Por José Antonio Artusi
Legisladores oficialistas han presentado un proyecto de ley para crear lo que denominan, incorrectamente, “salario básico universal”. Comencemos por lo obvio; es imposible encarar un debate serio sin ponernos de acuerdo en el significado de las palabras. El SBU, contrariando su propio nombre, no es universal; además no es incondicional ni individual, y por lo tanto no tiene nada que ver con otra idea que sí tiene esos atributos esenciales, el ingreso básico universal o ingreso ciudadano. El SBU surge, más allá de los ropajes seudo progresistas con los que se lo viste, y más allá de las imposturas del lenguaje, de una matriz de pensamiento conservador y paternalista, antiliberal. Diseñar políticas públicas basadas en esa matriz populista y demagógica sólo llevará a profundizar nuestro atraso y a condenar a los pobres a situaciones de sometimiento y falta de oportunidades de verdadera integración y movilidad social ascendente. Los privará de los beneficios de una democracia plena, entendida – siguiendo a Hipólito Yrigoyen – como aquella que no sólo garantiza las libertades políticas sino que entraña a la vez la posibilidad para todos de poder alcanzar un mínimum de felicidad siquiera. Y está claro que la posibilidad de alcanzar ese mínimo de felicidad está indisolublemente unida al acceso a las condiciones materiales de la libertad.
Afortunadamente han surgido algunas voces lúcidas a
denunciar las falacias de la propuesta y a mostrar alternativas. Daniel Nieto
sostiene que “la propuesta del “salario
básico universal”, que empuja en estos días el Frente de Todos en el Congreso,
no tiene otro objetivo que organizar en los márgenes del sistema económico la
regimentación de los trabajadores informales en el marco de las propias
organizaciones sociales, que pasarían a ocupar el rol de ser la contraparte
patronal del “salario universal”. No hay nada de progresista en esta propuesta,
más emparentada con la organización medieval del trabajo y con formas de
dominación social pre modernas. Un modelo de este tipo es claramente
disfuncional para la integración social de los sectores informales, ya que los
aísla del mercado de trabajo formal y los condena a una existencia tutelada por
las organizaciones”. (https://seul.ar/planes-sociales-organiz/).
Hace casi un año, este mismo autor alertaba que “la tesis del “empleo garantizado” o de “salario universal” no es muy
distinta a lo que ya fracasó en los modelos colectivistas construidos por el
stalinismo en el siglo XX o las corporaciones de trabajo del medioevo en las
que se inspiran los pensamientos eclesiásticos sobre el trabajo…” (https://seul.ar/planes-sociales/).
Rubén Lo Vuolo, por su parte, argumenta “que este tipo de programas consolida la
segmentación social, estigmatiza a las personas beneficiarias de asistencia, al
tiempo que sigue construyendo mecanismos de control social que dividen y
enfrentan a la propia fuerza laboral. Es un modo de regulación “estática” de la
pobreza y el empleo precario que, en lugar de “integrar” la protección social
de la fuerza laboral, fragmenta programas según criterios arbitrarios del poder
político” (https://www.eldiarioar.com/opinion/salario-basico-universal-notas-proyecto-ley_129_9079871.html)
El ingreso ciudadano – conceptualmente en las
antípodas – es la verdadera alternativa al SBU y es mucho más que un programa temporario
de ayuda, no es un "plan", ni una dádiva, ni un subsidio, sino una
política pública permanente que responde a un derecho de ciudadanía, universal
e incondicional, justificado de manera brillante por Thomas Paine a fines del
siglo XVIII.
El empleo precario garantizado para algunos, que de
eso se trataría el SBU, con remuneraciones que con suerte sólo permiten no caer
en la indigencia, implica profundizar la dependencia y el clientelismo. Su
implementación agravaría la segregación y la exclusión de los más vulnerables,
además de hacerlos caer en la “trampa de la pobreza”, fenómeno que se advierte
claramente cuando los beneficiarios de los “planes” son desalentados a buscar
empleos formales, condición que los haría perder el beneficio, condicionado
precisamente a su permanencia como pobres o desocupados. Estar obligado a
aceptar, para poder subsistir, un remedo de empleo, realizando alguna tarea poco
productiva que puede probablemente automatizarse, en condiciones inseguras o
insalubres, sujeto a la discrecionalidad del jefe de turno; es denigrante, no
construye ciudadanía ni brinda posibilidades de desarrollo humano integral, y
acerca al término “trabajo” a su ominoso origen etimológico, más que al
significado virtuoso que tiene el trabajo productivo y socialmente útil: la
palabra trabajo viene de trabajar y esta del latín tripaliare. Tripaliare viene
de tripalium, un yugo hecho con tres palos en los cuales amarraban a los
esclavos para azotarlos.
Aldo Isuani lo resumió así en Twitter: “Salario universal pero para pobres;
asignación por hijo universal pero para pobres; la salud pública universal pero
para pobres; la educación pública universal pero cada vez más para pobres. Qué
concepto tan raro tiene el kirchnerismo sobre lo que es universal!”,
Un verdadero ingreso ciudadano, individual, universal
en serio e incondicional, en cambio, promovería el trabajo digno – en sentido
contrario a lo que generalmente se cree – y sería un instrumento eficaz al
servicio de la posibilidad real de ejercer derechos económicos y sociales desde
una perspectiva de autodeterminación y libertad.
Llamemos a las cosas por su nombre, para que los
rótulos mentirosos no nos engañen. El SBU es una trampa. Cuanto antes nos demos
cuenta, mejor.-
Publicado en el diario La Calle el día 10 de Julio de 2022.-
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