Por José Antonio Artusi
El Día
Europeo de Conmemoración de las Víctimas del Estalinismo y el Nazismo es una
jornada que recuerda las víctimas de los regímenes totalitarios,
específicamente los regímenes estalinistas, comunistas, nazis y
fascistas. Reconocido formalmente por la Unión Europea el 2 de abril
de 2009, se observa el 23 de agosto y simboliza el rechazo del
"extremismo, la intolerancia y la opresión"
No
es casual la fecha elegida: ese mismo día, en 1939, Ribbentrop y Mólotov
firmaron en Moscú el pacto que llevaba sus nombres y que, bajo la fachada de un
tratado de no agresión entre la Alemania nazi y la Unión Soviética, incluía un
protocolo secreto para repartirse Polonia, los países bálticos, y Besarabia
(parte de la actual Moldavia y Ucrania).
Se
puede, sin mayor esfuerzo intelectual, condenar el nazismo: derrotado
militarmente, juzgado en Núremberg, convertido en el paradigma universal de la
barbarie, no exige del condenador ningún costo, ninguna incomodidad, ninguna
revisión de las propias lealtades. Condenar el estalinismo —y, más ampliamente,
la experiencia soviética que lo hizo posible y que lo sobrevivió bajo otras
variantes— sigue resultando, en cambio, una tarea incómoda para no pocos
herederos de tradiciones que alguna vez miraron hacia el Este con simpatía,
cuando no con devoción. Hannah Arendt lo explicó mejor que nadie hace más de setenta
años: el totalitarismo no es una desviación ocasional de una ideología por lo
demás razonable, sino una forma política específica, con una lógica propia de
terror, movilización total y desprecio absoluto por la pluralidad humana, que
puede vestirse de diversos colores.
Lo
que interesa rescatar de esta efeméride, sin embargo, no es únicamente el
ejercicio de memoria sino la lección que de allí se desprende para quienes
creemos, todavía, en el valor insustituible del individuo frente al Estado y
frente a cualquier entidad colectiva que pretenda absorberlo. Nazismo y
estalinismo, más allá de sus diferencias doctrinarias, compartieron una misma
convicción de fondo: que el ser humano concreto, con su nombre, su historia y
sus afectos, es prescindible frente a la abstracción superior que lo
trasciende, sea la raza, la nación o la clase. Esa es la verdadera clave de
lectura republicana y liberal del siglo XX: no la que opone izquierda a
derecha, sino la que opone el totalitarismo, en cualquiera de sus disfraces, al
reconocimiento de la persona como fin en sí misma y nunca como medio.
Y
aquí conviene animarse a decir lo que en muchos ámbitos todavía incomoda: esa
misma matriz totalitaria, con sus variantes y sus matices propios, reaparece en
el islamismo teocrático radicalizado que hoy amenaza a Occidente y, antes que a
nadie, a millones de musulmanes que se niegan a someterse a él. No hablo,
claro, del islam como fe de mil cuatrocientos millones de personas, ni de los
musulmanes como comunidad —confundir ambas cosas sería tan injusto como
confundir a los rusos con el estalinismo o a los alemanes con el nazismo—, sino
de una ideología política de raíz moderna, pero con rasgos medievales, que
Sayyid Qutb, entre otros, terminó de sistematizar en las cárceles egipcias de
los años cincuenta leyendo, entre otras cosas, a los críticos europeos del
liberalismo y de la civilización occidental. Paul Berman lo documentó con
detalle en “Terror y liberalismo”: el islamismo radical no es un anacronismo
teológico que irrumpe desde el pasado, sino un hijo tardío —y en buena medida
bastardo— de la misma familia ideológica que produjo al fascismo y al
comunismo: el rechazo integral de la sociedad abierta, la nostalgia de una
comunidad orgánica y purificada, la sacralización de la violencia como partera
de la historia, el desprecio por el individuo autónomo, la promesa de una
redención colectiva —el Reich milenario, la sociedad sin clases, el califato
restaurado— que exige, como peaje de entrada, la eliminación del disidente, del
hereje, del apóstata, del que simplemente piensa distinto. Christopher
Hitchens, con su gusto por la palabra incómoda, no dudó en hablar de
islamofascismo; el término es menos preciso que útil, porque señala con crudeza
aquello que la prudencia académica suele diluir en eufemismos o directamente en
una obstinada resistencia a reconocer lo evidente.
La
dificultad de buena parte de Occidente para reconocer este parentesco no es
casual ni inocente. Responde, en parte, a una culpa poscolonial legítima en su origen,
pero perversa en sus efectos, que termina tratando cualquier crítica al
islamismo como una forma larvada de racismo, incapaz de distinguir —otra vez—
entre una religión y una ideología política que se sirve de ella. Responde
también a un relativismo cultural que, llevado a sus últimas consecuencias, se
niega a juzgar con la misma vara los crímenes cometidos en nombre de un dios y
los cometidos en nombre de la raza o la clase, como si la universalidad de los
derechos individuales admitiera excepciones geográficas o culturales. Y
responde, no menos, a una simple pereza intelectual: es más cómodo relativizar
que estudiar, más cómodo callar que exponerse a la acusación fácil de
islamofobia, más cómodo mirar para otro lado que aplicar a Teherán, a Raqqa o a
Kabul el mismo rigor analítico que se aplicó, con toda justicia, a Núremberg.
Bassam Tibi, un intelectual sirio-alemán que sabe de qué habla porque lo vivió
desde adentro, lleva décadas insistiendo en esa distinción imprescindible entre
islam e islamismo absolutista que Occidente, por comodidad o por miedo,
prefiere no hacer.
Quien
haya leído “El libro de la risa y el olvido” recordará aquella imagen de Milan Kundera
—él, que conoció en carne propia el totalitarismo nazi y el comunista — sobre
la lucha del hombre contra el poder como la lucha de la memoria contra el
olvido. No es una frase decorativa: es una declaración política, y esa declaración
no admite excepciones convenientes. La honestidad intelectual —esa virtud tan
escasa como reclamada— exige aplicar la misma vara a todos los totalitarismos,
sin las excepciones que la simpatía ideológica, la culpa histórica o el miedo
al escándalo suelen conceder a sus preferidos del momento.
No
hace falta ser húngaro, ni polaco, ni lituano, ni judío, ni yazidí, ni iraní,
para sentir esta fecha como propia. Basta con haber entendido que la libertad
individual, el imperio de la ley y el gobierno limitado por la universalidad absoluta
de los derechos humanos no son adquisiciones definitivas sino conquistas
frágiles, que cada generación debe defender contra la tentación —siempre
disponible, siempre bien intencionada en apariencia, cualquiera sea el idioma
en que se formule la promesa— de sacrificar al individuo en el altar de una
causa colectiva que promete la redención final. El 23 de agosto no conmemora
solamente a las víctimas de dos regímenes ya derrotados: conmemora, sobre todo,
la vigencia de una advertencia que el siglo XXI, con sus propios verdugos y sus
propias complicidades silenciosas, se empeña en confirmar. Los totalitarismos
no vuelven necesariamente con esvásticas ni con la hoz y el martillo; vuelven,
casi siempre, con vocabulario nuevo —y a veces con versículos mal invocados— y
con la vieja promesa de que, esta vez, el sacrificio del individuo valdrá la
pena. La historia, que no se repite, pero rima —la fórmula es atribuida a
Twain, aunque con la incertidumbre que suele acompañar a las frases demasiado
perfectas—, está para recordarnos que esa promesa nunca se cumplió, y que el
precio siempre lo pagaron los mismos: los nombres propios que la abstracción,
cualquiera sea su nombre, prefiere no pronunciar.
Publicado
en el diario La Calle el 23 de agosto de 2023.





