lunes, 13 de abril de 2026

LA CRISIS DEL TRANSPORTE PÚBLICO COMO UNA OPORTUNIDAD PARA LA MOVILIDAD SOSTENIBLE

Por José Antonio Artusi

El medio digital “Ojo Urbano” informó el 31 de marzo pasado que “Concepción del Uruguay amaneció este martes sin transporte público urbano luego de que se venciera el contrato vigente y ninguna empresa se presentara a la última licitación realizada por el municipio. La medida afecta a miles de usuarios, trabajadores y estudiantes que dependen del servicio para movilizarse en la ciudad. Las compañías advirtieron que los costos operativos, especialmente el gasoil, hacen inviable sostener la prestación bajo las tarifas actuales”.

La noticia de la crisis deja abierta la puerta para la búsqueda de la oportunidad; el desafío consiste en aprovechar la emergencia del problema para explorar caminos alternativos que nos lleven a encontrar un modelo de movilidad sostenible, en el que el transporte público colectivo de pasajeros se integre armoniosamente con otras modalidades, en el contexto de una ciudad que planifica adecuadamente su desarrollo.

El modelo urbano que se fue consolidando en las últimas décadas privilegió el vehículo particular: calles sin ciclovías, escasa prioridad peatonal, localizaciones comerciales y de servicios alejadas de los barrios residenciales, y una inversión prácticamente nula en infraestructura para movilidad alternativa. El colectivo era el único amortiguador de esa desigualdad de acceso.

Esto no es una crisis de transporte: es una crisis de ordenamiento territorial. Mejorar el transporte público requiere dejar de ver al colectivo como un elemento aislado y empezar a entenderlo como una parte del sistema circulatorio de la ciudad, y a la movilidad en general como parte del metabolismo urbano. El objetivo es pasar de un modelo "auto-céntrico" a uno basado en la pirámide de la movilidad invertida, donde se priorice al peatón y al transporte público.

Un plan de movilidad no es simplemente un esquema de recorridos de colectivos. Es un instrumento técnico-político que define cómo se mueven las personas, en qué medios, con qué lógica de eficiencia y equidad, y cómo esa movilidad condiciona —y es condicionada por— los usos del suelo, la densidad, la localización de equipamientos y la calidad del espacio público.

La clave no es "moverse más", sino "moverse mejor". Ello implica:

  • Densificación de Corredores: Fomentar tejidos urbanos más densos y compactos sobre las vías principales, que a su vez se constituyen en corredores de movilidad. Esto contribuiría a disminuir la presión para la expansión descontrolada de la mancha urbana sobre periferias cada vez más distantes, dispersas y desconectadas.
  • Gestión de Usos del Suelo: la movilidad no es una isla. La necesidad de desplazamientos depende de la localización relativa de las funciones urbanas. Si el ordenamiento territorial permite que las fuentes de trabajo, los comercios, y los centros de salud y educativos estén cerca de las zonas residenciales, se reduce la presión sobre el sistema. Una ciudad amigable para caminar y para andar en bicicleta, porque las distancias lo permiten, reduce la necesidad de transportes motorizados. El transporte es "demanda derivada": la gente se mueve porque se la obliga a buscar lejos lo que debería tener cerca. La densidad y la mezcla de usos son las condiciones objetivas para que el transporte público funcione.
  • Sistema en red con ejes ortogonales: En lugar de líneas que serpentean por toda la ciudad como en un laberinto, se deberían establecer ejes ortogonales lo más rectilíneos posibles, con frecuencias adecuadas y unidades más pequeñas. En las intersecciones entre líneas debería haber nodos que permitan combinaciones.  Debemos pasar del anterior sistema de líneas superpuestas a un esquema racional de líneas complementarias.

No habría que descartar a priori una reforma profunda y ambiciosa del sistema, que utilice íntegramente unidades eléctricas, tal como están haciendo muchas ciudades en todo el mundo. La transición hacia buses eléctricos es costosa inicialmente, pero muy rentable a largo plazo por el menor mantenimiento y costo de energía.

La pregunta obvia es cómo se financia. Aquí habría que diferenciar entre la inversión inicial y el costo de operación del sistema. Para la inversión inicial en buses eléctricos habría que evaluar la posibilidad de acceder a financiamiento de organismos internacionales, que ofrecen tasas preferenciales para proyectos que reduzcan la huella de carbono. Para un municipio aislado quizás sea una misión imposible, pero si se elabora un proyecto conjunto que abarque a varias ciudades intermedias, con asistencia técnica y avales de organismos nacionales o provinciales, es probable que la idea se torne más factible, a la vez que aparecerían economías de escala por la magnitud de las compras por mayores cantidades. Por otro lado, las obras para la construcción de paradas, carriles, etc. podrían financiarse con el clásico mecanismo de la contribución por mejoras. Los sistemas de movilidad que mejoran la accesibilidad a ciertas áreas valorizan el suelo. Esa valorización, generada íntegramente por el esfuerzo de la comunidad, puede y debe ser recuperada y reinvertida en beneficio de la sociedad en su conjunto. Luego viene el desafío de la financiación del funcionamiento del sistema. Es probable que la recaudación por tarifas adecuadas no alcance a cubrir el costo total de un servicio de calidad. En ese sentido habría que crear un fondo de movilidad sostenible, que se nutra de fuentes tales como el cobro del estacionamiento medido, la recaudación por multas de tránsito, la tasa comercial que abonan las estaciones de servicio por expendio de combustible, un componente de “movilidad” en la tasa general inmobiliaria en las zonas más favorecidas por el nuevo sistema, parte del cobro de la concesión onerosa de edificabilidad adicional en corredores ya previsto en el COTA, etc. Ese fondo de movilidad sostenible debería cubrir eventuales déficits producto de la diferencia entre los costos operativos y la recaudación por tarifas, previendo expresamente subsidios para estudiantes, docentes, jubilados, abonos mensuales para trabajadores, etc. En síntesis, el financiamiento no debe recaer únicamente en la tarifa ni en subsidios cada vez más inciertos. Se trata de un sistema de autofinanciamiento donde la valorización del suelo generada por el Estado y el cobro por externalidades negativas (estacionamiento, contaminación, congestión, inseguridad vial, etc.) vuelve a la comunidad.

Un sistema eficiente de transporte público eléctrico tendría impactos positivos enormes, no sólo para sus usuarios directos. Eliminaría el ruido y los gases contaminantes, y mejoraría la seguridad vial. Al desincentivar el uso de motos (el vehículo con mayor tasa de accidentes graves) y los autos particulares, la siniestralidad vial disminuiría drásticamente. Las unidades eléctricas suelen venir equipadas con sistemas modernos de frenado autónomo y limitadores de velocidad. Además, un sistema de movilidad seguro y eficiente reduce la congestión en áreas centrales y reduce la demanda de estacionamiento.

No se trata solo de "arreglar el transporte público"; se trata de diseñar la ciudad del siglo XXI. Una ciudad donde moverse sea un derecho ejercido con dignidad, y no una odisea diaria. La suspensión por tiempo indeterminado del servicio es un síntoma de una enfermedad mucho mayor: la falta de visión a largo plazo. Concepción del Uruguay tiene la escala y los recursos para ser una ciudad de vanguardia en movilidad y desarrollo urbano para mejorar la calidad de vida. Estamos frente a una oportunidad inmensa —forzada por la crisis, es cierto— de dejar de administrar un déficit crónico y empezar a planificar y gestionar un futuro mejor.

 

Publicado en el diario La Calle el 12 de abril de 2026.

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sábado, 11 de abril de 2026

SE INAUGURÓ LA MUESTRA AUDIOVISUAL SOBRE JUSTO JOSÉ DE URQUIZA



Quedó inaugurada este sábado 11 de marzo una muestra audiovisual sobre diversos aspectos de la vida y obra de Justo José de Urquiza. Se trata de un proyecto elaborado por la Universidad Nacional de Entre Ríos en conjunto con el Centro Cultural “Justo José de Urquiza” y que contó con el apoyo de la Municipalidad de Concepción del Uruguay.

En una sala de la casa de Urquiza ubicada frente a la Plaza Ramírez, especialmente acondicionada a tal fin, funcionarán dispositivos audiovisuales que brindarán a los visitantes una forma novedosa de acercarnos al conocimiento de nuestra propia Historia.

Hugo Barreto, presidente del Centro Cultural Urquiza, manifestó al dirigirse a la numerosa concurrencia que asistió al acto que “hoy no es un día más. Hoy abrimos una puerta que no solo da acceso a una sala, sino también a nuestra memoria, a nuestra identidad y a nuestro futuro. Nos convoca la inauguración de esta sala audiovisual, que será parte del futuro Museo de la Organización Nacional, un espacio que nace con raíces profundas en la historia y con la mirada puesta en las generaciones que vendrán. Este proyecto tiene un sustento institucional que nos llena de orgullo: el ordenanza N.º 11.327 del Honorable Concejo Deliberante de nuestra ciudad, que le da marco y legitimidad a un sueño largamente anhelado. Un sueño que encuentra su lugar natural en la Casa de Urquiza, símbolo vivo de una etapa fundacional de la Argentina. Pero este sueño no nació de la nada. Es fruto de una iniciativa del Centro Cultural Urquiza, que fue presentada oportunamente en el Club Social por la querida y recordada profesora Luisita Baggio, a quien hoy evocamos con emoción y gratitud. Su visión, su compromiso y su amor por la historia siguen iluminando este camino que hoy tenemos el orgullo de continuar. Nada de esto hubiera sido posible sin el trabajo conjunto. Nos enorgullece profundamente haber articulado esfuerzos con la Universidad Nacional de Entre Ríos, con el acompañamiento del municipio y con el valioso apoyo del Correo Argentino. Estas alianzas son las que permiten que las ideas se transformen en realidades concretas.

Para finalizar, el presidente del CCU enfatizó que “esta sala audiovisual es apenas el comienzo. Es el primer paso de un proyecto ambicioso, pensado para que nuestra ciudad tenga el protagonismo que realmente merece en la historia grande de la Nación. Un lugar donde vecinos y visitantes puedan reencontrarse con el pasado y, al mismo tiempo, descubrir nuevas formas de interpretarlo. Los invito, entonces, a que acompañemos este camino. A que hagamos propios estos espacios. A que defendamos y promovamos iniciativas que rescatan los valores del pasado, no como piezas de museo inertes, sino como cimientos vivos que nos permiten sostener el presente y construir, con esperanza y responsabilidad, el futuro que queremos”.

El acto contó también con las palabras del rector de la Universidad Nacional de Entre Ríos, Andrés Sabella, y de la directora de Museos de la Municipalidad, Marita Petrone; quienes valoraron el trabajo conjunto y mancomunado de las instituciones que colaboraron en la concreción del proyecto.    

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domingo, 5 de abril de 2026

CHIANG KAI-SHEK Y HENRY GEORGE

Por José Antonio Artusi

Se cumplen 51 años de la muerte de Chiang Kai-shek, ocurrida el 5 de abril de 1975. Había nacido el 31 de octubre de 1887. Sucedió a Sun Yat-sen como principal líder del Kuomintang y figura dominante del gobierno de la República de China, establecida en 1912. Tras la derrota de los nacionalistas frente a los comunistas en 1949, se refugió en la isla de Taiwán, donde gobernó de manera autoritaria hasta su muerte.

¿Qué puede vincular a un dictador chino con un economista y periodista norteamericano del siglo XIX? La respuesta, para quien conozca la historia del siglo XX, es menos sorprendente de lo que parece: la fuerza de una idea.

Henry George publicó en 1879 su obra cumbre, Progreso y Miseria, que se convertiría en uno de los libros de economía política más leídos de su época. Su tesis central era tan simple como poderosa: la paradoja de que el progreso material no eliminaba, sino que en muchos casos agudizaba la pobreza, tenía una causa estructural. Esa causa era la apropiación privada de la renta del suelo —el valor que la tierra adquiere no por el esfuerzo de su propietario, sino por el trabajo y la inversión de toda la comunidad—. La solución que George proponía era igualmente contundente: gravar esa valorización mediante lo que denominó el Impuesto Único, permitiendo al mismo tiempo eliminar los tributos que recaen sobre el trabajo y el capital productivo.

Para entender la vinculación entre George y Chiang Kai-shek, es imprescindible detenerse en el puente intelectual entre ambos: Sun Yat-sen, el padre de la China moderna. Sun Yat-sen descubrió las obras de Henry George durante su período de exilio en Occidente y quedó profundamente impresionado.

Sun Yat-sen articuló su programa político alrededor de tres principios: el nacionalismo, la democracia y el bienestar del pueblo. Para él, la reforma agraria basada en la captación pública del valor de la tierra no era una concesión al socialismo ni al comunismo —a los que rechazaba—, sino una condición necesaria para que el capitalismo funcionara de manera justa. Sun Yat-sen falleció en 1925, antes de haber podido consolidar su revolución. Pero dejó un legado ideológico que su sucesor al frente del Kuomintang, Chiang Kai-shek, heredaría de manera más pragmática que doctrinaria.

La historia de Chiang Kai-shek en el continente chino es, entre otras cosas, la historia de una oportunidad perdida. Luego de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, el Kuomintang recuperó posiciones y parecía estar en condiciones de consolidar su dominio sobre China. Pero la guerra civil contra los comunistas de Mao Zedong se resolvió de manera fulminante. Entre las causas de esa derrota, los propios dirigentes nacionalistas identificaron con lucidez retrospectiva un factor clave: el fracaso en emprender una reforma agraria.

Los grandes terratenientes —aliados naturales del Kuomintang en muchas regiones— habían bloqueado sistemáticamente cualquier intento serio de transformar la estructura de la tenencia de la tierra. Las masas campesinas no encontraron en el gobierno nacionalista una alternativa creíble a las promesas comunistas de redistribución. Chiang Kai-shek, hombre pragmático ante todo, extrajo de esa catástrofe una conclusión que marcaría su gestión en Taiwán: quien no reforma la tierra desde arriba, la pierde desde abajo.

Cuando el ejército nacionalista y cerca de dos millones de personas se refugiaron en Taiwán en 1949, la situación agraria de la isla presentaba altos niveles de concentración y desigualdad, aunque no necesariamente idénticos a los del continente. Muchos campesinos pagaban rentas elevadas y la pobreza rural era significativa.

Chiang Kai-shek procedió a aplicar una reforma agraria en tres etapas que transformó radicalmente la estructura económica de la isla. El mecanismo tributario que acompañó este proceso tenía una impronta claramente georgista: se gravó la tierra según su valor, de manera que mantener grandes extensiones improductivas se tornó costoso. Como señala la literatura especializada, los grandes propietarios pronto descubrieron que los impuestos consumían buena parte de la renta que obtenían de sus arrendatarios. Deshacerse de esas tierras dejó de ser una pérdida para convertirse en un alivio. El sistema combinaba el impuesto al valor de la tierra con un impuesto al incremento de ese valor —la llamada land value increment tax—, para capturar para el conjunto de la sociedad el enriquecimiento que no derivaba del esfuerzo del propietario sino de la acción colectiva: la instalación de infraestructura, el crecimiento de la población, el desarrollo económico general.

Los resultados de aquella reforma fueron extraordinarios. Entre 1950 y 1970 el crecimiento del PBI de Taiwán promedió tasas cercanas al 9% anual. La industria creció a ritmos aún más acelerados. El hambre fue erradicada. La concentración de la riqueza, lejos de agravarse como ocurría en tantos otros países en desarrollo, disminuyó. El llamado "milagro taiwanés" tuvo muchas causas —la ayuda norteamericana, la política industrial activa, la apertura comercial, la inversión en educación—, pero diversos estudios posteriores fueron concluyentes al señalar que la reformas agraria y tributaria constituyeron las bases sobre la cual todo lo demás fue posible. Campesinos con tierra propia producen más, consumen más, invierten más en la educación de sus hijos. La demanda interna que generan impulsa el desarrollo industrial.

No es casual que experiencias similares, con sus diferencias y matices, se verificaran en el Japón de la posguerra y en Corea del Sur. En todos esos casos, la captación pública de parte significativa de la renta del suelo fue el punto de partida de procesos de desarrollo sostenido.

Hay una paradoja que vale la pena subrayar. Chiang Kai-shek no era precisamente un demócrata. Gobernó Taiwán bajo la ley marcial durante décadas, reprimió a sus opositores con dureza y administró el poder de manera autoritaria hasta su muerte en 1975. La democracia liberal llegaría a Taiwán recién en los años noventa. Y, sin embargo, este estadista autocrático aplicó con rigor una política económica de raíces filosóficas profundamente igualitarias, inspirada en un pensador que creía que la tierra pertenecía a todos y que ningún individuo debía apropiarse de la riqueza generada por el esfuerzo colectivo. Sus políticas económicas tuvieron efectos redistributivos significativos.

Esto nos recuerda algo que la Historia enseña frecuentemente: las buenas políticas públicas no son patrimonio exclusivo de los sistemas políticos virtuosos, ni las malas políticas son monopolio de los regímenes autoritarios. La lógica georgista en Taiwán funcionó porque era económicamente correcta, independientemente de las motivaciones que llevaron a Chiang a aplicarla.

Las ideas de Henry George tienen una vigencia que las modas intelectuales no logran opacar. Economistas tan disímiles como Milton Friedman, Joseph Stiglitz y Paul Samuelson coincidieron en señalar que el impuesto al valor del suelo es probablemente el menos distorsivo de todos, precisamente porque no penaliza el trabajo ni la inversión productiva.

En la Argentina, que tiene una larga historia de sistemas tributarios que castigan el trabajo y el capital mientras protegen la renta especulativa del suelo, estas discusiones deberían ocupar un lugar central en el debate económico y político.

La historia de Taiwán —una isla que en pocas décadas pasó de una economía agraria con fuertes desigualdades a una de las más dinámicas del mundo— ilustra el peso que pueden tener las instituciones y las políticas públicas. Las ideas importan.

 

Publicado en el diario La Calle el 5 de abril de 2026.

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