Por José Antonio Artusi
Se cumplen 213 años
del nacimiento de John Snow, médico inglés que nació en York el 15 de marzo de
1813 y murió en Londres el 16 de junio de 1858. Es considerado el padre de la
epidemiología moderna.
Hijo de un modesto trabajador, su ascenso en
la medicina fue el fruto de una estricta disciplina y una propensión a rechazar
los dogmas. Antes de hacer aportes a la epidemiología que pasarían a la
historia, Snow ya era un pionero en la anestesiología, habiendo perfeccionado
el uso del éter y el cloroformo. Con tal técnica llegó incluso a asistir a la
Reina Victoria en sus últimos dos partos.
Obsesionado por el
cólera, se dedicó con paciencia y rigor a estudiar la propagación de la
patología. En aquella época, la teoría dominante era la miasmática: la idea de
que las enfermedades se transmitían por la inhalación de vapores orgánicos en
descomposición. Snow, con rigor lógico, sospechaba lo contrario. Observaba que
los síntomas del cólera eran gastrointestinales, no respiratorios. La lógica
dictaba que el veneno debía entrar por la boca.
Marco Villanueva – Meyer recuerda que Snow “propuso una innovadora
hipótesis: sostuvo que el cólera se transmitía mediante la ingestión de una
“materia mórbida” que no podía ser vista por el ojo humano, la que actuaba en
los intestinos produciendo diarreas y una severa deshidratación, características
del cólera… Sin embargo, la teoría de Snow no fue aceptada por la comunidad
médica, que persistía en sus creencias de la teoría miasmática”.
John Snow tenía su práctica médica cerca de donde se originó la epidemia
que, en 1853, mató a centenares de personas en tan solo una semana en el Soho.
Ante esta situación, recurrió a un mapa en el cual marcó la ubicación de las viviendas
de los fallecidos. Según sus anotaciones, determinó cuál era la zona con mayor
número de muertes. Además, ubicó en el plano los pozos de agua. Así pudo
identificar como el pozo crítico al que estaba en Broad Street, en pleno
corazón de la epidemia. Algo que lo ayudó a realizar esa tarea fue que varias
décadas antes, desde 1765, se comenzó con la numeración de las calles en
Londres. También determinó que en esa zona había un taller con más de 500
trabajadores a los que no les pasó nada porque recibían agua de otro pozo; lo
mismo ocurría con otras personas que trabajaban en una cervecería que tenía su
propio pozo de agua y que además tomaban cerveza. Snow postuló y finalmente
demostró, en 1854, que la causa de la epidemia de cólera en el centro de
Londres era el consumo de aguas contaminadas con materias fecales.
El punto de
inflexión ocurrió en agosto de 1854. En apenas una semana, alrededor de 1.800
personas, un 10% de la población del barrio, murieron en el Soho. Snow realizó un
exhaustivo relevamiento in situ: entrevistó a los vecinos, contó los fallecidos
casa por casa y, lo más importante, georreferenció los datos. Su conclusión fue
radical: las muertes se agrupaban alrededor de la bomba de agua de Broad
Street. La epidemia se extendió por la ciudad dejando alrededor de 10.000
muertos.
Tras persuadir a
las autoridades locales de retirar la palanca de la bomba, el brote cesó. Snow
había demostrado, sin ver nunca el Vibrio cholerae, - que recién sería
identificado por Robert Koch en 1884 - que el agua contaminada era el problema.
El aporte más trascendente de Snow fue su famoso mapa. No fue el primero
en mapear una enfermedad, pero sí el primero en usar la cartografía como una
herramienta de inferencia estadística. Al visualizar la densidad de muertes
sobre el plano urbano, Snow reveló un patrón que los informes tabulares
ocultaban. Identificó anomalías: por qué en una fábrica de la zona no hubo
muertos, ya que bebían agua de su propio pozo. O por qué
una mujer que vivía lejos del Soho contrajo la enfermedad y murió: le gustaba
tanto el sabor del agua de Broad Street que mandaba traer botellas de allí.
Este enfoque transformó la geografía urbana como un factor determinante
de la salud pública. Snow entendió que el código postal podía ser un predictor
de salud tan potente como la carga genética.
Podríamos imaginar que Si Snow resucitara no usaría un lápiz, sino
algoritmos de aprendizaje profundo (Deep Learning) y Sistemas de
Información Geográfica (SIG). La conexión entre su método y la inteligencia
artificial es directa: la búsqueda de patrones en grandes volúmenes de datos
para predecir eventos futuros.
Hoy, la Geografía de la Salud utiliza modelos de IA para analizar
variables ambientales y predecir brotes de enfermedades. Al igual que Snow
vinculó la bomba con el cólera, los modelos actuales vinculan, por ejemplo, contaminación
del aire con crisis respiratorias o falta de acceso a agua potable con focos
infecciosos.
La inteligencia artificial permite procesar
datos en tiempo real de millones de sensores urbanos. La aplicación del
"método Snow" a la escala del siglo XXI podría significar, entre
otras cuestiones, la optimización de servicios: Decidir, por ejemplo, dónde
construir el próximo hospital o centro de atención primaria de la salud
basándose en flujos de movilidad, tendencias demográficas y vulnerabilidad
social, no en la mera intuición de los funcionarios de turno.
En el Soho, la solución fue simple: quitar una palanca. En las ciudades
modernas, los problemas son complejos y multifactoriales. La IA puede ayudar a
las administraciones a realizar análisis de sensibilidad: ¿Qué sucede con la
salud de la población si aumentamos en un determinado porcentaje las áreas
verdes y el arbolado urbano? ¿Cómo impacta la peatonalización de una avenida y
la mejora de la movilidad urbana en las tasas de asma infantil y en la
reducción de la siniestralidad vial en jóvenes?
El legado de John Snow es, en última instancia, un llamado a la humildad
científica y política. Snow tuvo que luchar contra el establishment médico que
se negaba a abandonar la teoría del miasma porque implicaba reformas costosas
en el sistema de saneamiento.
La implementación de políticas públicas hoy enfrenta retos similares. La
IA y la epidemiología espacial nos ofrecen la evidencia, pero la toma de
decisiones sigue siendo un acto de voluntad política. Integrar estas
herramientas permitiría planificar y gestionar ciudades más saludables, reducir
inequidades, e implementar una prevención proactiva; como
siempre, sigue siendo verdad que más vale prevenir que curar.
John Snow nos enseñó que la ciudad es un organismo vivo y que las enfermedades
interactúan con ella. Su mapa no era solo una representación de la muerte, sino
una herramienta para defender la vida. Al combinar la intuición humana con la
potencia de la inteligencia artificial y la precisión de la geografía moderna,
tenemos la oportunidad de diseñar hábitats más saludables. La palanca de la
bomba de Broad Street ya no está, hoy tenemos códigos y algoritmos, pero el
objetivo sigue siendo el mismo: que nadie enferme ni muera por una causa evitable
que el mapa nos había advertido.
Fuentes:
Moncayo Medina , Alvaro. "El bicentenario de John
Snow, 1813-2013." Scielo. 2013.
http://www.scielo.org.co/pdf/inf/v17n1/v17n1a02.pdf.
Villanueva - Meyer, Marco . "El Dr. John Snow: iniciador
de la epidemiología moderna." Galenus. 2021.
https://www.galenusrevista.com/el-dr-john-snow-1813-1858/.
Publicado en el diario La Calle el 15 de marzo de 2026.

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