Por José Antonio Artusi
El 16 de abril pasado Elon Musk publicó en su
red social X el siguiente mensaje: "El ingreso alto universal a través
de cheques emitidos por el gobierno federal es la mejor manera de hacer frente
al desempleo causado por la IA. La IA y la robótica producirán bienes y
servicios muy por encima del aumento de la oferta monetaria, por lo que no
habrá inflación." El posteo superó los 40 millones de visualizaciones
en pocas horas, lo que da una medida de la resonancia que el tema del empleo y
la inteligencia artificial tiene en la opinión pública global.
El concepto de “ingreso alto universal” no es
nuevo en el vocabulario de Musk. Lo viene usando desde 2023 para diferenciarlo
del ingreso básico universal. Pero esta es la primera vez que lo formula con
tanta precisión operativa: cheques emitidos por el gobierno a todos los
ciudadanos para hacer frente al desempleo causado por la IA. La abundancia de
bienes y servicios generada por la robótica y la inteligencia artificial sería
tan descomunal, sostiene Musk, que no habría inflación.
En “Sam Altman y la ley de Moore para todo”,
publicado en esta hoja el 11 de marzo de 2025, explorábamos las premisas de
Altman sobre la drástica reducción del coste de bienes y servicios gracias a la
IA, y su propuesta de distribuir esa abundancia mediante un fondo financiado
con impuestos a empresas tecnológicas y a la tierra. En la segunda parte, el 29
de marzo de 2026, abordábamos la urgencia de una adecuada arquitectura
política, económica y social para que esa abundancia no derive en una distopía
de exclusión y dominación. El posteo de Musk esta semana ofrece una oportunidad
para volver sobre el tema, esta vez en clave de contrapunto entre las dos
visiones.
La propuesta de Altman es estructuralmente
diferente a la de Musk. Altman no habla de cheques del gobierno. Propone
capitalizar lo que llama el “American Equity Fund” mediante dos fuentes: un
impuesto del 2,5% anual sobre el valor de mercado de las empresas de mayor
capitalización —pagadero en acciones transferidas al fondo— y un impuesto del
2,5% sobre el valor de la tierra privada, pagadero en efectivo. Los 250
millones de adultos norteamericanos recibirían anualmente una distribución de
ese fondo, en dinero y en acciones. El ciudadano no sería receptor pasivo de un
cheque estatal: sería copropietario de los activos que generan la riqueza del
futuro.
La raíz intelectual del componente que
incorpora el valor del suelo en esta propuesta debe buscarse en el legado de Henry
George, el economista norteamericano que en el siglo XIX argumentó que el valor
de la tierra es una creación social —resultado del esfuerzo colectivo, de la
infraestructura pública, de la densidad de actividad económica circundante— y
que por lo tanto no debe ser apropiado privadamente sin retribuir a la
comunidad que lo genera. El desarrollo de la IA lejos de
"desmaterializar" la economía, valoriza el suelo urbano bien
localizado. Los grandes centros de datos demandan energía, agua, conectividad y
superficie. Las ciudades donde se concentran estos activos ven dispararse el
valor de su tierra, no por el esfuerzo de los propietarios de los lotes, sino
por la infraestructura y la demanda tecnológica que los rodea. Capturar esa
renta extraordinaria del suelo para financiar un dividendo ciudadano es una
idea tan pertinente en 2026 como lo era en 1879.
¿Een qué se diferencia concretamente la
propuesta de Musk de la de Altman? No solo en el mecanismo de financiamiento,
sino en algo más profundo: en la relación que establecen entre el ciudadano y
la riqueza tecnológica. Altman quiere hacer propietario al ciudadano,
devolviéndole lo que es suyo, Musk quiere pagarle un cheque para paliar el
desempleo masivo.
Scott Santens, uno de los principales teóricos
del ingreso básico universal en el mundo anglosajón, ha publicado un artículo
específicamente dedicado a desmontar la distinción que Musk establece entre UBI
y UHI. Su argumento central merece ser citado con precisión: un ingreso básico
universal no es, por definición, bajo. El término "básico" alude a su
naturaleza de piso o cimiento sobre el que se construyen todos los demás
ingresos, no a su cuantía. La organización Basic Income Earth Network define el
ingreso básico universal como un pago periódico en efectivo entregado
incondicionalmente a todos, de manera individual, sin prueba de medios ni
requisito de trabajo. La definición no menciona monto alguno, deliberadamente.
¿Por qué entonces Musk insiste en
diferenciarlo? Santens apunta a una respuesta incómoda: el UHI es algo que, en
la lógica de Musk, solo puede implementarse en el futuro, cuando la
automatización sea masiva. El mensaje implícito sería: no redistribuyan ahora
la riqueza que genera la tecnología, esperen a que todo esté automatizado y
entonces hablaremos de ingresos muy generosos. Mientras tanto, la desigualdad
sigue creciendo. Los trabajadores que pierden sus empleos encuentran otros peor
remunerados. Y los dueños de las plataformas tecnológicas acumulan riqueza a
una velocidad sin precedentes.
La paradoja es difícil de ignorar: el hombre
que más contribuye a la automatización del trabajo humano —con Tesla, con los
robots Optimus, etc.— es el mismo que promete cheques generosos para los
desplazados. Pero los cheques llegan después.
Andrew Yang, a quien también mencionábamos en
la segunda parte de nuestro artículo, ha recalibrado su discurso en una
dirección que converge con las ideas de Altman. Ya no habla solo de un
dividendo para paliar la pobreza, sino de un dividendo de la IA entendido como
retribución por propiedad intelectual colectiva: si los modelos de inteligencia
artificial se entrenan con la suma de la cultura humana, entonces la riqueza
que generan es, en una medida significativa, un producto del trabajo acumulado
de toda la humanidad. Esa lógica se ensambla perfectamente con el American
Equity Fund de Altman: no se trata de asistencialismo, sino de retribuir a los
ciudadanos su condición de proveedores involuntarios del insumo más valioso del
capitalismo contemporáneo: los datos.
Dicho esto, sería injusto no reconocer que el
posteo de Musk tiene el enorme mérito de poner en el centro del debate una
cuestión que los sistemas políticos tradicionales todavía no saben cómo
procesar. Que el hombre más rico del mundo sostenga que el gobierno debe emitir
cheques para los desplazados por la IA no es una posición trivial, sobre todo
en el contexto de una administración que ha hecho de la reducción del Estado su
bandera. La tensión entre esa agenda y la promesa del ingreso ciudadano es
evidente.
La propuesta de Sam Altman — audaz pero
coherente — apunta al menos a la raíz del problema: la propiedad de los activos
que generan la riqueza. La de Elon Musk, en su formulación actual, es más una
señal de los tiempos que un programa de gobierno. Ambas, sin embargo, comparten
una premisa que hace apenas una década habría resultado escandalosa en los
círculos del poder económico: la automatización acelerada va a requerir una
redistribución masiva de la riqueza, y el mercado por sí solo no la va a
producir.
Esa premisa compartida, más que las
diferencias de diseño, es quizás la novedad política más relevante de este
momento.
Publicado en el diario La Calle el 17 de mayo
de 2025.
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