Por José Antonio Artusi
Hace poco más tres años, el 7
de octubre de 2023, se perpetró la mayor masacre de judíos desde el Holocausto.
Al cumplirse el primer aniversario escribí que al dolor por la barbarie y la tragedia
se había sumado otro: el de constatar la indiferencia, la relativización y
hasta el aplauso de muchos. Hoy, tres años después, no queda ningún rehén en
Gaza. Los vivos regresaron a sus hogares en octubre de 2025 y los muertos, por
fin, pudieron ser llorados y sepultados por sus familias. Lo que entonces era
una ominosa ola de antisemitismo y de antisionismo se ha convertido en marea, y
el prejuicio se ha instalado como sentido común, especialmente entre los
jóvenes. Lo más grave es el clima intelectual y moral que lo hace posible, y su
pieza central es una palabra: genocidio.
El término fue acuñado para
nombrar un crimen específico: el exterminio deliberado de un grupo nacional,
étnico o religioso. La Convención de 1948 exige, además de ciertos actos
materiales, una intención particular, el propósito de aniquilar al grupo. Eso
fue el Holocausto. Eso fue Ruanda, donde se asesinó a cientos de miles de
tutsis. Eso fue el genocidio de los armenios.
Nada de eso se parece a una
guerra librada contra una organización terrorista que se atrinchera en túneles
bajo hospitales y escuelas, que usa a su población civil como escudo y que ha
hecho del sufrimiento de su propio pueblo un instrumento de propaganda. Es una
guerra atroz, cruel y dolorosa, como lo son todas. Pero un ejército que
advierte a la población con anticipación, abre corredores de evacuación y
permite y facilita el ingreso de ayuda humanitaria; aun entre críticas y
obstáculos que pueden y deben discutirse, no se comporta como quien persigue
exterminar a un pueblo. Vale la pena reiterarlo, genocidio es lo que Hamas
quiere hacer y no puede, y lo que Israel puede hacer y no quiere.
Las cifras de víctimas que se
repiten como un mantra provienen de un ministerio controlado por Hamas, que no
distingue entre civiles y combatientes. La historia reciente muestra que
combatir al terrorismo en medio de las ciudades produce un número terrible de
víctimas civiles. Sin embargo, nadie habló de genocidio en otros casos muchísimo
peores. Ningún tribunal internacional ha dictado sentencia declarando que en
Gaza haya ocurrido un genocidio. Las acusaciones provienen de informes y
resoluciones de organismos políticos, y de una campaña mediática y digital de
una eficacia extraordinaria.
La muerte de civiles inocentes
es una tragedia genuina y merece nuestro dolor siempre. Se puede y se debe
criticar al gobierno de Israel cuando corresponde, como lo hacen todos los días
los propios israelíes, en las calles, en la prensa y en el Parlamento, un
privilegio que ningún ciudadano de los países vecinos conoce. Pero criticar una
conducción militar y política es una cosa, y acusar de genocidio a las víctimas
de la mayor masacre antijudía desde 1945 es otra muy distinta. Es la inversión
del Holocausto. Y cuando todo es genocidio, nada lo es: quienes usan la palabra
como arma arrojadiza vacían de significado al peor de los crímenes y ofenden la
memoria de las víctimas genuinas.
¿Cómo se explica que tantos
jóvenes, que se perciben como progresistas y bienintencionados, hayan abrazado
esta falacia? Primero, por el medio. Una generación que se informa en videos de
quince segundos, con algoritmos que premian la indignación y castigan el matiz,
difícilmente pueda discernir una guerra compleja. La imagen del niño muerto, trucada
o auténtica, es desgarradora y circula sin contexto; la del terrorista que lo
usa como escudo o la del impostor no cumplen las reglas del formato.
Segundo, por el marco. Una
parte de la academia y de la izquierda occidental ha reemplazado el pensamiento
crítico por un catecismo binario y maniqueo de opresores y oprimidos, que
asigna a cada pueblo un lugar fijo en el reparto moral. En ese esquema, el
judío, perseguido durante dos mil años, es presentado como «colono blanco»,
aunque casi la mitad de los israelíes descienda de judíos expulsados de los
países árabes y buena parte del resto sean los sobrevivientes de Europa y sus
hijos. Los hechos molestan menos que la consigna.
El resultado es una paradoja macabra.
Jóvenes que desfilan con banderas feministas y de diversidad sexual defienden a
organizaciones que someten a las mujeres y persiguen a los homosexuales hasta
la muerte. Quienes proclamaron «ni una menos» guardaron silencio ante las
mujeres israelíes violadas y mutiladas salvajemente el 7 de octubre.
En las consignas que se corean
en esas manifestaciones se condensa todo lo demás. «Desde el río hasta el mar,
Palestina será libre» no describe meramente una aspiración nacional legítima,
la de un pueblo a tener su propio Estado. Describe una geografía precisa: el
espacio que va del Jordán al Mediterráneo es exactamente el territorio de
Israel, de modo que un Estado palestino «libre» en toda esa extensión sólo
puede lograrse con la desaparición del Estado de Israel. Y la pregunta que
jamás se responde es qué ocurriría con los millones de judíos que viven allí en
ese caso. La respuesta contundente la dio Hamas el 7 de octubre: la
«liberación» consistió en entrar casa por casa, asesinar familias enteras,
violar, mutilar y secuestrar a ancianos y niños, y uno de sus dirigentes
anunció después que lo repetirían «una y otra vez». Quien pide una Palestina
libre de judíos y no tiene respuesta para lo que ocurre con ellos está
pidiendo, lo sepa o no, su expulsión o su exterminio. Muchos jóvenes repiten la
consigna sin advertir de qué hablan. Pero la ignorancia de quien la entona no
altera su contenido, y ese contenido, inevitablemente, implica el genocidio del
pueblo judío.
Lo más preocupante es que la
patraña ya no habita sólo las redes ni los campus. Ha llegado a los partidos políticos
y a los despachos oficiales, con la autoridad que eso supone.
En Inglaterra el Partido Verde
aprobó una moción que define al sionismo como una forma de racismo, reivindica
el «derecho a resistir» de los palestinos y propone un Estado único en toda la
Palestina histórica. Es difícil encontrar mayor despropósito. El sionismo es el
movimiento de autodeterminación del pueblo judío, nacido en el siglo XIX al
calor de las persecuciones europeas. Declararlo racista equivale a negar a los
judíos, y sólo a ellos, lo que se reconoce sin discusión a cualquier otro
pueblo: un hogar nacional. Equivale, además, a declarar racistas a la inmensa
mayoría de los judíos del mundo, para quienes Israel forma parte de su
identidad. Es la resurrección de aquella resolución de la ONU de 1975, que la
propia Asamblea General tuvo que derogar en 1991. Y ese «derecho a resistir»,
tres años después, sólo puede significar el derecho de quienes violaron,
asesinaron, quemaron y secuestraron.
En Nueva York, por su parte,
el alcalde Zohran Mamdani conmemoró este 7 de octubre con un comunicado digno
de estudio. Comenzó expresando su dolor por los «horribles crímenes de guerra»
de Hamas y por la pérdida «inimaginable» de sus víctimas. A renglón seguido
acusó a Israel de un «genocidio en curso», repitiendo como propias las cifras
del ministerio de Hamas. Es el viejo recurso del «sí, pero»: se llora a las
víctimas con una mano y con la otra se las convierte en victimarios. Se trata
del mismo alcalde que presentó la primera estrategia municipal contra el
antisemitismo. Un alcalde que se dice amigo de la comunidad judía de la ciudad
con una de las mayores comunidades judías del mundo, pero que sólo sabe
acompañar su duelo a condición de acusarla de lo peor.
La retórica que hoy seduce a
tantos en Occidente tiene una genealogía precisa, y no es ni liberal ni
progresista. Es la del extremismo islamista, que tiene un proyecto claro y
declarado: una teocracia reaccionaria, retrógrada y fundamentalista; en la que
imperen la sumisión de las mujeres y la persecución de los homosexuales, la
abolición de la libertad de conciencia y la destrucción del Estado de Israel
como primer paso. No lo ocultan. Lo han puesto en práctica, desde el régimen iraní
que reprime a quienes protestan por un velo mal colocado hasta los talibanes afganos
que expulsaron a las mujeres de las escuelas.
Lo que logran es disfrazar esa
agenda reaccionaria con el lenguaje de la liberación y del anticolonialismo. Se
apropian de los símbolos del progresismo para vaciarlo de contenido. Y
encuentran del otro lado a una multitud entusiasta de «idiotas útiles» que les
prestan voz, calles, universidades y, como vimos, partidos y gobiernos. Los
primeros en pagar el precio de ese proyecto, si triunfara, serían precisamente muchos
de quienes hoy lo aplauden: las mujeres, los homosexuales, los disidentes, los
librepensadores.
La paz verdadera no vendrá de
la mano de quienes edulcoran a los verdugos y relativizan o directamente
reivindican sus crímenes, sino de su completa derrota política y moral.
Publicado en el diario La
Calle el 1º de noviembre de 2026.

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