Por José Antonio Artusi
Fin de semana largo del 1º de mayo en Buenos
Aires. Tomamos la línea amarilla del subte (yo las denomino, por el color, me
parece más fácil de recordar que las letras). Hacemos combinación con la verde.
Emprendemos la vuelta a las 22.30. Estación del subte cerrada. Cambio de
planes. Volvemos en colectivo. Vamos hasta el Metrobus. Esperamos
bastante, llega el colectivo, atestado. Demoramos para subir porque cada
pasajero debe indicar su destino al chofer antes de apoyar su medio de pago.
Aunque desde 2025 se puede pagar con débito, crédito o QR, el conductor sigue
oficiando de cajero en cada parada. Uno se equivoca, otro discute, se pierde
tiempo. Uno se mete sin pagar por la puerta del medio, el chofer lo ve y lo
llama. Todo engorroso y conflictivo.
¿Nadie se da cuenta que es un disparate absurdo
subir al micro y tener que decirle al chofer a dónde voy y que me cobre? Es un
anacronismo total. Seguimos perdiendo tiempo en cada parada y sobrecargando de
tareas al conductor.
Buenos Aires podría ser la “ciudad más linda
del mundo”. Es hermosa, tiene cosas geniales, en algunos rubros es de las
mejores del planeta, lejos; pero sin un buen sistema de movilidad es imposible
que la belleza y las cosas buenas se disfruten a pleno.
Algunos dirán: "Pero ahora está el
Metrobús". Convengamos que fue un avance. Pero se quedó corto. El
Metrobús es, en esencia, una red de carriles para que los mismos colectivos de
siempre corran un poco más rápido. El sistema sigue conservando buena parte de la
lógica operativa tradicional de hace décadas. Otros dirán: “Lo que hace
falta es ampliar la red de subte, tener un sistema integral que articule todos
los modos, y una gobernanza metropolitana porque la ciudad de Buenos Aires como
fenómeno urbano no termina en la General Paz”. Es verdad; pero - siempre
hay un “pero”-; ampliar el subte es caro, y la gestión multimodal y
metropolitana es compleja y conflictiva. Algún día habrá que hacer todo eso;
pero va a llevar tiempo. Mientras tanto, en el corto plazo la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires podría hacer algo que en realidad no sería otra cosa que
continuar lo que quedó a mitad de camino con el Metrobus.
A Buenos Aires le vendría bien – entre otras
cosas, como tranvías quizás - un buen sistema de BRT (bus rapid transit). Para
decirlo rápido, un BRT es una red de buses de alta capacidad que busca ofrecer
en superficie muchas de las ventajas operativas de un subte. Un BRT “completo”
requiere carriles exclusivos, estaciones cerradas, prepago, embarque a nivel y
prioridad semafórica.
Se trata de algo
que ya funciona en muchas ciudades:
. Pago antes de
subir: Al entrar a la parada del Metrobús debería haber un molinete, igual que
en el subte. El pasajero apoya su tarjeta (es un avance que ahora se pueda usar
cualquier medio de pago y no haya que depender exclusivamente de SUBE) y entra
a la zona de embarque. Aunque existen experiencias parciales, el prepago debería
generalizarse y convertirse en la norma del sistema.
. Estaciones cerradas: La parada no puede ser
solo un techito de chapa. Tiene que haber un límite físico con la calle. Es una
condición del sistema, pero también puede mejorar seguridad y confort. En la
parada puede haber información en tiempo real sobre el vehículo que está
llegando.
. Sincronización total: Llega el colectivo, y
se abren al mismo tiempo las puertas de la unidad y las de la parada.
. Rapidez y accesibilidad: Puertas anchas,
piso nivelado. La gente baja y sube de manera segura, ordenada y fluida. Nadie
pierde tiempo interactuando con el chofer, que sólo se dedica a una cosa:
conducir con seguridad.
. Posibilidad de conexión con otras líneas:
sin salir del sistema, sin tener que pagar nuevamente, como en el subte. Es quizás
lo más complicado técnicamente, pero es cuestión de buscarle la vuelta.
Copiar lo que funciona no es pecado. A veces
queremos inventar la pólvora. Curitiba, en Brasil, fue la pionera absoluta en
esto, con el liderazgo técnico y político de Jaime Lerner. Ahí entendieron hace
décadas que no se puede meter a todo el mundo en el subte porque es carísimo y
tarda años, pero sí se puede lograr su eficiencia a nivel de la calle. A
Curitiba la siguieron otras ciudades.
Medellín: el Metroplus es el complemento
perfecto de su famoso Metro. Lo que lo hace especial es la integración total:
con un mismo medio de pago pasás del bus al tren, y de ahí al Metrocable
(teleféricos que suben a los cerros). Las estaciones son seguras y permiten que
el vecino que vive más lejos llegue al centro rápido.
Bogotá: el Transmilenio. Aunque hoy sufre por
el exceso de demanda (un problema derivado de su propio éxito inicial),
demostró que se pueden mover millones de personas por día sin necesidad de una
red de subte ultra extensa.
Ciudad de México: el Metrobús. Tiene estaciones cerradas con validación de
pago antes de subir. Han hecho un esfuerzo enorme por incorporar unidades
eléctricas, reduciendo el ruido y la contaminación.
Brisbane, Australia: Southeast Busway. Un
sistema de vías exclusivas para buses. El éxito fue tal que el sistema es
percibido con el mismo estatus que un tren.
Guangzhou, China: el GBRT. Lograron integrar
la estación de BRT con las estaciones de subte de una manera tan fluida que el
pasajero casi no nota la diferencia entre estar bajo tierra o en la calle.
Cleveland (Ohio): El Health Line. Un sistema con pago preembarque en plataformas
niveladas y buses articulados. El tiempo de viaje se redujo aproximadamente un 25%
y la mejora en el transporte disparó una inversión de miles de millones de
dólares a lo largo del corredor.
Buenos Aires tiene la infraestructura de base
y tiene la demanda. Lo que le falta es la decisión de dar un salto cualitativo.
No puedo dejar de mencionar el ruido y la
contaminación del aire. Caminar por algunas avenidas porteñas es someterse a un
bombardeo sonoro insoportable. El ruido y el humo constituyen una agresión
constante a la salud y a la calidad de vida.
Electrificar la flota no solo sería un enorme
logro ambiental, sino que transformaría la experiencia de vivir la ciudad.
Imaginen una Buenos Aires donde casi lo único que se escuche sea el murmullo de
la gente y de los pájaros, y no el estruendo de los motores.
Todo esto requiere, obviamente, una ingeniería
financiera adecuada. La buena noticia: Buenos Aires ya lo hizo. La Ley 23.514 de
1987, que creó el Fondo Permanente para la ampliación de la red de subterráneos
mediante una combinación de contribuciones específicas —incluyendo gravámenes
inmobiliarios y contribuciones de mejoras para inmuebles ubicados en el área de
influencia de las estaciones—, constituye un antecedente interesante para
estudiar. Se podría adaptar un mecanismo similar para el BRT, bajo la premisa
de que el sistema valoriza las parcelas que más directamente se ven
beneficiadas. Al reducir los tiempos de
viaje, bajar los costos operativos y revalorizar las zonas por las que circula,
el sistema generaría sus propios recursos.
Publicado en el diario La Calle el 7 de junio
de 2026.



