Por José Antonio Artusi
Claude Frédéric Bastiat nació en Bayona el 30
de junio de 1801y murió en Roma el 24 de diciembre de 1850. Wikipedia lo
presenta como “un economista, escritor y legislador francés al que se le
considera uno de los mayores teóricos del liberalismo de la historia”.
Se lo ha considerado a Bastiat más como un “popularizador”
que como un gran teórico, pero quizás haya algo de injusticia en esa etiqueta. En realidad, Bastiat fue uno de los primeros
pensadores en construir un bloque cohesionado alrededor de tres ideas rectoras:
el libre comercio como expresión de la justicia, el Estado como potencial
fuente de violencia disfrazada, y la necesidad de volver visible lo que el
corto plazo esconde.
El núcleo de su pensamiento puede sintetizarse
en una idea simple y poderosa: el intercambio libre entre las personas —y por
extensión, entre las naciones— es una fuente de armonía social. En oposición a
la visión conflictiva que reduce la economía a una lucha por recursos escasos,
Bastiat subrayó que el libre comercio es un juego de suma positiva. Cuando dos
partes intercambian voluntariamente, ambas esperan ganar. Este principio, que
hoy puede parecer casi obvio, fue en su tiempo —y sigue siéndolo en muchos
debates actuales— objeto de una sistemática tergiversación.
Huérfano desde niño, fue criado por sus
abuelos y se formó de manera esencialmente autodidacta, leyendo a los grandes
economistas clásicos –Smith, Say, Ricardo– y forjando su propio pensamiento en
contacto con la realidad económica de la Francia de su tiempo, marcada por el
proteccionismo, los privilegios corporativos y una interminable lista de
regulaciones que entorpecían el comercio y la producción. Fue un hombre de
provincia que llegó tarde a París –tenía cuarenta y cuatro años cuando se
instaló definitivamente en la capital– pero que en apenas seis años de
actividad pública produjo una cantidad y una calidad de escritos verdaderamente
extraordinarios. Murió de tuberculosis en Roma en diciembre de 1850, mientras
terminaba de corregir su obra más ambiciosa, La Ley.
El aporte central de Bastiat al pensamiento
económico no es tanto la originalidad de sus ideas –que en gran medida retoma y
populariza de sus predecesores– sino la claridad, el humor y la fuerza
persuasiva con que las expone. Sus Sofismas Económicos, publicados entre
1845 y 1848, son una colección de ensayos breves destinados a desmontar, uno
por uno, los argumentos con que los proteccionistas de su época justificaban
los aranceles y las trabas al comercio internacional. El procedimiento es
siempre el mismo: tomar el razonamiento del adversario, llevarlo hasta sus
últimas consecuencias y mostrar el absurdo que se esconde en él.
El ejemplo más célebre es la Petición de
los fabricantes de velas, un texto satírico en el que los productores de
iluminación artificial elevan una súplica al parlamento francés pidiéndole que
tape las ventanas y prohíba la entrada de la luz del sol, porque este
competidor desleal los arruina al ofrecer su producto gratuitamente. El
argumento es, por supuesto, idéntico al que esgrimían los industriales que
pedían protección contra los productos extranjeros más baratos. La ironía de
Bastiat no tiene desperdicio, y el texto sigue siendo hoy una herramienta
pedagógica de primer orden para quienes quieren entender por qué el
proteccionismo beneficia a unos pocos productores a expensas de todos los
consumidores. El resultado, advertía Bastiat, no es la prosperidad sino el
empobrecimiento general, pues se obliga a la sociedad a destinar más recursos
de los necesarios para obtener los mismos bienes.
Pero Bastiat no se limitaba a la ironía. En Lo
que se ve y lo que no se ve –quizás su ensayo más influyente, publicado en
1850– formuló lo que podríamos llamar el principio fundamental del análisis
económico: toda política pública tiene efectos visibles e inmediatos, pero
también efectos invisibles y diferidos, y el economista honesto debe tomar en
cuenta unos y otros. En otro ejemplo narra un episodio en el que alguien rompe
una ventana y los vecinos lo consuelan al dueño diciendo que al menos eso beneficia
al vidriero y así a toda la economía. O sea, la falacia del cristal roto:
el error de contabilizar solamente los beneficios visibles de un gasto o una
regulación, ignorando los costos ocultos y las oportunidades perdidas.
Sus ideas lo enfrentaron tanto con los
proteccionistas de derecha como con los socialistas de izquierda. Bastiat era,
en definitiva, un liberal clásico, que no aceptaba privilegios para nadie: ni
para el terrateniente, ni para el industrial, ni para el burócrata.
Es aquí donde se vuelve especialmente
interesante el parentesco ideológico entre Bastiat y Henry George, el
economista norteamericano autor de Progreso y Pobreza (1879), quizás el
libro de economía más leído del siglo XIX.
A primera vista, podrían parecer autores
distantes: el primero, un liberal francés del siglo XIX, defensor del
laissez-faire; el segundo, un reformador social estadounidense, conocido por su
propuesta de un impuesto único sobre el valor de la tierra. Sin embargo, ambos
comparten una intuición fundamental: la distinción entre riqueza creada por el
esfuerzo humano y rentas derivadas de privilegios o de la apropiación de
recursos naturales.
George leyó y admiró a Bastiat: compartía con
él la pasión por el libre comercio, el rechazo a los privilegios artificiales y
la convicción de que la miseria no era una fatalidad natural sino el producto
de instituciones injustas que permitían que unos pocos se apropiaran de lo que
pertenecía a todos.
Pero George fue más lejos que Bastiat en un
punto crucial. Mientras el francés atacó con genio la rapiña legal en
sus múltiples formas, no llegó a desarrollar una teoría sistemática sobre la
renta de la tierra como fuente de esa rapiña. George sí lo hizo. Para él, la
causa profunda de la pobreza en medio del progreso económico era la apropiación
privada de la renta del suelo: el valor que adquiere la tierra no por el
esfuerzo de su propietario, sino por el trabajo y la inversión de toda la
sociedad. La solución que proponía era también radical en su coherencia:
recaudar esa renta socialmente generada mediante un impuesto sobre el valor del
suelo libre de mejoras y eliminar progresivamente los impuestos que gravan el
trabajo y el capital productivo.
No es casual que los georgistas hayan sido
históricamente grandes defensores del libre comercio, ni que los liberales
consecuentes hayan tendido a simpatizar con el ideario georgista: Milton
Friedman llegará a decir que el impuesto único al suelo concebido por Henry
George sería el “menos malo”.
La lección de Bastiat sigue siendo pertinente:
lo que no se ve —los costos ocultos de las políticas proteccionistas— es tan
importante como lo que se ve. Cada arancel que encarece un producto importado
puede beneficiar a un productor local, pero perjudica a miles de consumidores y
a otras industrias que utilizan ese insumo. La economía no es un tablero donde
se pueden mover piezas sin consecuencias sistémicas; es una red compleja de
interacciones en la que las decisiones políticas generan efectos que se multiplican.
Los sofismas que combatió Bastiat siguen
siendo los argumentos predilectos de los proteccionistas de hoy. Eso dice eso
tanto de la vigencia de su obra como de la pertinaz resistencia de ciertas
ideas al escrutinio con la realidad.
Publicado en el diario La Calle el 24de mayo
de 2025.





