Por José Antonio Artusi
Se cumplen 51 años de la
muerte de Chiang Kai-shek, ocurrida el 5 de abril de 1975. Había nacido el 31
de octubre de 1887. Sucedió a Sun Yat-sen como principal líder del Kuomintang y
figura dominante del gobierno de la República de China, establecida en 1912.
Tras la derrota de los nacionalistas frente a los comunistas en 1949, se
refugió en la isla de Taiwán, donde gobernó de manera autoritaria hasta su
muerte.
¿Qué puede vincular a un dictador
chino con un economista y periodista norteamericano del siglo XIX? La
respuesta, para quien conozca la historia del siglo XX, es menos sorprendente
de lo que parece: la fuerza de una idea.
Henry George publicó en 1879
su obra cumbre, Progreso y Miseria, que se convertiría en uno de
los libros de economía política más leídos de su época. Su tesis central era
tan simple como poderosa: la paradoja de que el progreso material no eliminaba,
sino que en muchos casos agudizaba la pobreza, tenía una causa estructural. Esa
causa era la apropiación privada de la renta del suelo —el valor que la tierra
adquiere no por el esfuerzo de su propietario, sino por el trabajo y la
inversión de toda la comunidad—. La solución que George proponía era igualmente
contundente: gravar esa valorización mediante lo que denominó el Impuesto
Único, permitiendo al mismo tiempo eliminar los tributos que recaen sobre el
trabajo y el capital productivo.
Para entender la vinculación
entre George y Chiang Kai-shek, es imprescindible detenerse en el puente
intelectual entre ambos: Sun Yat-sen, el padre de la China moderna. Sun Yat-sen
descubrió las obras de Henry George durante su período de exilio en Occidente y
quedó profundamente impresionado.
Sun Yat-sen articuló su
programa político alrededor de tres principios: el nacionalismo, la democracia
y el bienestar del pueblo. Para él, la reforma agraria basada en la captación
pública del valor de la tierra no era una concesión al socialismo ni al comunismo
—a los que rechazaba—, sino una condición necesaria para que el capitalismo
funcionara de manera justa. Sun Yat-sen falleció en 1925, antes de haber podido
consolidar su revolución. Pero dejó un legado ideológico que su sucesor al
frente del Kuomintang, Chiang Kai-shek, heredaría de manera más pragmática que
doctrinaria.
La historia de Chiang Kai-shek
en el continente chino es, entre otras cosas, la historia de una oportunidad
perdida. Luego de la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, el
Kuomintang recuperó posiciones y parecía estar en condiciones de consolidar su
dominio sobre China. Pero la guerra civil contra los comunistas de Mao Zedong
se resolvió de manera fulminante. Entre las causas de esa derrota, los propios
dirigentes nacionalistas identificaron con lucidez retrospectiva un factor
clave: el fracaso en emprender una reforma agraria.
Los grandes terratenientes
—aliados naturales del Kuomintang en muchas regiones— habían bloqueado
sistemáticamente cualquier intento serio de transformar la estructura de la
tenencia de la tierra. Las masas campesinas no encontraron en el gobierno
nacionalista una alternativa creíble a las promesas comunistas de
redistribución. Chiang Kai-shek, hombre pragmático ante todo, extrajo de esa
catástrofe una conclusión que marcaría su gestión en Taiwán: quien no reforma
la tierra desde arriba, la pierde desde abajo.
Cuando el ejército
nacionalista y cerca de dos millones de personas se refugiaron en Taiwán en
1949, la situación agraria de la isla presentaba altos niveles de concentración
y desigualdad, aunque no necesariamente idénticos a los del continente. Muchos campesinos
pagaban rentas elevadas y la pobreza rural era significativa.
Chiang Kai-shek procedió a
aplicar una reforma agraria en tres etapas que transformó radicalmente la
estructura económica de la isla. El mecanismo tributario que acompañó este
proceso tenía una impronta claramente georgista: se gravó la tierra según su valor,
de manera que mantener grandes extensiones improductivas se tornó costoso. Como
señala la literatura especializada, los grandes propietarios pronto
descubrieron que los impuestos consumían buena parte de la renta que obtenían
de sus arrendatarios. Deshacerse de esas tierras dejó de ser una pérdida para
convertirse en un alivio. El sistema combinaba el impuesto al valor de la
tierra con un impuesto al incremento de ese valor —la llamada land
value increment tax—, para capturar para el conjunto de la sociedad el
enriquecimiento que no derivaba del esfuerzo del propietario sino de la acción
colectiva: la instalación de infraestructura, el crecimiento de la población,
el desarrollo económico general.
Los resultados de aquella
reforma fueron extraordinarios. Entre 1950 y 1970 el crecimiento del PBI de
Taiwán promedió tasas cercanas al 9% anual. La industria creció a ritmos aún
más acelerados. El hambre fue erradicada. La concentración de la riqueza, lejos
de agravarse como ocurría en tantos otros países en desarrollo, disminuyó. El
llamado "milagro taiwanés" tuvo muchas causas —la ayuda
norteamericana, la política industrial activa, la apertura comercial, la
inversión en educación—, pero diversos estudios posteriores fueron concluyentes
al señalar que la reformas agraria y tributaria constituyeron las bases sobre
la cual todo lo demás fue posible. Campesinos con tierra propia producen más,
consumen más, invierten más en la educación de sus hijos. La demanda interna
que generan impulsa el desarrollo industrial.
No es casual que experiencias
similares, con sus diferencias y matices, se verificaran en el Japón de la
posguerra y en Corea del Sur. En todos esos casos, la captación pública de
parte significativa de la renta del suelo fue el punto de partida de procesos
de desarrollo sostenido.
Hay una paradoja que vale la
pena subrayar. Chiang Kai-shek no era precisamente un demócrata. Gobernó Taiwán
bajo la ley marcial durante décadas, reprimió a sus opositores con dureza y
administró el poder de manera autoritaria hasta su muerte en 1975. La
democracia liberal llegaría a Taiwán recién en los años noventa. Y, sin
embargo, este estadista autocrático aplicó con rigor una política económica de
raíces filosóficas profundamente igualitarias, inspirada en un pensador que
creía que la tierra pertenecía a todos y que ningún individuo debía apropiarse
de la riqueza generada por el esfuerzo colectivo. Sus políticas económicas
tuvieron efectos redistributivos significativos.
Esto nos recuerda algo que la
Historia enseña frecuentemente: las buenas políticas públicas no son patrimonio
exclusivo de los sistemas políticos virtuosos, ni las malas políticas son
monopolio de los regímenes autoritarios. La lógica georgista en Taiwán funcionó
porque era económicamente correcta, independientemente de las motivaciones que
llevaron a Chiang a aplicarla.
Las ideas de Henry George
tienen una vigencia que las modas intelectuales no logran opacar. Economistas
tan disímiles como Milton Friedman, Joseph Stiglitz y Paul Samuelson
coincidieron en señalar que el impuesto al valor del suelo es probablemente el
menos distorsivo de todos, precisamente porque no penaliza el trabajo ni la
inversión productiva.
En la Argentina, que tiene una
larga historia de sistemas tributarios que castigan el trabajo y el capital
mientras protegen la renta especulativa del suelo, estas discusiones deberían
ocupar un lugar central en el debate económico y político.
La historia de Taiwán —una
isla que en pocas décadas pasó de una economía agraria con fuertes
desigualdades a una de las más dinámicas del mundo— ilustra el peso que pueden
tener las instituciones y las políticas públicas. Las ideas importan.
Publicado en el diario La
Calle el 5 de abril de 2026.






