domingo, 15 de febrero de 2026

URQUIZA Y LA GENERACIÓN DEL 37

Por José Antonio Artusi

La relación entre Justo José de Urquiza y la denominada “Generación del 37” fue fundamental para la organización nacional de la República Argentina. Echeverría, Alberdi y Gutiérrez, sobre todo, aportaron el marco teórico (los dos segundos también acción), y Urquiza fue el ejecutor que hizo que los ideales de Mayo – libertad, igualdad, progreso - se plasmen en la sabia Constitución de 1853. Se trata de uno de los ejemplos más brillantes de interacción virtuosa y sinérgica entre pensadores que marcan el camino aportando ideas adecuadas para los desafíos del momento histórico y decisores lúcidos y abiertos que las procesan, las aplican y las transforman en praxis con estrategia, paciencia, y férrea voluntad política.

Seis años antes de Caseros, cuando Urquiza todavía era el gobernador de Entre Ríos aliado a Rosas, Esteban Echeverría ya veía en él una alternativa estratégica para terminar con la tiranía del Restaurador de las Leyes coloniales y emprender el camino de la anhelada pero demorada organización nacional.  Desde su exilio en Montevideo, en 1846 Echeverría le envió un ejemplar de su obra cumbre, el “Dogma Socialista”. El mensaje era claro: Echeverría quería que Urquiza comprendiera que la lucha no debía ser entre unitarios contra federales, una dicotomía que él consideraba agotada y que no dejaba ver con claridad la gran contradicción fundamental, vale decir la que se daba entre la libertad contra la tiranía, entre la organización nacional contra la anarquía, entre el atraso colonial contra el progreso y el desarrollo.

En la carta que acompañaba el libro, Echeverría le expresó a Urquiza que solo él contaba con el poder político necesario para liderar un movimiento nacional capaz de unir al pueblo argentino en torno a una síntesis del pensamiento de Mayo, aunando la libertad con el progreso, todo bajo el amparo de una Constitución que asegurase la unidad nacional.

Urquiza fue muy respetuoso con Echeverría, pero en ese momento todavía no estaba listo para romper con Rosas. Sin embargo, no es aventurado pensar en el “Dogma Socialista” como una de las semillas fundamentales de una evolución trascendental en el pensamiento de Urquiza. Echeverría fue uno de los que incidió positivamente y lo ayudó a convencerse de la necesidad de dejar atrás falsos enfrentamientos.

Esteban Echeverría murió el 19 de enero de 1851, muy poco antes del Pronunciamiento. Beatriz Bosch enfatiza que el 1º de mayo de 1851, el mismo día del Pronunciamiento, Urquiza “elimina el lema inicuo de ¡"Mueran los salvajes unitarios!". Inspirábase, sin duda, en los referidos conceptos echeverrianos…”.

Si Echeverría hubiera resistido solo un año más, habría visto a Urquiza entrar triunfante en Buenos Aires tras la Batalla de Caseros. Probablemente, habría sido recibido con los máximos honores en el Palacio San José. Habría sido el abrazo emocionado entre el guerrero victorioso, el estadista visionario, el empresario próspero; con el poeta romántico, el doctrinario progresista de salud quebrada.

Pero Echeverría murió en la pobreza en Montevideo, casi solo. Urquiza no lo olvidó. Esa sensibilidad de Urquiza para con los suyos, incluso con aquellos que solo conoció a través de cartas, muestra una faceta del caudillo que a veces la historia oficial olvida. Echeverría murió dejando a su familia en una situación económica desesperante en Montevideo. Cuando Urquiza asumió el poder y comenzó a organizar la Confederación, no se olvidó del hombre que le había enviado aquel Dogma Socialista. A través de Juan María Gutiérrez, el mejor amigo de Echeverría, Urquiza hizo llegar ayuda financiera a los parientes del poeta. Fue una forma de decirle al mundo que, bajo su mando, el pensamiento no se pagaba con el exilio, sino con gratitud. Urquiza le encargó a Gutiérrez que indagara sobre el paradero de los restos de Echeverría en el Cementerio del Buceo en Montevideo. Lamentablemente, nunca pudieron encontrar sus restos. Urquiza entendió que el mejor monumento para Echeverría eran sus libros. Por eso, apoyó e impulsó a Juan María Gutiérrez para que comenzara a recopilar y publicar las Obras Completas del poeta.

Es curioso pensar que Urquiza, un hombre de campo, de negocios y de batallas, tuvo una delicadeza que los "civilizados" de Buenos Aires —que tanto lo criticaban— a veces no tuvieron. Mientras Sarmiento y Mitre se peleaban con el fantasma de Echeverría por nimiedades de liderazgo intelectual, Urquiza lo honró como al profeta que marcó el camino.

Alberdi lo resumió así: "Echeverría ha tenido la suerte de los que mueren antes de la aurora: no vio el sol, pero sus rayos ya iluminaban su frente."

Tampoco se conocieron personalmente Urquiza y Alberdi, y su amistad y sociedad política se forjó exclusivamente a través de cartas.

Polemizando con Sarmiento, Alberdi dejó en claro el vínculo político e ideológico que se había constituido entre Urquiza y los tres principales exponentes de la Generación del 37, vale decir él mismo, Echeverría y Gutiérrez: "He visto venir al general Urquiza a estas ideas, y por eso he abrazado su autoridad. La fusión política, adoptada por él, como base de su gobierno y de la Constitución, es principio que pertenece al credo de la Asociación de Mayo de 1838; y sería irracional de mi parte, atacar a un gobierno que adoptaba mis principios. Es el general Urquiza el que ha venido a nuestras creencias, no nosotros a las suyas, y lo digo en honor de ambos. Digo nosotros porque los tres redactores de esa creencia se hallan en el campo que usted combate. Echeverría no vive, pero su espíritu está con nosotros, no con usted y tengo de ello pruebas póstumas". Alberdi entiende perfectamente que sin Urquiza las “Bases” no habrían sido más que un libro en una biblioteca chilena.

Beatriz Bosch refiere que “correspondió también al presidente Urquiza la honra de lograr el reconocimiento de nuestra independencia por la madre patria. Con ese intento su canciller Juan María Gutiérrez imparte instrucciones precisas al ministro acreditado en Europa Juan Bautista Alberdi. El autor de Bases cumple su cometido en fecha simbólica. El 9 de julio de 1859.”

Al que sí pudo Urquiza conocer personalmente y trabajar codo a codo fue a Juan María Gutiérrez, que de esa manera fue un puente clave entre el pensamiento de la Generación del 37 y su gestión de gobierno. Tras la caída de Rosas, Gutiérrez se integró activamente a la vida política de la Confederación. Fue uno de los redactores de la Constitución de 1853 y ministro de Relaciones Exteriores del presidente Urquiza.

A Urquiza jamás le corresponderá el anatema que Carlos Matus dedicó a buena parte de las dirigencias latinoamericanas del siglo XX: “No saben que no saben”. Consciente de sus límites, supo reconocer el talento de los grandes pensadores, supo nutrirse de sus mejores ideas, supo evolucionar, supo que había que tecnificar la política y politizar la técnica; y tuvo el coraje, la lucidez y el sentido estratégico que se precisaban para legarnos la tan ansiada Organización Nacional.     

 

Fuentes:

Bosch, Beatriz. Urquiza y su tiempo. Buenos Aires : EUDEBA, 1971.

Mayer, Jorge M. Alberdi y su tiempo. Buenos Aires : Sudamericana, 1963.

Weinberg, Félix. "La Asociación de Mayo y el Dogma Socialista." En Polémica. Primer Historia Argentina Integral . Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1970.

 

Publicado en el diario La Calle el 1º de febrero de 2026.  

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JUAN MARÍA GUTIÉRREZ

Por José Antonio Artusi

Juan María Gutiérrez nació en Buenos Aires el 6 de mayo de 1809 y murió en su ciudad natal el 26 de febrero de 1878. Estudió ingeniería y derecho, y a los 27 años se graduó de doctor en jurisprudencia. Sus intereses fueron amplios, a punto tal que en una carta a Sarmiento le dirá: “Afortunadamente tengo un carácter maleable y siempre me fue tan halagüeño el abrir un libro de poesía como otro de matemáticas”. Su amigo Juan Bautista Alberdi lo caracterizó diciendo que “no había nacido para político, pero le tocó serlo y ejerció tanto influjo en la política como en las letras de su país”.

Comenzó a trabajar como agrimensor e ingeniero en el Departamento Topográfico a la vez que colaboraba en diversas publicaciones con críticas literarias y traducciones. Junto a Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi integró un grupo de intelectuales que sería conocido como la Generación del 37. En su alocución en el Salón Literario señaló: “No olvidemos que nuestros tesoros naturales se hallan ignotos, esperando la mano hábil que los explote; la mano benéfica que los emita el comercio y los aplique a las artes y a la industria; que la formación y origen de nuestros ríos (…) aún son inciertos y problemáticos, que la tierra fértil, virgen, extensa, pide cultivo, pero cultivo inteligente, y, en fin, que las ciencias exigen ser estudiadas con filosofía, cultivadas con sistema…”.

Fue cesanteado y encarcelado por la tiranía rosista. Tras permanecer cuatro meses encarcelado, en 1840 debió partir al exilio en Montevideo. Allí siguió participando en publicaciones literarias y trabajó como topógrafo e ingeniero. En 1843 emprendió un viaje a Europa junto a Alberdi y posteriormente se radicó en Valparaíso. En su etapa chilena se dedicó a la docencia, siguió escribiendo y fue el primer director de la Escuela Náutica.

Tras la caída de Rosas retornó al país y se vinculó con Urquiza, con quien entabló una fructífera relación. El gobernador interino de la provincia de Buenos Aires, Vicente López y Planes lo designó ministro de Gobierno. En su breve gestión, que duró sólo dos meses, alcanzó logros significativos: organizó el Departamento Topográfico, creó la cátedra de estadística de la Universidad, y estableció el Consejo de Obras Públicas. Como ministro defendió ardorosamente el Acuerdo de San Nicolás, contra los embates de Mitre y Vélez Sarsfield. En la Sala de Representantes expresó que Urquiza había “pesado las medidas y los medios que tienen los pueblos para formar la confederación argentina, para constituirse; y pesado todos los antecedentes, ha dado la única forma que en estos momentos se puede dar a la República Argentina, sin perdonar medio alguno para constituirla, que es a lo que todos aspiramos. Para este objeto preciso es que haya alguna fuerza, un modo sin el cual nada haríamos. Todos nuestros males, en cuanto a la organización, provienen de la falta de un poder, de una fuerza que atase y diese consistencia a los elementos esparcidos. Estas son las circunstancias —recalcó— que no tenemos que perder de vista un momento. Cualquiera otro camino que se pretenda tomar, aunque sembrado de las flores más fragantes, haría imposible la organización y cuando digo imposible es que creo que de ese modo sería lanzar a la sociedad en la anarquía más espantosa”.

El 25 de mayo de 1852 estuvo entre los fundadores del Club del Progreso, “una asociación que se denominó con palabra que fue dogma sagrado en Mayo de 1810, bandera ideológica en la inauguración del Salón Literario, escudo de caballero cruzado por santa causa para los jóvenes de la Asociación de Mayo: Progreso. Mágica palabra recordada por Alberdi, Gutiérrez y Echeverría, durante toda su juventud, en conferencias, estudios y versos vibrantes”, tal como lo evoca María Schweistein de Reidel. Ese día recitó un poema en honor al vencedor de Caseros.

Fue convencional constituyente por la provincia de Entre Ríos en Santa Fe en 1853. Si Alberdi fue el proyectista principal de aquella sabia Constitución, que recogía no pocos antecedentes de la rechazada Constitución de 1826, podríamos decir que Gutiérrez fue el director de obra, junto a José Benjamín Gorostiaga.  

Instalado Urquiza como el primer presidente constitucional, el 5 de marzo de 1854, designó a Gutiérrez como ministro de Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Ejerció esa alta responsabilidad hasta el 1º de agosto de 1856. Le cupo el honor - junto a Alberdi, a quien le encargó las gestiones diplomáticas en el Viejo Mundo - de haber iniciado e inspirado el proceso que desembocó en el reconocimiento por parte del reino de España de la independencia argentina, en tratados que se firmaron en 1859 y se ratificaron en 1863.

María Schweistein de Reidel recuerda que Gutiérrez, “con ayuda de Alberdi, ejecutor en el extranjero de los pensamientos del Poder Ejecutivo de la Confederación, de Urquiza, y del gobernador de Santa Fe, Gutiérrez comenzó a fomentar la inmigración. En 1856 se fundó la Colonia Esperanza (Santa Fe) y al año siguiente, Urquiza estableció la Colonia San José (Entre Ríos). Desde su Ministerio, Gutiérrez inspiró un decreto extraño a los resortes de la diplomacia: estableció un premio al autor de la mejor memoria sobre clasificación de tierras públicas y leyes que reglamentaran esa clasificación”, a la vez que resalta que “en el transcurso del mismo año dictó un decreto sobre la construcción de un ferrocarril trasandino de acuerdo con el gobierno de Chile, y meses antes había contratado los estudios para la realización del Ferrocarril del Rosario a Córdoba. Navegación, comercio, ferrocarriles, colonización y aún establecimiento de nuevas industrias, fueron constantes preocupaciones para Gutiérrez. Las funciones a que le llamaron los urgentes problemas económicos de la patria fueron más vastas que la limitación que le impuso el título diplomático del Ministerio. No escatimó esfuerzos y conocimientos para llevar a buen fin tareas a primera vista ajenas a su jurisdicción”.

Entre 1858 y 1860 fue diputado nacional por la provincia de Santiago del Estero y al año siguiente fue designado rector de la Universidad de Buenos Aires, cargo que ejerció entre 1861 y 1873. Su progresista gestión es recordada por la creación del Departamento de Ciencias Exactas y la incorporación de profesores europeos. También presentó proyectos para la creación de la Facultad de Química y Farmacia y las escuelas de Agricultura, de Comercio y de Náutica; preparó el reglamento universitario y propuso que la enseñanza sea gratuita. Instauró un nuevo plan de enseñanza y en 1871 se realizó la primera reforma universitaria.

Entre 1870 y 1873 fue convencional en la Asamblea Constituyente de la provincia de Buenos Aires. En 1875 fue designado jefe del Departamento de Escuelas de la Provincia, cargo desde el que proyectó escuelas de agricultura, comercio y náutica.

La producción bibliográfica de Gutiérrez es vasta y heterogénea. Escribió desde críticas literarias hasta poesías y biografías de personajes históricos, pasando por estudios sobre las culturas indígenas y trabajos científicos en disciplinas diversas.     

 

Fuentes:

"Gutiérrez, Juan María ." Cámara de Diputados de la Nación. n.d. https://apym.hcdn.gob.ar/biografias/1104.

"Juan María Gutiérrez." Biblioteca del Congreso. n.d. https://bcn.gob.ar/algunas-paginas-en-las-colecciones-especiales/juan-maria-gutierrez.

Schweistein de Reidel , María. Juan María Gutiérrez. La Plata: Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, 1940.

 

Publicado en el diario La Calle el 25 de enero de 2026.

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sábado, 24 de enero de 2026

ESTEBAN ECHEVERRÍA

Por José Antonio Artusi

José Esteban Antonio Echeverría Espinosa nació en Buenos Aires el 2 de septiembre de 1805 y murió en Montevideo a los 45 años, víctima de la tuberculosis, el 19 de enero de 1851.

Fue uno de los escritores y poetas argentinos más talentosos del siglo XIX. Se lo considera el introductor del romanticismo en nuestro país, tras regresar de París, donde cursó diversos estudios entre 1825 y 1830. Pero fue también un pensador que se dedicó a cuestiones políticas y económicas. Integró un grupo de intelectuales y políticos que fue conocido como la Generación del 37, junto a Juan Bautista Alberdi y Juan María Gutiérrez, con quienes entabló una estrecha amistad y una postura ideológica común. Participó en el Salón Literario, tertulia creada por Marcos Sastre para debatir cuestiones culturales que no excluían la política. Félix Weinberg señala que “hizo Echeverría, desde esa tribuna y por vez primera en el país, un minucioso inventario de los factores negativos que en los más diversos ámbitos frenaban el progreso nacional al tiempo de verificar el divorcio enorme entre los propósitos transformadores de la Revolución de Mayo y la agobiante realidad, perduración de la Colonia”. Obviamente, Rosas no pudo tolerar la osadía de esos jóvenes comprometidos y mandó cerrar el Salón Literario en enero de 1838. El 23 de junio de ese año se realizó una reunión en la que se resolvió crear una nueva entidad, abiertamente política, a la que se denominó Asociación de la Joven Generación Argentina. Echeverría fue designado presidente y se le encomendó redactar un texto que condensara la doctrina del grupo. La primera versión de ese documento, denominada “Código”, apareció en el periódico El Iniciador de Montevideo en 1839. La Asociación había dejado de funcionar a fines de 1838, para evitar la represión del régimen rosista.  Weinberg recuerda que, ya en el exilio, “reeditó Echeverría en Montevideo el texto - un tanto retocado – del Código, al que ahora rebautizó con el nombre de Dogma Socialista, el cual, dicho sea de paso, apareció entonces por vez primera en forma de libro… Con la publicación del Dogma Socialista en setiembre de 1846 se cierra virtualmente el periplo de la Asociación de la Joven Generación Argentina. Según parece, Echeverría en ese momento intentó revivirla en Montevideo, pero no tuvo éxito”.                       

Beatriz Bosch señala que “el 19 de septiembre de 1846 Esteban Echeverría envía a Urquiza el recién aparecido Dogma Socialista, junto con una epístola incitadora. Ha de saludarlo cual “primer grande hombre de la República Argentina”, si llega a ponerse al frente de un partido nacional, a equidistancia de unitarios y federales. Que reactualice los principios democráticos de Mayo e instaure un sano régimen federativo basado en la soberanía e independencia de cada provincia. Que fortalezca el sistema municipal y garantice la fraternidad, la libertad, y la igualdad de derechos y deberes en todos y cada uno de los miembros de la familia argentina.” Pocas veces en nuestra historia un intelectual ha asesorado de manera tan brillante a un decisor político. Weinberg expresa que “Urquiza no respondió entonces; lo hizo unos años más tarde, con el Pronunciamiento y la campaña contra Rosas que culminó en Caseros. Echeverría falleció el 19 de enero de 1851 en Montevideo; no pudo, por lo tanto, verificar lo que fue una verdadera profecía suya. Los ideales de la Asociación orientada por Echeverría sobrevivieron en las Bases de Alberdi y en la laboriosa actividad de Gutiérrez, diputado del Congreso que en 1853 sancionó la Constitución Nacional. La Argentina moderna cuenta a Echeverría entre sus más tempranos y lúcidos propulsores”.    

Si, por lo antedicho, el pensamiento político de Echeverría es más o menos conocido, es mucho menos extendido el conocimiento del carácter y la significación que tuvieron sus ideas en materia de política económica. Héctor Raúl Sandler considera que “fue don Alfredo L. Palacios quien tuvo el acierto de designar a Esteban Echeverría “albacea” del pensamiento de Mayo… Por la fineza de su espíritu pudo catar Echeverría el pensamiento de Mayo como ningún otro. Pero vio también que el impulso de esta fuerza era inviable por causa del paralizante enfrentamiento entre unitarios y federales”. A la luz de este planteo, podríamos afirmar que Esteban Echeverría fue quien vio primero y con más lucidez ese enfrentamiento que en otra columna hemos denominado la gran “falsa contradicción fundamental” de la Argentina del siglo XIX. Continúa Sandler señalando que “a partir de esta comprensión y convicción aplicó todas sus energías espirituales en la tarea de bocetar los principios de orden a los que deberían ceñirse nuestras instituciones para que aquella fuerza, que impulsaba la emergencia de una patria diferente, alcanzar a ser una efectiva nueva nación en el mundo. En términos breves digamos que Echeverría fue propulsor de la democracia social argentina. NO cualquier democracia. Una que era posible para toda la humanidad, pero cuyo modelo ejemplar nosotros debíamos iniciar. Una democracia social de individuos muy individuales (si se me permite la expresión), en la que pudieran ser libre en todas las esferas de la vida, tratadas sin excepción en un pie de igualdad, y sobre todo, vivir unidos por un sentimiento fraternal. Con ese fin dedicó sus máximos esfuerzos – incluyendo sus obras literarias y poesías – a pensar sobre esos principios institucionales. La mayoría de ellos, vía el legado que cumplieran hombres como Juan Bautista Alberdi, fueron receptados en la Constitución de 1853. Sin embargo, este autor nos advierte acerca de la falta de atención que mereció el pensamiento económico de Echeverría: “uno de sus principios - quizás el más fundamental -… fue descuidado. Es posible que en los 1860 no pudiera ser receptado por falta de suficiente comprensión por parte de los hombres de la época, por dificultades materiales de toda índole o por el afán de hacer rápido a la nación, aunque sea mal, pero hacerla. Esta omisión no se sintió en las primeras décadas de vida institucional; pero a poco andar comenzaron a notarse sus efectos. Efectos que como bola de nieve se han ido agravando hasta llevar a la Argentina a situaciones que nadie alcanza a comprender. La omisión del principio rector imaginado por Echeverría generó el drama social argentino. Drama que en ocasiones se ha transformado en situaciones trágicas muy difíciles de superar. Mientras no sea encarnado en nuestro orden institucional no sólo le será difícil recuperarse a la Argentina sino que le será imposible evitar males mayores. El principio de orden social a que nos referimos, … fue proclamado por Echeverría en este lacónico y acertado artículo:

“El impuesto territorial es entre todos el más seguro, el más fácil de establecer, el que menos dificultad presenta para su recaudación y el que proporciona al Estado una renta fija”.

El párrafo pertenece a un texto incluido en sus Obras Completas denominado “Economía política. La contribución territorial”, en el que también dice que “entre nosotros la propiedad raíz ahora pocos años no tenía valor alguno, y a medida que la población ha ido extendiéndose en nuestros campos y explotándolos, ha ido tomando valor. Las tierras baldías y sin valor son nuevos agentes que deben ponerse en manos del hombre de industria para que sucesivamente pueda convertirse en riqueza esa tierra y demás agentes naturales de aquella. Aplicados los principios económicos a la propiedad territorial de nuestro país deben sufrir mil modificaciones aún en los impuestos”.   

Echeverría ve mucho más allá y más nítido que sus contemporáneos: “Verdad es que los campos y haciendas han tomado después de la revolución un valor infinitamente mayor que el que antes tenían, merced a la libertad de comercio; pero este valor no es debido a ninguna transformación en la cría de animales ni en los productos de nuestra industria, sino a la concurrencia del estrangero en demanda de esos frutos, y al aprecio y estimación que de ellos hace. Debemos esa riqueza, más a la naturaleza que a nuestra industria y trabajo”.

Pero, además, anticipándose a las taras proteccionistas y aislacionistas, señala con visión de futuro que “la industria que no se vale activamente a sí misma para producir, no es industria, es el apetito del salvaje que sólo se mueve para recoger el fruto o perseguir la caza”. Es imposible no sentirse tentado a agregar “en el zoológico”. Continúa Esteban Echeverría: “Por lo demás, lo que la industria requiere para prosperar no son restricciones y trabas sino fomento y libertad. Cada hombre puede ejercer la que le parezca y del modo que le convenga, con tal que no dañe el derecho de otro, que también lo tiene para gozar de la misma libertad. Otorgar privilegios, poner restricciones es destruir la igualdad y la libertad, sofocar las facultades del hombre violar un derecho sagrado, suyo, y atentar a la más sagrada de las propiedades, su sudor, su trabajo personal”.

Héctor Sandler se lamenta de que “este gran principio de orden, base necesaria para una economía de mercado en libre concurrencia y de una economía pública solvente, no fue receptado por la legislación dictada para concretar los mandatos de la Constitución Nacional de 1853 – 60. En consecuencia, la constitución del país real resultó, desde un principio, distinta a la diseñada y programada en nuestra magnífica ley fundamental”.

Sandler concluye que “tomar conciencia de los efectos del olvido de la institución recomendada por Echeverría es el primer paso, inevitable, para iniciar la reconstrucción de la Argentina”.

Por “impuesto territorial” Echeverría se refiere según el mencionado autor a aquel tributo que grava el valor del suelo, independientemente de cualquier mejora o construcción que su propietario desarrolla sobre él. No es otra cosa que un intento del Estado por recuperar lo que ha sido generado por el esfuerzo de la comunidad, o sea la valorización del suelo, a la par que se mantiene lo menos gravado posible -idealmente no gravado en absoluto - el fruto del trabajo y de la inversión de capital, que por otra parte no es más que trabajo acumulado. El pensamiento económico de Echeverría se inscribe de esta manera en una egregia tradición, que va desde los fisiócratas franceses y los liberales clásicos británicos, cuyo pensamiento fue receptado aquí por Belgrano y Rivadavia, hasta   economistas y políticos que intentaron rescatar y valorar ese legado doctrinario desde el siglo XIX hasta nuestros días      

Culminemos dejando que Echeverría nos vuelva a hablar con sus propias palabras:

“… el recurso precario de las importaciones y exportaciones estranjeras. Además, este impuesto indirecto no solo es precario sino monstruosamente injusto por que recae principal mente sobre el mayor número de consumidores, sobre los pobres. ¿Pero cuándo nuestros gobiernos, nuestros legisladores se han acordado del pueblo, de los pobres? ¿Cuándo han echado una mirada compasiva a su miseria, a sus necesidades, a su ignorancia, a su industria? Nada, absolutamente nada han hecho por él, y antes al contrario, parece haberse propuesto tratarlo como a un enjambre el ilotas o siervos”.

“Los habitantes de nuestra campaña han sido robados, saqueados, se les ha hecho matar por millares en la guerra civil. Su sangre corrió en la de la independencia, la han defendido, la defenderán, y todavía se les recarga con impuestos, se les ponen trabas a su industria, no se les deja disfrutar tranquilamente de su trabajo ni de su propiedad... Se ha proclamado la igualdad y ha reinado la desigualdad más espantosa: se ha gritado libertad y ella sólo ha existido para un cierto número; se han dictado leyes, y estas sólo han protegido al poderoso. Para el pobre no hay leyes, ni justicia, ni derechos individuales, sino violencia, sable, persecuciones, injustas. Él ha estado siempre fuera de la ley”.

“Y a juzgar por los resultados que han dejado en pos de sí, ¿cómo calificar la imperturbable serenidad e impavidez conque tantos hombres vulgares se han sentado en la silla del poder y arrastrado la pompa de las dignidades? ¿Se creyeron muy capaces, o pensaron que eso de gobernar y dictar leyes no requiere estudio ni reflexión y es idéntico a cualquier negocio de la vida común? La silla de poder, señores, no admite medianía, porque la ignorancia y errores de un hombre pueden hacer cejar de un siglo a una nación y sumirla en un piélago de calamidades. La ciencia del estadista debe ser completa, porque la suerte de los pueblos gravita en sus hombros”.

“No hay igualdad, donde la clase rica se sobrepone, y tiene más fueros que las otras. Donde cierta clase monopoliza los destinos públicos. Donde el influjo y el poder paraliza para unos la acción de la ley, y para otros la robustece. Donde sólo los partidos, no la Nación son soberanos. Donde las contribuciones no están igualmente repartidas, y en proporción a los bienes e industria de cada uno. Donde la clase pobre sufre sola las cargas sociales más penosas, como la milicia, etc. Donde el último satélite del poder puede impunemente violar la seguridad y la libertad del ciudadano. Donde las recompensas y empleos no se dan al mérito probado por hechos. Donde cada empleado es un mandarín, ante quien debe inclinar la cabeza el ciudadano. Donde los empleados son agentes serviles del poder, no asalariados y dependientes de la Nación. Donde los partidos otorgan a su antojo títulos y recompensas. Donde no tienen merecimientos el talento y la probidad, sino la estupidez rastrera y la adulación. Es también atentatorio a la igualdad, todo privilegio otorgado a corporación civil, militar o religiosa, academia o universidad; toda ley excepcional y de circunstancias.”

“La libertad es el derecho que cada hombre tiene para emplear sin traba alguna sus facultades en el conseguimiento de su bienestar, y para elegir los medios que puedan servirle a este objeto. El libre ejercicio de las facultades individuales no debe causar extorsión ni violencia a los derechos de otro. No hagas a otro lo que no quieras te sea hecho: la libertad humana no tiene otros límites.”

“El Estado, como cuerpo político, no puede tener una religión, porque no siendo persona individual, carece de conciencia propia”.         

 

Fuentes:

Bosch, Beatriz. "Urquiza o la Constitución." En Polémica. Primera Historia Argentina Integral. Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1970.

Echeverría, Esteban. Obras completas. Buenos Aires: Carlos Casavalle Editor, 1874.

Sandler, Héctor Raúl. A la búsqueda del tesoro perdido. Buenos Aires: ICE, 2008.

Weinberg, Félix. "La Asociación de Mayo y el Dogma Socialista." En Polémica. Primer Historia Argentina Integral . Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1970.


Publicado en el diario La Calle el 11 y el 18 de enero de 2026.

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miércoles, 7 de enero de 2026

WAT TYLER Y LAS REBELIONES FISCALES

Por José Antonio Artusi

Wat Tyler fue el líder de la rebelión campesina de Inglaterra de 1381. No existen certezas sobre el lugar y fecha de su nacimiento, pero algunas fuentes lo ubican el 4 de enero de 1341 en Essex, hace 684 años. Sí está claro que murió, asesinado, el 15 de junio de 1381 en Londres.     

La historia de la humanidad puede leerse como una gran marcha en procura de la libertad y la igualdad. Un hito relevante en ese proceso fue la revuelta de campesinos que tuvo lugar en Inglaterra a fines del siglo XIV. Uno de los protagonistas centrales de ese conflicto fue Wat Tyler, un líder carismático que representó la resistencia popular contra la opresión feudal y la apropiación injusta por parte de la monarquía y de la nobleza del producto del trabajo de los campesinos y trabajadores. Esa opresión y explotación se materializó en un impuesto que fue percibido como profundamente injusto: el impuesto de capitación (“poll tax”).

Para comprender el significado y la relevancia del levantamiento liderado por Wat Tyler, es necesario situarse en el contexto de la Inglaterra del siglo XIV. El país estaba inmerso en la costosa y prolongada Guerra de los Cien Años contra Francia. Los responsables de las finanzas de la corona, agotadas por las constantes campañas militares, buscaron desesperadamente nuevas fuentes de ingresos.

Las tensiones sociales se habían agudizado dramáticamente tras la devastación de la Peste Negra (pandemia de peste bubónica, a partir de 1348 en Inglaterra). La enfermedad había reducido la población inglesa aproximadamente en un tercio, lo que, paradójicamente, otorgó un mayor poder de negociación a los trabajadores y campesinos sobrevivientes. Con menos mano de obra disponible, los salarios tendieron a subir.

En un intento por revertir esta tendencia, el Parlamento aprobó el Estatuto de Trabajadores de 1351, que buscaba congelar los salarios en los niveles anteriores a la plaga y prohibía a los siervos abandonar las tierras de sus señores. Esta norma, percibida como una brutal coerción de la nobleza para reimponer la servidumbre y explotar a los trabajadores generó un gran descontento.

El detonante de la rebelión fue la imposición del impuesto de capitación (“poll tax”). Este era un impuesto per cápita, lo que significa que se aplicaba como una suma fija a cada individuo adulto, independientemente de su riqueza o capacidad de pago. Se implementó por primera vez en 1377, y se aplicó de manera más onerosa en 1379 y, crucialmente, en 1380.

Algunos atributos del “poll tax” ayudan a entender su impopularidad. En primer lugar, la regresividad: Al ser un impuesto con un monto fijo por persona era pagado tanto por el campesino más miserable como por el noble más rico. Esta igualdad en el monto se tradujo en una profunda inequidad social, afectando desproporcionadamente a los más desposeídos.

Por otro lado, la universalidad: Gravaba a todos los adultos mayores de 15 años (en la versión de 1380), lo que ampliaba la base imponible a los miembros de familias que antes no contribuían directamente a los impuestos territoriales o sobre la renta. Las familias pobres y numerosas se vieron particularmente afectadas.

Además, la impopularidad del impuesto llevó a una evasión masiva. En respuesta, el gobierno del joven Ricardo II envió comisionados reales con poderes draconianos para investigar la falta de pagos, lo que a menudo resultó en extorsión y coerción; y circularon acusaciones de abusos sexuales cometidos por recaudadores, que agravaron aún más el resentimiento popular.

En mayo de 1381, el rechazo a pagar el impuesto y la resistencia violenta contra los recaudadores y comisionados se propagaron desde Kent y Essex, catalizando un levantamiento generalizado.

Wat Tyler, cuyo nombre probablemente indicaba que era un techador (tiler), emergió como el líder militar y político de la sección de Kent de los rebeldes. De origen humilde, su elocuencia y determinación lo convirtieron en la figura central de la revuelta. Lo acompañó el clérigo radical John Ball, que predicaba la igualdad social con palabras como estas: "¿Cuándo Adán cavaba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el caballero?".  Desde el principio todos los hombres por naturaleza fueron creados iguales, y nuestra esclavitud o servidumbre se produjo por la injusta opresión de hombres malvados.” Algunas fuentes señalan también a Jack Straw como líder de los rebeldes, aunque la evidencia sobre su papel es menos firme.

Los objetivos de los rebeldes se ampliaron rápidamente más allá de la mera abolición del “poll tax” para incluir la abolición total de la servidumbre, la revocación de las leyes laborales que limitaban los salarios, la redistribución de las propiedades de la Iglesia, y el castigo a los "traidores" (consejeros impopulares del rey y altos funcionarios).

Los campesinos marcharon sobre Londres, ocuparon la ciudad y ejecutaron a figuras clave del gobierno, incluido el Lord Canciller (Simón Sudbury, arzobispo de Canterbury) y el Lord Tesorero, a quienes consideraban responsables de la opresión fiscal y legal. Los rebeldes exigieron una reunión con el rey Ricardo II, quien, a pesar de su juventud y aconsejado por sus nobles, accedió a parlamentar en Mile End y luego en Smithfield.

Durante el encuentro en Smithfield el 15 de junio de 1381, Wat Tyler presentó audazmente las demandas finales de los rebeldes al rey. El resultado fue trágico: una escaramuza estalló entre Tyler y el séquito real. Tyler fue apuñalado por el alcalde de Londres, William Walworth, y murió poco después. La mayoría de los líderes rebeldes fueron perseguidos, capturados y ejecutados.

Aunque la Revuelta de Wat Tyler fracasó en el corto plazo, el trauma de 1381 fue tal que el “poll tax” nunca más se impuso en Inglaterra, al menos exactamente de la misma manera. Algo parecido quiso hacer Margaret Thatcher en 1990 y la impopularidad del tributo fue uno de los factores que llevó a su dimisión en noviembre de ese año.

Con el paso del tiempo, la servidumbre languideció como institución, en parte porque las transformaciones socioeconómicas provocadas por la Peste Negra y la presión de los trabajadores y la burguesía continuaron erosionando las bases del sistema feudal.

La de los campesinos ingleses no sería la primera ni la última rebelión fiscal. Podríamos enumerar la revuelta de los maillotins en Francia, prácticamente contemporánea de la inglesa encabezada por Tyler, y la Revolución Francesa de 1789. No es casual que luego de la Bastilla los rebeldes se dedicaran a quemar los edificios de los entes recaudadores de impuestos.  Podríamos continuar mencionando el Motín del Té de Boston en Estados Unidos en 1773, que consagró el principio que señala que no puede haber tributación sin representación (“no taxation without representation”).   Esa revuelta se convirtió en un antecedente de la revolución independentista de 1776.

La rebelión de 1381 es un recordatorio de que la paz social a menudo descansa sobre la equidad de la carga fiscal. Su eco resuena en revoluciones posteriores, confirmando que la matriz tributaria es un motor recurrente, para bien o para mal, de la transformación social y política.

 

Fuentes:

Crossley, James. "Rememorando la revuelta de los campesinos ingleses." Sin permiso. 2021. https://www.sinpermiso.info/textos/rememorando-la-revuelta-de-los-campesinos-ingleses.

Navarrete, Juan. "Los movimientos antifiscales como motor de la historia." Instituto Juan de Mariana. n.d. https://juandemariana.org/los-movimientos-antifiscales-como-motor-de-la-historia/.

World History Encyclopedia. "Revuelta de los campesinos." n.d. https://www.worldhistory.org/trans/es/1-18757/revuelta-de-los-campesinos/.


Publicado en el diario La Calle el 4 de enero de 2026.

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