lunes, 22 de junio de 2026

MARJANE SATRAPI

Por José Antonio Artusi

Marjane Satrapi nació en Rasht, Irán, el 22 de noviembre de 1969, y murió en Paris el 4 de junio de 2026. Tenía 56 años. Sus allegados dijeron que murió "de tristeza", incapaz de sobrellevar el duelo por la partida del amor de su vida, el sueco Mattias Ripa, ocurrida el año pasado.

Hay muertes que nos sacuden, aunque no conozcamos personalmente a la persona muerta. Muertes que sentimos como una pérdida, no por impostura sentimental sino porque esa persona construyó algo que valoramos. Marjane Satrapi construyó Persépolis, una novela gráfica autobiográfica ilustrada en blanco y negro que narra la historia de una niña iraní bajo la revolución islámica, relatada sin concesiones y sin autocompasión. Una obra que, como las mejores, trasciende su circunstancia particular para volverse universal.

Marjane Satrapi creció en Teherán en el seno de una familia de izquierda, culta y laica, bajo la sombra primero del sha y luego de la revolución que lo derrocó. Vivió de niña el entusiasmo y la traición de ese entusiasmo. Vio cómo el régimen teocrático encarcelaba y reprimía a los mismos que habían combatido al gobierno anterior. Vio cómo les ponían el velo a las mujeres, a la fuerza y por decreto. Vio cómo comenzaba la guerra con Irak y caían los misiles sobre Teherán. Lo vio todo con los ojos atentos de una niña que entendía más de lo que los adultos suponían.

Después lo contó. Con una honestidad brutal y una ternura igualmente brutal. Eso fue Persépolis. A través de sus viñetas en un riguroso, expresivo y despojado blanco y negro, esta talentosa y valiente mujer nos abrió las puertas de un mundo que Occidente se empecinaba en mirar con el prisma de los estereotipos. Nos mostró la complejidad de una sociedad iraní sacudida por la caída del Sha y el posterior advenimiento del integrismo teocrático de los ayatolas.

En las páginas de Persépolis, el espacio público de Teherán se transforma en un territorio de opresión, donde el velo islámico se impone como frontera implacable para el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Esa tensión entre el adentro y el afuera, entre la libertad clandestina del hogar —donde se escuchaba a Iron Maiden, se discutía de marxismo y se tomaba vino casero— y la rigidez policial de la calle, constituye una metáfora perfecta de las miserias de los regímenes totalitarios. Marjane Satrapi entendió como pocos que la arquitectura de la opresión comienza por el control de los cuerpos y de los espacios que habitamos.

Obligada al exilio en Europa, con un pie en Viena y luego en Francia, conoció el desarraigo, la marginalidad de las calles y la dolorosa búsqueda de una identidad fragmentada. "Una vez que sos un extranjero en un lugar, lo sos para siempre", supo decir. Pero lejos de sumirse en el resentimiento, transformó ese dolor en arte universal, en una obra que tendió puentes allí donde el prejuicio levantaba muros.

Su compromiso con los derechos humanos y, fundamentalmente, con la causa de las mujeres nunca claudicó. En los últimos años, alzó su voz en apoyo al movimiento Mujeres, Vida, Libertad, esa revolución cultural liderada por jóvenes iraníes que, desafiando la represión estatal, volvieron a ganar las calles para exigir dignidad y autonomía. En 2025 protagonizó un gesto de enorme coherencia al rechazar la Legión de Honor, la máxima distinción del Estado francés, denunciando la hipocresía de la política exterior europea hacia Irán.

Su amiga, la socióloga Azadeh Kian, dijo: "Desde la muerte de Mattias Ripa ya no era la misma. Se estaba dejando morir." Hay en esa imagen algo antiguo y verdadero, algo que la literatura conoce bien, aunque la medicina prefiera ignorar. Hay personas que se mueren cuando se les va el amor. La mujer que desafió a los guardianes de la teocracia iraní y a las elites culturales europeas, la artista que nos enseñó a mirar ciertas realidades sin temor al chantaje de la acusación por islamofobia ni a las patrañas del relativismo cultural, habría preferido bajar los brazos cuando el amor de su vida ya no estuvo con ella.

Persépolis fue adaptada al cine en 2007, dirigida por la propia Satrapi junto a Vincent Paronnaud. Ganó el Premio del Jurado en Cannes y fue nominada al Oscar. Después vinieron otras películas, otras novelas gráficas, otros proyectos. Bordados (2003), Pollo con ciruelas (2004), Radioactive (2019), Paradis Paris (2024). Una carrera sostenida, diversa, siempre reconocible por esa mirada que mezclaba la ironía con la indignación y el afecto.

Sus incursiones en el cine —dirigiendo la memorable adaptación animada de su propia biografía o retratando a Marie Curie en Radioactive— demostraron una sensibilidad infrecuente para captar las luces y las sombras del espíritu humano, y la persistente lucha de las mujeres por abrirse camino en mundos diseñado por y para hombres.

En 2024 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. En su discurso de aceptación dijo algo que conviene no olvidar: "Quizás antes de educar a nuestros hijos para que tengan éxito económico y social, debiéramos enseñarles que el verdadero éxito radica ante todo en el humanismo." Lo dijo en Oviedo, ante reyes y autoridades, con la misma llaneza con que lo habría dicho en cualquier otro lado. Era así.

Me resulta imposible no pensar en Salman Rushdie al escribir sobre Marjane Satrapi. No porque sus historias sean idénticas —no lo son— sino porque ambos encarnan algo parecido: la obstinación de quien se niega a callarse frente al fanatismo teocrático, y el precio que esa obstinación tiene. Rushdie sobrevivió al cuchillo. Marjane Satrapi sobrevivió al exilio, a la censura, a la amenaza permanente de un régimen que nunca le perdonó haber contado lo que contó.

Poco antes de morir, en febrero de este año, canalizó su dolor creando la Fundación para el Cine Mattias y Marjane Ripa-Satrapi en la Academia de Bellas Artes de Francia. Incluso en el duelo más hondo, siguió construyendo. Siguió pensando en los demás. Hay algo en ese gesto que me parece más elocuente que cualquier declaración.

El presidente Macron la describió como "una artista extraordinaria que transformó la infancia iraní en una fábula universal". Es una frase bien hecha, de las que producen los comunicados de presidentes cuando muere alguien importante. No está mal. Pero me parece más justa esta otra, de su amiga Azadeh Kian: fue "una artista comprometida que usó sus libros y películas para transmitir un mensaje universal de democracia, igualdad y libertad."

Democracia, igualdad, libertad. Tres palabras que en boca de Marjane Satrapi no sonaban a slogan porque las había pagado con algo concreto: el país al que no podía volver, la infancia interrumpida, los años de exilio, el duelo que al final la venció.

Nos queda su obra. Nos quedan esas viñetas memorables. En estos tiempos de polarizaciones ciegas, de fundamentalismos que amenazan las libertades democráticas, repasar las páginas de Persépolis no es solo un ejercicio de memoria o un homenaje póstumo; es un imperativo cívico. Es recordar que la libertad es un bien frágil, que se defiende, si hace falta, con un lápiz sobre un papel en blanco.

 

Publicado en el diario La Calle el 21 de junio de 2026.  


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