Por José Antonio Artusi
El
26 de julio de 1945, hace 81 años, se conoció el resultado de las elecciones
generales británicas celebradas tres semanas antes, el 5 de julio, cuya
difusión había sido demorada por la necesidad de contabilizar los votos de los
militares desplegados en ultramar. Ese día se consumó una de las paradojas más
fascinantes de la historia política del siglo XX: Winston Churchill, el hombre
que había conducido al Reino Unido en su hora más oscura, el líder que había
encarnado como pocos la resistencia moral y militar frente al nazifascismo, el
estadista que había galvanizado a su pueblo con palabras que aún hoy conmueven,
fue derrotado de manera categórica en las urnas. El Partido Laborista,
encabezado por Clement Attlee, obtuvo 393 escaños contra 197 de los
conservadores. Churchill, el héroe de la guerra, debía abandonar el número 10
de Downing Street.
Vale
la pena detenerse en la efeméride porque dice mucho sobre la democracia, sobre
la naturaleza del liderazgo político, sobre la relación entre guerra y paz, y
sobre algo que sigue siendo crucial en nuestros días: la diferencia entre la
épica de la supervivencia y la tarea, menos estruendosa pero no menos decisiva,
de construir una sociedad más justa cuando las armas callan.
Churchill
había llegado al poder en mayo de 1940, cuando el desastre militar en el
continente europeo y la ineptitud de Neville Chamberlain hacían tambalear al
gobierno británico. Desde entonces su figura quedó unida para siempre a la
resistencia frente a Hitler. Sería absurdo minimizarlo. Frente a la barbarie
nazi, frente a la tentación de la capitulación, frente al colaboracionismo
abierto o encubierto de tantos dirigentes europeos, Churchill comprendió con
una claridad extraordinaria que no había más alternativa que resistir y luchar
hasta la victoria. Lo dijo en sus discursos más célebres y lo sostuvo con una
tenacidad que resultó decisiva para la suerte del Reino Unido y del mundo
libre. No es casual que la posteridad lo recuerde, con justicia, como uno de
los grandes líderes de la guerra contra el totalitarismo nazi. Nos hemos referido
en otra oportunidad en esta hoja al “otro Churchill”, el joven liberal
reformista que apoyó el Presupuesto del pueblo de Lloyd George y
defendió instrumentos tributarios avanzados, como el impuesto al valor del
suelo libre de mejoras. Su trayectoria fue más compleja y rica que la
caricatura del aristócrata conservador.
Precisamente
por eso la derrota de 1945 resulta tan instructiva. Porque no se trató de la
caída de un político mediocre ni de un demagogo improvisado, sino de un gigante
de la Historia. Y aun así perdió. Perdió, además, no por un accidente menor del
sistema electoral ni por una maniobra oscura, sino porque una mayoría nítida de
la sociedad británica consideró que, terminada la guerra, el país necesitaba
otra cosa.
La
primera respuesta para explicar el resultado podría ser el desgaste. Hubo, sin
duda, cansancio. Y hubo también un deseo profundo de normalidad después de años
de sacrificios, bombardeos, racionamiento y muerte. Pero el núcleo de la
cuestión es otro. Gran Bretaña había combatido una guerra total en nombre de la
libertad, de la dignidad humana y de la derrota del fascismo; millones de
británicos, especialmente de las clases trabajadoras, no estaban dispuestos a
que la paz significara simplemente volver al orden social previo a 1939, con
sus privilegios intactos, sus desigualdades y sus inseguridades materiales.
El
pueblo británico había aceptado privaciones enormes para derrotar a Hitler,
pero no quería regresar dócilmente a la vieja sociedad de entreguerras, aquella
que había conocido desempleo masivo, pobreza, viviendas insalubres y una
protección social insuficiente. La guerra había alterado las expectativas
colectivas. Había reforzado la idea de que, si el Estado había sido capaz de
organizar la producción, la logística, la movilización y la defensa de una
nación entera para vencer a una maquinaria bélica monstruosa, también podía y
debía organizar la reconstrucción social del país en tiempos de paz. Esa
convicción no nació de un día para otro. Venía madurando desde hacía tiempo,
pero encontró una formulación emblemática en el Informe Beveridge de 1942, que
proponía combatir los “cinco gigantes” que acechaban a la sociedad británica:
la miseria, la enfermedad, la ignorancia, la suciedad y el desempleo. El
laborismo fue percibido como la fuerza política más creíble para convertir ese
horizonte en un programa de gobierno.
Attlee
no tenía ni de lejos el magnetismo de Churchill. No era un gran orador, no
fascinaba a las multitudes, no irradiaba carisma. En una época tan dada al
culto de la personalidad, casi parecía un anti-líder. Y sin embargo ganó.
El
programa laborista de 1945, sintetizado en el famoso manifiesto Enfrentemos
el futuro, proponía nacionalizaciones selectivas, pleno empleo, expansión
de la seguridad social, vivienda, planificación económica y un sistema de salud
universal. No era una revolución bolchevique, como sugería de manera tan torpe
como injusta la propaganda conservadora, sino un ambicioso programa de reformas
dentro del marco de la democracia parlamentaria británica. El laborismo
prometía, en esencia, que la victoria militar sobre el fascismo sería seguida
por una victoria cívica sobre la pobreza, la precariedad y la desigualdad. Y
esa promesa resultó más persuasiva que la nostalgia por la conducción bélica de
Churchill.
Hay
en todo esto una enseñanza de fondo que trasciende con mucho la historia
británica. Las sociedades no votan solamente gratitud; votan también
expectativas, necesidades, horizontes de futuro. La legitimidad del héroe puede
ser inmensa, pero no es infinita ni automática. El prestigio acumulado en una
coyuntura excepcional no reemplaza la necesidad de ofrecer respuestas adecuadas
a los problemas de la etapa siguiente. Churchill era el hombre indicado para
dirigir una nación sitiada; no estaba claro que lo fuera para encabezar la
construcción del Reino Unido de posguerra. Los electores, con notable lucidez,
distinguieron una cosa de la otra.
No
se trata, desde luego, de idealizar. El Reino Unido de 1945 seguía siendo una
potencia imperial, con todas las contradicciones morales y políticas que ello
implicaba. Tampoco conviene romantizar la experiencia laborista como si hubiera
resuelto de un plumazo todos los problemas. Pero sí es justo reconocer que
aquel gobierno de Attlee, nacido de la derrota de Churchill, dejó un legado
formidable: la creación del Servicio Nacional de Salud.
El
26 de julio de 1945 no fue sólo el día en que Churchill perdió. Fue también el
día en que una sociedad exhausta por la guerra decidió que la paz no podía
consistir únicamente en la ausencia de bombas. Quiso algo más: una vida menos
insegura, menos desigual, menos expuesta a la humillación de la miseria y al
azar del mercado. Quiso traducir el esfuerzo colectivo de la guerra en derechos
sociales, en protección pública, en una ciudadanía más robusta. Quiso, en
definitiva, una libertad más concreta y menos retórica.
La
democracia, cuando funciona bien, no se deja encandilar del todo por los
hombres excepcionales. Los reconoce, los agradece, incluso los venera si hace
falta. Pero se reserva el derecho de cambiar de rumbo. Y a veces, como ocurrió
el 26 de julio de 1945, ese derecho adopta la forma de una escena tan sobria
como formidable: el día que a Churchill le tocó perder.
Publicado
en el diario La Calle el 26 de julio de 2026.





