Por José Antonio Artusi
José Esteban Antonio
Echeverría Espinosa nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805 y murió en
Montevideo a los 45 años, víctima de la tuberculosis, el 19 de enero de 1851.
Fue uno de los
escritores y poetas argentinos más talentosos del siglo XIX. Se lo considera el
introductor del romanticismo en nuestro país, tras regresar de París, donde cursó
diversos estudios entre 1825 y 1830. Pero fue también un pensador que se dedicó
a cuestiones políticas y económicas. Integró un grupo de intelectuales y
políticos que fue conocido como la Generación del 37, junto a Juan Bautista
Alberdi y Juan María Gutiérrez, con quienes entabló una estrecha amistad y una postura
ideológica común. Participó en el Salón Literario, tertulia creada por Marcos
Sastre para debatir cuestiones culturales que no excluían la política. Félix
Weinberg señala que “hizo Echeverría, desde esa tribuna y por vez primera en
el país, un minucioso inventario de los factores negativos que en los más
diversos ámbitos frenaban el progreso nacional al tiempo de verificar el
divorcio enorme entre los propósitos transformadores de la Revolución de Mayo y
la agobiante realidad, perduración de la Colonia”. Obviamente, Rosas no
pudo tolerar la osadía de esos jóvenes comprometidos y mandó cerrar el Salón
Literario en enero de 1838. El 23 de junio de ese año se realizó una reunión en
la que se resolvió crear una nueva entidad, abiertamente política, a la que se
denominó Asociación de la Joven Generación Argentina. Echeverría fue designado presidente
y se le encomendó redactar un texto que condensara la doctrina del grupo. La
primera versión de ese documento, denominada “Código”, apareció en el periódico
El Iniciador de Montevideo en 1839. La Asociación había dejado de funcionar a
fines de 1838, para evitar la represión del régimen rosista. Weinberg recuerda que, ya en el exilio, “reeditó
Echeverría en Montevideo el texto - un tanto retocado – del Código, al que
ahora rebautizó con el nombre de Dogma Socialista, el cual, dicho sea de paso, apareció
entonces por vez primera en forma de libro… Con la publicación del Dogma
Socialista en setiembre de 1846 se cierra virtualmente el periplo de la
Asociación de la Joven Generación Argentina. Según parece, Echeverría en ese
momento intentó revivirla en Montevideo, pero no tuvo éxito”.
Beatriz Bosch señala
que “el 19 de septiembre de 1846 Esteban Echeverría envía a Urquiza el
recién aparecido Dogma Socialista, junto con una epístola incitadora. Ha de
saludarlo cual “primer grande hombre de la República Argentina”, si llega a ponerse
al frente de un partido nacional, a equidistancia de unitarios y federales. Que
reactualice los principios democráticos de Mayo e instaure un sano régimen
federativo basado en la soberanía e independencia de cada provincia. Que
fortalezca el sistema municipal y garantice la fraternidad, la libertad, y la
igualdad de derechos y deberes en todos y cada uno de los miembros de la
familia argentina.” Pocas veces en nuestra historia un intelectual ha
asesorado de manera tan brillante a un decisor político. Weinberg expresa que “Urquiza
no respondió entonces; lo hizo unos años más tarde, con el Pronunciamiento y la
campaña contra Rosas que culminó en Caseros. Echeverría falleció el 19 de enero
de 1851 en Montevideo; no pudo, por lo tanto, verificar lo que fue una
verdadera profecía suya. Los ideales de la Asociación orientada por Echeverría
sobrevivieron en las Bases de Alberdi y en la laboriosa actividad de Gutiérrez,
diputado del Congreso que en 1853 sancionó la Constitución Nacional. La
Argentina moderna cuenta a Echeverría entre sus más tempranos y lúcidos
propulsores”.
Si, por lo
antedicho, el pensamiento político de Echeverría es más o menos conocido, es
mucho menos extendido el conocimiento del carácter y la significación que
tuvieron sus ideas en materia de política económica. Héctor Raúl Sandler
considera que “fue don Alfredo L. Palacios quien tuvo el acierto de designar
a Esteban Echeverría “albacea” del pensamiento de Mayo… Por la fineza de su
espíritu pudo catar Echeverría el pensamiento de Mayo como ningún otro. Pero vio
también que el impulso de esta fuerza era inviable por causa del paralizante
enfrentamiento entre unitarios y federales”. A la luz de este planteo,
podríamos afirmar que Esteban Echeverría fue quien vio primero y con más
lucidez ese enfrentamiento que en otra columna hemos denominado la gran “falsa
contradicción fundamental” de la Argentina del siglo XIX. Continúa Sandler
señalando que “a partir de esta comprensión y convicción aplicó todas sus
energías espirituales en la tarea de bocetar los principios de orden a los que
deberían ceñirse nuestras instituciones para que aquella fuerza, que impulsaba
la emergencia de una patria diferente, alcanzar a ser una efectiva nueva nación
en el mundo. En términos breves digamos que Echeverría fue propulsor de la
democracia social argentina. NO cualquier democracia. Una que era posible para
toda la humanidad, pero cuyo modelo ejemplar nosotros debíamos iniciar. Una
democracia social de individuos muy individuales (si se me permite la
expresión), en la que pudieran ser libre en todas las esferas de la vida,
tratadas sin excepción en un pie de igualdad, y sobre todo, vivir unidos por un
sentimiento fraternal. Con ese fin dedicó sus máximos esfuerzos – incluyendo
sus obras literarias y poesías – a pensar sobre esos principios
institucionales. La mayoría de ellos, vía el legado que cumplieran hombres como
Juan Bautista Alberdi, fueron receptados en la Constitución de 1853. Sin
embargo, este autor nos advierte acerca de la falta de atención que mereció el
pensamiento económico de Echeverría: “uno de sus principios - quizás el más
fundamental -… fue descuidado. Es posible que en los 1860 no pudiera ser
receptado por falta de suficiente comprensión por parte de los hombres de la
época, por dificultades materiales de toda índole o por el afán de hacer rápido
a la nación, aunque sea mal, pero hacerla. Esta omisión no se sintió en las
primeras décadas de vida institucional; pero a poco andar comenzaron a notarse
sus efectos. Efectos que como bola de nieve se han ido agravando hasta llevar a
la Argentina a situaciones que nadie alcanza a comprender. La omisión del
principio rector imaginado por Echeverría generó el drama social argentino.
Drama que en ocasiones se ha transformado en situaciones trágicas muy difíciles
de superar. Mientras no sea encarnado en nuestro orden institucional no sólo le
será difícil recuperarse a la Argentina sino que le será imposible evitar males
mayores. El principio de orden social a que nos referimos, … fue proclamado por
Echeverría en este lacónico y acertado artículo:
“El impuesto territorial
es entre todos el más seguro, el más fácil de establecer, el que menos
dificultad presenta para su recaudación y el que proporciona al Estado una
renta fija”.
El párrafo
pertenece a un texto incluido en sus Obras Completas denominado “Economía
política. La contribución territorial”, en el que también dice que “entre
nosotros la propiedad raíz ahora pocos años no tenía valor alguno, y a medida
que la población ha ido extendiéndose en nuestros campos y explotándolos, ha
ido tomando valor. Las tierras baldías y sin valor son nuevos agentes que deben
ponerse en manos del hombre de industria para que sucesivamente pueda
convertirse en riqueza esa tierra y demás agentes naturales de aquella.
Aplicados los principios económicos a la propiedad territorial de nuestro país
deben sufrir mil modificaciones aún en los impuestos”.
Echeverría ve mucho
más allá y más nítido que sus contemporáneos: “Verdad es que los campos y
haciendas han tomado después de la revolución un valor infinitamente mayor que
el que antes tenían, merced a la libertad de comercio; pero este valor no es
debido a ninguna transformación en la cría de animales ni en los productos de
nuestra industria, sino a la concurrencia del estrangero en demanda de esos
frutos, y al aprecio y estimación que de ellos hace. Debemos esa riqueza, más a
la naturaleza que a nuestra industria y trabajo”.
Pero, además,
anticipándose a las taras proteccionistas y aislacionistas, señala con visión
de futuro que “la industria que no se vale activamente a sí misma para
producir, no es industria, es el apetito del salvaje que sólo se mueve para
recoger el fruto o perseguir la caza”. Es imposible no sentirse tentado a
agregar “en el zoológico”. Continúa Esteban Echeverría: “Por lo demás, lo
que la industria requiere para prosperar no son restricciones y trabas sino
fomento y libertad. Cada hombre puede ejercer la que le parezca y del modo que
le convenga, con tal que no dañe el derecho de otro, que también lo tiene para
gozar de la misma libertad. Otorgar privilegios, poner restricciones es
destruir la igualdad y la libertad, sofocar las facultades del hombre violar un
derecho sagrado, suyo, y atentar a la más sagrada de las propiedades, su sudor,
su trabajo personal”.
Héctor Sandler se
lamenta de que “este gran principio de orden, base necesaria para una
economía de mercado en libre concurrencia y de una economía pública solvente,
no fue receptado por la legislación dictada para concretar los mandatos de la
Constitución Nacional de 1853 – 60. En consecuencia, la constitución del país
real resultó, desde un principio, distinta a la diseñada y programada en
nuestra magnífica ley fundamental”.
Sandler concluye
que “tomar conciencia de los efectos del olvido de la institución
recomendada por Echeverría es el primer paso, inevitable, para iniciar la
reconstrucción de la Argentina”.
Por “impuesto
territorial” Echeverría se refiere según el mencionado autor a aquel tributo
que grava el valor del suelo, independientemente de cualquier mejora o
construcción que su propietario desarrolla sobre él. No es otra cosa que un
intento del Estado por recuperar lo que ha sido generado por el esfuerzo de la
comunidad, o sea la valorización del suelo, a la par que se mantiene lo menos
gravado posible -idealmente no gravado en absoluto - el fruto del trabajo y de
la inversión de capital, que por otra parte no es más que trabajo acumulado. El
pensamiento económico de Echeverría se inscribe de esta manera en una egregia
tradición, que va desde los fisiócratas franceses y los liberales clásicos
británicos, cuyo pensamiento fue receptado aquí por Belgrano y Rivadavia, hasta
economistas y políticos que intentaron rescatar
y valorar ese legado doctrinario desde el siglo XIX hasta nuestros días
Culminemos dejando
que Echeverría nos vuelva a hablar con sus propias palabras:
“… el recurso
precario de las importaciones y exportaciones estranjeras. Además, este
impuesto indirecto no solo es precario sino monstruosamente injusto por que
recae principal mente sobre el mayor número de consumidores, sobre los pobres.
¿Pero cuándo nuestros gobiernos, nuestros legisladores se han acordado del
pueblo, de los pobres? ¿Cuándo han echado una mirada compasiva a su miseria, a
sus necesidades, a su ignorancia, a su industria? Nada, absolutamente nada han
hecho por él, y antes al contrario, parece haberse propuesto tratarlo como a un
enjambre el ilotas o siervos”.
“Los habitantes
de nuestra campaña han sido robados, saqueados, se les ha hecho matar por
millares en la guerra civil. Su sangre corrió en la de la independencia, la han
defendido, la defenderán, y todavía se les recarga con impuestos, se les ponen
trabas a su industria, no se les deja disfrutar tranquilamente de su trabajo ni
de su propiedad... Se ha proclamado la igualdad y ha reinado la desigualdad más
espantosa: se ha gritado libertad y ella sólo ha existido para un cierto
número; se han dictado leyes, y estas sólo han protegido al poderoso. Para el
pobre no hay leyes, ni justicia, ni derechos individuales, sino violencia,
sable, persecuciones, injustas. Él ha estado siempre fuera de la ley”.
“Y a juzgar por
los resultados que han dejado en pos de sí, ¿cómo calificar la imperturbable
serenidad e impavidez conque tantos hombres vulgares se han sentado en la silla
del poder y arrastrado la pompa de las dignidades? ¿Se creyeron muy capaces, o
pensaron que eso de gobernar y dictar leyes no requiere estudio ni reflexión y
es idéntico a cualquier negocio de la vida común? La silla de poder, señores,
no admite medianía, porque la ignorancia y errores de un hombre pueden hacer
cejar de un siglo a una nación y sumirla en un piélago de calamidades. La
ciencia del estadista debe ser completa, porque la suerte de los pueblos
gravita en sus hombros”.
“No hay
igualdad, donde la clase rica se sobrepone, y tiene más fueros que las otras. Donde
cierta clase monopoliza los destinos públicos. Donde el influjo y el poder
paraliza para unos la acción de la ley, y para otros la robustece. Donde sólo
los partidos, no la Nación son soberanos. Donde las contribuciones no están
igualmente repartidas, y en proporción a los bienes e industria de cada uno.
Donde la clase pobre sufre sola las cargas sociales más penosas, como la
milicia, etc. Donde el último satélite del poder puede impunemente violar la
seguridad y la libertad del ciudadano. Donde las recompensas y empleos no se
dan al mérito probado por hechos. Donde cada empleado es un mandarín, ante
quien debe inclinar la cabeza el ciudadano. Donde los empleados son agentes
serviles del poder, no asalariados y dependientes de la Nación. Donde los
partidos otorgan a su antojo títulos y recompensas. Donde no tienen
merecimientos el talento y la probidad, sino la estupidez rastrera y la
adulación. Es también atentatorio a la igualdad, todo privilegio otorgado a
corporación civil, militar o religiosa, academia o universidad; toda ley
excepcional y de circunstancias.”
“La libertad es
el derecho que cada hombre tiene para emplear sin traba alguna sus facultades
en el conseguimiento de su bienestar, y para elegir los medios que puedan
servirle a este objeto. El libre ejercicio de las facultades individuales no
debe causar extorsión ni violencia a los derechos de otro. No hagas a otro lo
que no quieras te sea hecho: la libertad humana no tiene otros límites.”
“El Estado, como
cuerpo político, no puede tener una religión, porque no siendo persona
individual, carece de conciencia propia”.
Fuentes:
Bosch, Beatriz. "Urquiza o la Constitución." En Polémica.
Primera Historia Argentina Integral. Buenos Aires: Centro Editor de América
Latina, 1970.
Echeverría, Esteban. Obras completas. Buenos Aires: Carlos
Casavalle Editor, 1874.
Sandler, Héctor Raúl. A la búsqueda del tesoro perdido. Buenos
Aires: ICE, 2008.
Weinberg, Félix. "La Asociación de Mayo y el Dogma Socialista." En
Polémica. Primer Historia Argentina Integral . Buenos Aires: Centro
Editor de América Latina, 1970.
Publicado en el diario La Calle el 11 y el 18
de enero de 2026.
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