precondición: Lomborg demuestra que el crecimiento impulsado por el comercio es el único camino sostenible para financiar sistemas de salud y educación. Sin generación de riqueza genuina, los derechos sociales se convierten en meras expresiones de deseo.

Lomborg identifica 12 políticas "super eficientes". El libre comercio destaca porque, según sus cálculos, completar la Ronda de Doha o acuerdos similares de liberalización comercial podría incrementar significativamente los ingresos de los países en desarrollo

 Lomborg señala que "el libre comercio recibe hoy una acogida mucho más fría en muchos sectores de la que habría recibido hace unas pocas décadas. Particularmente en las naciones desarrolladas, pensadores políticos de todo el espectro destacan cada vez más las desventajas de un mayor intercambio, enfatizando las pérdidas tanto para los trabajadores locales como para los extranjeros. Tienen razón en que existen costos reales que deben considerarse seriamente, pero eso es solo una parte de la realidad. La investigación revisada por pares en la que se basa este capítulo realiza un análisis innovador que concluye que, incluso contabilizando esos costos, el comercio sigue siendo un buen negocio para los países ricos más afectados. Y para las naciones más pobres, es un negocio increíble".

Lomborg nos recuerda que los países que más se han abierto al comercio en las últimas décadas son los que han protagonizado algunos de los milagros de reducción de pobreza más espectaculares de la historia.

No podemos permitir que una visión estrecha nos impida ver los beneficios de largo alcance del libre comercio. A menudo, las barreras comerciales se levantan para proteger a grupos de interés amigos del poder a expensas de la gran mayoría de consumidores y de los productores que pierden acceso a mercados externos. En todo caso, la protección genuina que los productores locales necesitan, y hoy no tienen, es un tipo de cambio competitivo, o sea alto, para poder exportar mucho más, como hicieron países que protagonizaron “milagros” tras la segunda guerra y posteriormente, Japón, Alemania, Corea del Sur.

Contra lo que dicta el prejuicio contemporáneo, el libre comercio no nació como una herramienta de las élites, sino como un grito de libertad de la burguesía y los sectores populares contra los privilegios de las castas rentistas.

Lomborg no hace más que anotarse en una extensa y egregia lista de pensadores que abogaron por el libre comercio. En esa lista sobresale Henry George, que en su obra “Proteccionismo o libre comercio” desmontó con una lucidez quirúrgica las falacias proteccionistas.

Para George, el comercio es simplemente una forma de producción. Impedir que un hombre intercambie el fruto de su trabajo con alguien del otro lado de una frontera es tan absurdo como romperle las herramientas a un obrero. George sostenía que el proteccionismo es, en esencia, una extensión de la guerra en tiempos de paz: si en la guerra bloqueamos los puertos del enemigo para dañarlo, ¿por qué en la paz habríamos de bloquear nuestros propios puertos para "beneficiarnos"?

Es interesante constatar cómo Leandro Alem, el fundador de la Unión Cívica Radical y Juan B. Justo, el fundador del Partido Socialista, compartían una visión clara sobre los beneficios de la apertura comercial; enfrentándose en esta cuestión a conservadores como Pellegrini.

En el debate público solemos arrastrar un sesgo mercantilista: celebramos cada barco que sale con granos o manufacturas, pero miramos con desconfianza al que llega cargado de productos.

George explicaba con una ironía demoledora que el comercio no es un acto de generosidad, sino de mutuo beneficio. Exportamos para poder obtener algo a cambio que no tenemos o que nos cuesta más producir.

George demostró que, a largo plazo, no se pueden aumentar las exportaciones si se bloquean las importaciones. El comercio internacional es, esencialmente, un trueque mediado por divisas. Si un país se niega a importar, eventualmente asfixia a sus propios exportadores, porque:

. Encarece costos: Los exportadores necesitan insumos importados para ser competitivos.

. Destruye el mercado del comprador: Para que el mundo nos compre, debe tener la capacidad de vendernos. El proteccionismo es, en última instancia, un "auto boicot".

Bjorn Lomborg retoma esta idea. Al calcular el retorno de inversión del libre comercio, Lomborg no solo mira cuánto más venden los países pobres, sino cuánto más barato pueden comprar. La eficiencia que saca a la gente de la pobreza proviene de la integración, no del aislamiento.

 

Publicado en el diario La Calle el 1º de marzo de 2026.

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