martes, 28 de julio de 2026

EL DÍA QUE A CHURCHILL LE TOCÓ PERDER

Por José Antonio Artusi

El 26 de julio de 1945, hace 81 años, se conoció el resultado de las elecciones generales británicas celebradas tres semanas antes, el 5 de julio, cuya difusión había sido demorada por la necesidad de contabilizar los votos de los militares desplegados en ultramar. Ese día se consumó una de las paradojas más fascinantes de la historia política del siglo XX: Winston Churchill, el hombre que había conducido al Reino Unido en su hora más oscura, el líder que había encarnado como pocos la resistencia moral y militar frente al nazifascismo, el estadista que había galvanizado a su pueblo con palabras que aún hoy conmueven, fue derrotado de manera categórica en las urnas. El Partido Laborista, encabezado por Clement Attlee, obtuvo 393 escaños contra 197 de los conservadores. Churchill, el héroe de la guerra, debía abandonar el número 10 de Downing Street.

Vale la pena detenerse en la efeméride porque dice mucho sobre la democracia, sobre la naturaleza del liderazgo político, sobre la relación entre guerra y paz, y sobre algo que sigue siendo crucial en nuestros días: la diferencia entre la épica de la supervivencia y la tarea, menos estruendosa pero no menos decisiva, de construir una sociedad más justa cuando las armas callan.

Churchill había llegado al poder en mayo de 1940, cuando el desastre militar en el continente europeo y la ineptitud de Neville Chamberlain hacían tambalear al gobierno británico. Desde entonces su figura quedó unida para siempre a la resistencia frente a Hitler. Sería absurdo minimizarlo. Frente a la barbarie nazi, frente a la tentación de la capitulación, frente al colaboracionismo abierto o encubierto de tantos dirigentes europeos, Churchill comprendió con una claridad extraordinaria que no había más alternativa que resistir y luchar hasta la victoria. Lo dijo en sus discursos más célebres y lo sostuvo con una tenacidad que resultó decisiva para la suerte del Reino Unido y del mundo libre. No es casual que la posteridad lo recuerde, con justicia, como uno de los grandes líderes de la guerra contra el totalitarismo nazi. Nos hemos referido en otra oportunidad en esta hoja al “otro Churchill”, el joven liberal reformista que apoyó el Presupuesto del pueblo de Lloyd George y defendió instrumentos tributarios avanzados, como el impuesto al valor del suelo libre de mejoras. Su trayectoria fue más compleja y rica que la caricatura del aristócrata conservador.

 

Precisamente por eso la derrota de 1945 resulta tan instructiva. Porque no se trató de la caída de un político mediocre ni de un demagogo improvisado, sino de un gigante de la Historia. Y aun así perdió. Perdió, además, no por un accidente menor del sistema electoral ni por una maniobra oscura, sino porque una mayoría nítida de la sociedad británica consideró que, terminada la guerra, el país necesitaba otra cosa.

La primera respuesta para explicar el resultado podría ser el desgaste. Hubo, sin duda, cansancio. Y hubo también un deseo profundo de normalidad después de años de sacrificios, bombardeos, racionamiento y muerte. Pero el núcleo de la cuestión es otro. Gran Bretaña había combatido una guerra total en nombre de la libertad, de la dignidad humana y de la derrota del fascismo; millones de británicos, especialmente de las clases trabajadoras, no estaban dispuestos a que la paz significara simplemente volver al orden social previo a 1939, con sus privilegios intactos, sus desigualdades y sus inseguridades materiales.

El pueblo británico había aceptado privaciones enormes para derrotar a Hitler, pero no quería regresar dócilmente a la vieja sociedad de entreguerras, aquella que había conocido desempleo masivo, pobreza, viviendas insalubres y una protección social insuficiente. La guerra había alterado las expectativas colectivas. Había reforzado la idea de que, si el Estado había sido capaz de organizar la producción, la logística, la movilización y la defensa de una nación entera para vencer a una maquinaria bélica monstruosa, también podía y debía organizar la reconstrucción social del país en tiempos de paz. Esa convicción no nació de un día para otro. Venía madurando desde hacía tiempo, pero encontró una formulación emblemática en el Informe Beveridge de 1942, que proponía combatir los “cinco gigantes” que acechaban a la sociedad británica: la miseria, la enfermedad, la ignorancia, la suciedad y el desempleo. El laborismo fue percibido como la fuerza política más creíble para convertir ese horizonte en un programa de gobierno.

Attlee no tenía ni de lejos el magnetismo de Churchill. No era un gran orador, no fascinaba a las multitudes, no irradiaba carisma. En una época tan dada al culto de la personalidad, casi parecía un anti-líder. Y sin embargo ganó.

El programa laborista de 1945, sintetizado en el famoso manifiesto Enfrentemos el futuro, proponía nacionalizaciones selectivas, pleno empleo, expansión de la seguridad social, vivienda, planificación económica y un sistema de salud universal. No era una revolución bolchevique, como sugería de manera tan torpe como injusta la propaganda conservadora, sino un ambicioso programa de reformas dentro del marco de la democracia parlamentaria británica. El laborismo prometía, en esencia, que la victoria militar sobre el fascismo sería seguida por una victoria cívica sobre la pobreza, la precariedad y la desigualdad. Y esa promesa resultó más persuasiva que la nostalgia por la conducción bélica de Churchill.

Hay en todo esto una enseñanza de fondo que trasciende con mucho la historia británica. Las sociedades no votan solamente gratitud; votan también expectativas, necesidades, horizontes de futuro. La legitimidad del héroe puede ser inmensa, pero no es infinita ni automática. El prestigio acumulado en una coyuntura excepcional no reemplaza la necesidad de ofrecer respuestas adecuadas a los problemas de la etapa siguiente. Churchill era el hombre indicado para dirigir una nación sitiada; no estaba claro que lo fuera para encabezar la construcción del Reino Unido de posguerra. Los electores, con notable lucidez, distinguieron una cosa de la otra.

No se trata, desde luego, de idealizar. El Reino Unido de 1945 seguía siendo una potencia imperial, con todas las contradicciones morales y políticas que ello implicaba. Tampoco conviene romantizar la experiencia laborista como si hubiera resuelto de un plumazo todos los problemas. Pero sí es justo reconocer que aquel gobierno de Attlee, nacido de la derrota de Churchill, dejó un legado formidable: la creación del Servicio Nacional de Salud.

El 26 de julio de 1945 no fue sólo el día en que Churchill perdió. Fue también el día en que una sociedad exhausta por la guerra decidió que la paz no podía consistir únicamente en la ausencia de bombas. Quiso algo más: una vida menos insegura, menos desigual, menos expuesta a la humillación de la miseria y al azar del mercado. Quiso traducir el esfuerzo colectivo de la guerra en derechos sociales, en protección pública, en una ciudadanía más robusta. Quiso, en definitiva, una libertad más concreta y menos retórica.

La democracia, cuando funciona bien, no se deja encandilar del todo por los hombres excepcionales. Los reconoce, los agradece, incluso los venera si hace falta. Pero se reserva el derecho de cambiar de rumbo. Y a veces, como ocurrió el 26 de julio de 1945, ese derecho adopta la forma de una escena tan sobria como formidable: el día que a Churchill le tocó perder.

 

Publicado en el diario La Calle el 26 de julio de 2026.

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CASTELLI

Por José Antonio Artusi

Juan José Antonio Castelli nació en Buenos Aires el 19 de julio de 1764 y murió en su ciudad natal el 12 de octubre de 1812. A 262 años de su nacimiento vale la pena recordar a quien llegó a ser conocido como “el orador de Mayo”.

Limitar la trascendencia de su figura a la mera potencia retórica de las jornadas de 1810 sería un reduccionismo injusto y poco conducente. Castelli no fue únicamente un vocero de la Revolución: fue también uno de sus cuadros intelectuales más agudos, un hombre profundamente marcado por corrientes ilustradas y por la convicción de que la emancipación política exigía revisar las bases económicas, sociales y culturales del orden colonial. Volver a Castelli permite reencontrarse con una de las vertientes más intensas de la tradición de Mayo: la que vinculó soberanía popular, reforma institucional, ampliación de derechos y crítica al viejo régimen virreinal.

Hijo de Ángel Castelli y de María Josefa Villarino, se formó en el Real Colegio de San Carlos y completó estudios universitarios en Córdoba y en la Universidad de Charcas, donde obtuvo el título de abogado. Como otros hombres de su generación, fue permeable al clima intelectual de la Ilustración tardía: la circulación de Rousseau, Montesquieu, Voltaire y de corrientes del reformismo borbónico dejó huella en su pensamiento, aun cuando ese universo de lecturas conviviera con la cultura católica y jurídica del mundo hispano.

De regreso en Buenos Aires, Castelli integró el círculo de criollos ilustrados que discutían la crisis del orden colonial y las posibilidades de una transformación política en el Río de la Plata. Su parentesco y cercanía con Manuel Belgrano, así como su afinidad con Mariano Moreno, lo ubicaron entre los hombres más radicales del movimiento revolucionario.

Como la mayoría de los integrantes de la Primera Junta, perteneció a la masonería. En 1801 participó de la fundación de la Sociedad Patriótica, Literaria y Económica, nombre público de la Logia Independencia, en coincidencia con sus colaboraciones en El telégrafo Mercantil y el Seminario de Agricultura.

Castelli compartió con otros hombres de Mayo la crítica al monopolio comercial español y a las trabas del sistema colonial. Los unía la convicción de que el Río de la Plata debía liberarse de un régimen económico que subordinaba la vida local a los intereses de la metrópoli y de los comerciantes privilegiados de Cádiz.

Si bien podría ser exagerado decir que fue un doctrinario del “libre comercio irrestricto” en el sentido contemporáneo, formó parte de una corriente que veía en la apertura comercial un instrumento para quebrar la dependencia colonial, dinamizar la economía regional y ampliar los márgenes de autonomía política. Para los revolucionarios de 1810 la cuestión económica no era separable de la cuestión del poder. Castelli participó del clima reformista que, en los años finales del Virreinato, valoró la agricultura, la producción local y las llamadas “ciencias útiles”. La influencia de Belgrano y de la literatura económica de la época fue decisiva. La idea de que la prosperidad requería mejorar caminos, fomentar la producción y difundir conocimientos técnicos formaba parte del repertorio ilustrado que compartían varios miembros de la élite criolla.

Sería demasiado osado proyectar sobre Castelli un programa económico acabado en sentido contemporáneo. Pero puede afirmarse que concebía la revolución no solo como una sustitución de autoridades, sino como la apertura de una etapa de reformas que debía afectar la vida material de la sociedad.

Otro rasgo central fue su confianza en la educación como condición de una vida pública menos sometida al privilegio y la obediencia ciega. Su lenguaje político remite a una ciudadanía activa, capaz de comprender derechos, deberes y responsabilidades en un nuevo orden.

No podríamos decir con rigor que Castelli pensó la educación exactamente en los términos de la escuela pública laica del siglo XIX tardío. Sin embargo, se cuenta entre quienes cuestionaron la estrechez del sistema colonial y defendieron una enseñanza más útil y menos subordinada a jerarquías. En el Alto Perú impulsó medidas y proclamas orientadas a la educación de la población indígena y al reconocimiento de sus lenguas, aunque la aplicación práctica de esas iniciativas fue limitada y enfrentó resistencia local.

Cuando la invasión napoleónica a España abrió una crisis de legitimidad, Castelli fue uno de los hombres que con mayor claridad empujó la salida revolucionaria. En el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 defendió, con notoria solidez argumentativa, la doctrina de la retroversión de la soberanía al pueblo: si el rey estaba ausente y la autoridad metropolitana perdía fundamento, correspondía a los pueblos reasumir la soberanía y darse un nuevo gobierno. Esa doctrina fue una de las justificaciones utilizadas, aunque existieron otras interpretaciones y debates.

Ese papel le valió el lugar que ocupa en la historia de la Revolución. No fue un actor secundario ni un mero acompañante: fue uno de los articuladores políticos e intelectuales de Mayo.

Como vocal de la Primera Junta, Castelli Intervino en la represión de la contrarrevolución cordobesa, hizo cumplir la orden del fusilamiento de Liniers y luego fue enviado al Alto Perú como representante de la Junta ante el Ejército Auxiliar, con amplias facultades políticas y administrativas.

Allí desarrolló el aspecto más audaz de su programa. Impulsó medidas de fuerte contenido igualitario hacia la población indígena: cuestionó el tributo, la mita y otras formas de servidumbre; procuró ampliar derechos; promovió reformas administrativas y educativas; y buscó quebrar la alianza entre las élites locales y el orden colonial. La conocida proclama de Tiahuanaco del 25 de mayo de 1811 es el gesto más emblemático de esa política, al reivindicar la igualdad de los indígenas y denunciar siglos de opresión. Sin embargo, su alcance efectivo fue limitado por la resistencia de las élites locales y por las condiciones militares del momento. Ese fue, probablemente, el momento más netamente radical y disruptivo de la Revolución de Mayo en materia social, aunque conviene enmarcarlo como intento políticamente contestado y con resultados parcialísimos.

La derrota de Huaqui, en junio de 1811 frente a las fuerzas realistas cambió su suerte. El fracaso militar debilitó su posición y, en un escenario político cada vez más adverso para el sector morenista, Castelli quedó sometido a juicio por el Primer Triunvirato desde diciembre de 1811 y perdió apoyos. A esa caída pública se sumó una enfermedad devastadora: un cáncer de lengua que obligó a amputarle el órgano.

Murió antes de que su proceso concluyera. La frase que se le atribuye —“Si ves al futuro, dile que no venga”— escrita poco antes de morir, condensa la tragedia personal y política de un hombre que vio frustrarse buena parte del horizonte que había ayudado a abrir.

Recordar a Castelli no debería consistir en repetir una estampita escolar ni en convertirlo en portavoz exacto de debates contemporáneos. Su mundo no era el nuestro, y cargarlo con programas del siglo XXI no es demasiado conducente. Pero su figura sigue siendo útil para pensar la Revolución de Mayo como algo más que una mera sustitución de autoridades. En su trayectoria se cruzan la soberanía popular, la crítica del orden colonial, la vocación reformista, la voluntad de ampliar derechos y la intuición de que la emancipación política sería incompleta si no alteraba también jerarquías sociales y sistemas económicos injustos.

Recordar a Juan José Castelli no es un ejercicio de nostalgia estéril, sino que puede servirnos para recuperar como inspiración el sentido republicano, progresista y transformador de la Revolución de Mayo, que lo tuvo como su gran orador.  

 

Publicado en el diario La Calle el 18 de julio de 2026.

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ERASMO

Por José Antonio Artusi

El 12 de julio de 1536, hace 490 años, murió en Basilea Desiderio Erasmo de Rotterdam. Tenía alrededor de setenta años. La fecha exacta de su nacimiento nunca pudo establecerse con certeza, lo cual tiene cierta gracia en un hombre que pasó la vida persiguiendo la precisión filológica. Stefan Zweig lo llamaría, cuatro siglos después, el primer europeo consciente de serlo.

Lo enterraron en la antigua catedral de Basilea, y las autoridades protestantes permitieron unas exequias católicas —o, si se quiere, ecuménicas— para un sacerdote que nunca dejó de serlo; lo cual ya dice algo sobre la singularidad de este hombre: era tan incómodo para unos como para otros que ni en el funeral lograron clasificarlo.

Erasmo no encaja en ninguna de las categorías que el siglo XVI tenía disponibles, y esa es exactamente la razón por la que sigue siendo contemporáneo. Era un hijo ilegítimo de un clérigo de Gouda que pasó por un convento agustino más por necesidad intelectual que por vocación religiosa, que mendigó su sustento dando clases y copiando manuscritos hasta que el latín que manejaba con una elegancia sin par le abrió las puertas de la Europa culta. Fue amigo de Tomás Moro en Inglaterra, conocido de los príncipes más poderosos de su época, corresponsal de reyes, discutido y admirado desde Lisboa hasta Polonia. Lo retrató Holbein, lo admiró Durero. Y, sin embargo, cuando el siglo se partió en dos con la Reforma de Lutero, Erasmo eligió no subirse a ninguno de los trenes.

El Elogio de la locura, escrito en una semana en casa de Tomás Moro durante una de sus estadías en Inglaterra, y dedicado a ese amigo con un juego de palabras en griego —«Moria», locura, «Morus», Moro— es uno de los libros más agudos del Renacimiento. Es un libro que finge ser frívolo y es devastador; que parece reírse de todo y en realidad diseca con bisturí la estupidez organizada del poder. La Stultitia, la Locura personificada, toma la palabra y elogia a quienes la sirven: los reyes, los papas, los teólogos, los filósofos, los guerreros, los mercaderes. La ironía tiene dos filos: si la locura gobierna el mundo, ¿quién es el verdaderamente cuerdo? Y si los cuerdos son los que se apartan del mundo, ¿qué clase de cordura es esa? Con el tiempo, el libro circuló por toda Europa de contrabando, metido en el fondo de los baúles junto a la ropa interior, como recuerda algún cronista de la época. Fue uno de los primeros grandes fenómenos editoriales de la imprenta, ese invento reciente que Erasmo comprendió mejor que nadie y que usó con una maestría que todavía hoy sorprende.

Pero el Elogio de la locura es el Erasmo accesible, el que entra en las antologías y en los cursos de historia de la literatura. El otro Erasmo, el que importa para entender qué fue exactamente lo que eligió en los años cruciales, es el que escribió De libero arbitrio («Sobre el libre albedrío») en 1524, como respuesta directa a Lutero. Porque Lutero le había tendido la mano, lo había reconocido como precursor, había aspirado a tenerlo como aliado en la ruptura con Roma. Y Erasmo dijo que no. No porque defendiera la corrupción de la Iglesia —que criticaba con más ferocidad que cualquier reformador—, sino porque veía en el movimiento luterano algo que le resultaba más peligroso que los abusos que denunciaba: el fanatismo, la certeza absoluta, la disposición a dividir el mundo en creyentes y réprobos, la idea de que un hombre podía estar tan seguro de la voluntad de Dios como para condenar a otro por disentir.

El libre albedrío no era para Erasmo solo una cuestión teológica. Era la pregunta sobre si el ser humano tiene la capacidad de razonar, de equivocarse, de corregirse, de no ser arrastrado como lo que Zweig llamó con exactitud un «pelele inconsciente» por las corrientes del fanatismo colectivo. Lutero respondió con su De servo arbitrio («Sobre el esclavo albedrío»), un texto brillante y furioso en el que sostenía que el hombre no puede nada por sí mismo y que la gracia divina lo determina todo. La polémica entre los dos es, reducida a su esencia, la polémica entre la razón crítica y la fe militante; entre el que quiere comprender y el que quiere convertir.

La posición de Erasmo le costó todo. Los luteranos lo despreciaron por tibio y por cómplice de Roma. La Iglesia Católica terminó sometiendo buena parte de su obra a la censura de la Contrarreforma, y varios de sus libros pasaron a integrar los índices de obras prohibidas después del Concilio de Trento, como si sus décadas de crítica al clero no hubieran bastado para convencerlos de que era un enemigo. Cuando Basilea se convirtió al protestantismo en 1529, Erasmo hizo sus maletas y se mudó a Friburgo de Brisgovia —fiel a su costumbre de habitar donde reinaran los libros y la palabra, como escribió Zweig, antes que cualquier bandera—. Volvió a Basilea solo al final, porque tenía trabajo pendiente y la salud no le daba tregua, y allí lo encontró la muerte.

Zweig lo eligió como sujeto biográfico en los años treinta del siglo XX, cuando el fanatismo volvía a partir Europa en dos —o en varios pedazos, que es peor— y cuando la figura del humanista que se niega a enrolarse en ningún bando se había vuelto de una actualidad insoportable. La biografía que Zweig publicó en 1934, el año después de que Hitler llegara al poder, no es solo un libro sobre el siglo XVI: es un espejo, y el que mira en ese espejo no necesita que le expliquen qué está viendo. Zweig, que terminaría suicidándose en el exilio en 1942, sabía perfectamente lo que le costaba a un hombre razonable sobrevivir en una época de fanáticos.

Lo que resulta perturbador de Erasmo, y lo que lo vuelve tan necesario como incómodo, es que su posición no fue la del cobarde ni la del oportunista. Fue la del hombre que entendía la complejidad mejor que sus contemporáneos y que no estaba dispuesto a simplificarla para ganar adherentes. Hay una diferencia enorme entre el que no elige bando porque le da lo mismo y el que no elige bando porque ha comprendido que los dos bandos están cometiendo el mismo error fundamental: creer que la verdad es un territorio que se conquista por la fuerza. Erasmo eligió la segunda posición. Pagó el precio correspondiente.

La tradición política latinoamericana ha premiado bastante más la lealtad de facción que la duda tolerante. La historia política del continente es, en buena medida, la historia de sucesivas polarizaciones en las que se exige de cada ciudadano que defina de qué lado está, como si la razón crítica fuera una forma de traición y la lealtad incondicional una virtud. Los que intentan pensar en lugar de alinearse suelen terminar siendo atacados desde ambos flancos con idéntica ferocidad, lo cual debería ser, aunque rara vez lo es, una señal de que están haciendo algo bien. En ese sentido, el 12 de julio no es solo la fecha en que murió un humanista del siglo XVI. Es la fecha en que conviene recordar que la libertad de pensamiento no es un lujo ni una abstracción académica: es la condición de posibilidad de cualquier república que merezca ese nombre.

 

Publicado en el diario La Calle el 12 de julio de 2026.

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LA EPIDEMIA DE BAILE DE ESTRASBURGO

Por José Antonio Artusi

Se cumplen 508 años de la “epidemia de baile de Estrasburgo”. El 5 de julio de 1518 ocurrió en esa ciudad, que formaba parte entonces del Sacro Imperio Romano Germánico, uno de los episodios más extraños y desconcertantes de la historia europea. Ese día, según las crónicas de la época, una mujer comenzó a bailar en una calle de la ciudad sin que hubiera música, celebración, ni ningún motivo aparente. Lo hizo durante horas. Luego durante días. Y, para sorpresa de todos, otras personas comenzaron a imitarla. O, más precisamente, a contagiarse de su conducta.

Lo que empezó con una sola persona terminó convirtiéndose en un fenómeno colectivo que involucró a decenas y posiblemente cientos de habitantes. Durante semanas bailaron sin descanso, hasta el agotamiento físico. Algunos sufrieron desmayos, ataques cardíacos o accidentes cerebrovasculares. Según ciertos relatos, hubo incluso quienes murieron.

La historia ha pasado a la posteridad como la “epidemia de baile de 1518” o “la plaga danzante de Estrasburgo”. Y más de cinco siglos después sigue sin existir una explicación definitiva que satisfaga completamente a historiadores, médicos y psicólogos.

Estrasburgo hoy pertenece a Francia. En aquella época era una importante ciudad comercial situada en una región atravesada por tensiones políticas, conflictos religiosos y frecuentes dificultades económicas.

Los años previos a 1518 habían sido particularmente duros. Malas cosechas, hambre, enfermedades y pobreza castigaban a buena parte de la población. La expectativa de vida era baja. Las epidemias eran recurrentes. La medicina apenas podía ofrecer respuestas frente a muchos sufrimientos.

En ese contexto apareció la figura de una mujer identificada en algunas fuentes como Frau Troffea. Según los cronistas, comenzó a bailar de manera compulsiva en una calle de la ciudad. No parecía disfrutarlo. No se trataba de una danza festiva. Más bien parecía incapaz de detenerse.

Al cabo de algunos días ya eran varias decenas las personas que se encontraban en la misma situación. Las autoridades locales, desconcertadas, recurrieron a los conocimientos médicos disponibles. Y aquí la historia adquiere un matiz todavía más singular.

 

Los médicos concluyeron que los afectados padecían una especie de exceso de “sangre caliente”, de acuerdo con la teoría de los humores dominante en la medicina medieval. La solución propuesta fue permitirles seguir bailando hasta expulsar ese exceso.

Consecuentemente, las autoridades organizaron espacios especiales para que los afectados continuaran bailando. Contrataron músicos e incluso habilitaron escenarios.

Vista desde el siglo XXI, la decisión parece absurda. Sin embargo, respondía a los conocimientos científicos disponibles en ese momento. Resulta fácil burlarse de los errores del pasado; más difícil es recordar cuántas de nuestras propias certezas actuales serán probablemente consideradas extravagancias dentro de quinientos años. La intervención produjo el efecto contrario al esperado. El fenómeno continuó expandiéndose.

El Concejo de Estrasburgo no actuó con maldad ni con estupidez. Actuó, dentro del marco teórico disponible en su época, de manera razonable: consultó a los expertos médicos del momento, siguió sus recomendaciones, invirtió recursos públicos en una solución. Y esa terapia, basada en un diagnóstico equivocado de raíz, no hizo más que empeorar las cosas. ¿Cuántas políticas públicas contemporáneas responden a la misma lógica? ¿Cuántas veces tratamos síntomas sin entender la enfermedad real, y terminamos —con la mejor de las intenciones — agravando aquella patología que pretendíamos curar?

La explicación sobrenatural apareció rápidamente. Muchos habitantes creían que se trataba de una maldición vinculada a San Vito, un mártir cristiano asociado en la tradición popular a ciertos trastornos nerviosos y movimientos involuntarios. Los afectados fueron finalmente trasladados a un santuario dedicado al santo, donde recibieron rituales religiosos destinados a poner fin al supuesto castigo.

Y, curiosamente, el fenómeno comenzó a desaparecer. Desde entonces las interpretaciones se han multiplicado. Una de las hipótesis más difundidas durante mucho tiempo sostuvo que los afectados habían consumido centeno contaminado con un hongo denominado cornezuelo, capaz de producir sustancias químicas relacionadas con el ácido lisérgico, precursor del LSD.

La teoría tiene atractivo porque parece ofrecer una explicación biológica concreta. Sin embargo, presenta dificultades importantes. Las intoxicaciones por cornezuelo suelen provocar convulsiones, delirios y otros síntomas, pero resulta difícil imaginar a cientos de personas bailando coordinadamente durante días enteros bajo sus efectos.

La mayoría de los investigadores contemporáneos considera hoy más probable otra interpretación. Según esta perspectiva, Estrasburgo habría sido escenario de un caso extremo de histeria colectiva o enfermedad psicógena masiva. El término se refiere a fenómenos perfectamente documentados en diversos momentos de la Historia, en los que grupos humanos desarrollan síntomas reales sin que exista una causa orgánica identificable.

El estrés, el miedo, la incertidumbre y determinadas creencias culturales pueden producir manifestaciones sorprendentes. Existen numerosos ejemplos históricos. En distintas épocas se han registrado episodios de risas incontrolables, desmayos colectivos, supuestos envenenamientos inexistentes o síntomas que se propagaban rápidamente entre comunidades enteras.

No deja de resultar interesante observar que el fenómeno ocurrió precisamente en un período de profundas transformaciones culturales. Europa se encontraba a las puertas de la Reforma protestante. Apenas un año antes, en 1517, Martín Lutero había difundido sus famosas tesis en Wittenberg. Viejas certezas y paradigmas comenzaban a resquebrajarse. Nuevas ideas se expandían. El mundo medieval estaba entrando lentamente en crisis.

Quizás no sea casual que un episodio de comportamiento colectivo aparentemente irracional surgiera en medio de semejante contexto de incertidumbre.

La historia de Estrasburgo también invita a reflexionar sobre nuestra tendencia a considerar irracionales las conductas del pasado mientras ignoramos las formas contemporáneas de contagio social. Las redes sociales han multiplicado exponencialmente la velocidad con la que circulan emociones, creencias y comportamientos. Rumores falsos pueden expandirse en cuestión de minutos. Miedos colectivos pueden desencadenar reacciones masivas. Tendencias absurdas adquieren alcance global casi instantáneamente.

Naturalmente, nadie sale hoy a bailar durante semanas por las calles de una ciudad. Pero no es difícil encontrar ejemplos de conductas colectivas que, observadas desde cierta distancia histórica, podrían parecer igualmente extrañas.

La diferencia fundamental quizás no resida en la naturaleza humana sino en el contexto tecnológico. Por eso la epidemia de baile de 1518 conserva una vigencia inesperada. No se trata solamente de una curiosidad histórica destinada a alimentar programas televisivos sobre misterios del pasado. Constituye también una ventana para comprender mejor cómo funcionan las sociedades, cómo se construyen las creencias colectivas y hasta qué punto somos influenciables.

La historia está llena de episodios que parecen inexplicables hasta que advertimos que detrás de ellos se encuentran personas reales enfrentando problemas concretos, con los conocimientos y herramientas de su tiempo.

Los habitantes de Estrasburgo no eran más crédulos ni más irracionales que nosotros. Simplemente interpretaban el mundo a partir de marcos culturales diferentes.

Cinco siglos después, la imagen de aquellas personas bailando hasta el agotamiento nos recuerda una verdad incómoda: la frontera entre la razón y la irracionalidad colectiva es mucho más delgada de lo que nos gusta admitir.

La epidemia de baile de Estrasburgo habla también de nosotros. De nuestros miedos, nuestras creencias, nuestras obsesiones y nuestra necesidad de encontrar sentido en medio de la incertidumbre.

Recordar el 5 de julio de 1518 no es un ejercicio de curiosidad arqueológica. Es una forma de preguntarnos qué escenarios estamos construyendo hoy para males que no entendemos. Qué epidemias silenciosas estamos alimentando por no mirar de frente sus causas.

 

Publicado en el diario La Calle el 5 de julio de 2026.

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lunes, 29 de junio de 2026

ESTONIA A LOS 34 AÑOS DE SU CONSTITUCIÓN: EL PAÍS QUE ELIGIÓ LA INTELIGENCIA

Por José Antonio Artusi

Hace exactamente treinta y cuatro años, el 28 de junio de 1992, Estonia aprobó su nueva constitución. Lo hacía apenas un año después de haber declarado la restauración de su independencia luego de medio siglo de ocupación soviética. Era un país pequeño, de poco más de un millón de habitantes, sin recursos naturales significativos, con una economía devastada y una institucionalidad que había que reconstruir casi desde cero. El panorama, visto desde afuera, no invitaba al optimismo.

Treinta y cuatro años después, Estonia es un caso de estudio en casi todas las escuelas de administración pública. No porque haya descubierto la pólvora, sino porque tuvo la lucidez —y la voluntad— de aplicar ideas que otros países conocen, pero evitan por las presiones de los intereses que esas ideas amenazan.

Cuando Estonia inició su transición, una de las primeras decisiones estructurales fue reformar el sistema impositivo en una dirección que pocos se animaban a seguir. En 1994 introdujo un impuesto a las ganancias con alícuota uniforme que unificó en una misma proporción la carga sobre todos los ingresos, sin alícuotas progresivas por tramos. La tasa arrancó en el 26% y fue reduciéndose hasta estabilizarse en el 20%, y hoy se ubica en el 24% por razones presupuestarias vinculadas al gasto en defensa. Lo notable no es el porcentaje sino la lógica: una regla simple, previsible, igual para todos, que elimina los incentivos perversos a la evasión. Desde 2000, además, las utilidades corporativas reinvertidas quedaron directamente exentas de impuesto a las ganancias, lo que transformó el sistema en un poderoso estimulante de la inversión productiva.

Pero la pieza clave de la matriz tributaria estonia es la que tiene mayor linaje intelectual y mayor resistencia política en casi todo el mundo: el impuesto al valor del suelo libre de mejoras. Mientras la mayoría de los países grava indiscriminadamente la propiedad inmueble —tierra y edificaciones juntas—, Estonia separa con precisión quirúrgica ambos componentes. El sistema tributario estonio grava exclusivamente el valor del suelo, no el de las construcciones ni el capital invertido en ellas. La diferencia no es un detalle técnico: es una definición ideológica sobre qué debe ser gravado y qué no. Gravar el valor del suelo —que no lo crea el propietario sino la comunidad en su conjunto — es una forma de recuperar para el Estado la renta que la comunidad misma generó. No gravar las mejoras significa no castigar a quien construye, refacciona e invierte. Henry George, el economista norteamericano del siglo XIX que popularizó esta idea, habría reconocido a los dirigentes de Estonia como algunos de sus mejores alumnos

El resultado ha sido un éxito notable. Estonia tiene el nivel más bajo de deuda pública de toda la Unión Europea, equivalente a poco más del 20% del PBI, frente a un promedio europeo que ronda el 90%. Estonia ha registrado algunas de las tasas de crecimiento más altas de la Unión Europea desde su independencia. Y acaso el dato más impactante para medir la transformación real: el PBI per cápita de Estonia en 1995 (primeros datos fiables tras la estabilización posterior a la introducción de la corona estonia en 1992) era de unos 3.1000 dólares y en 2024 llegó a más de 31.000 dólares. Creció diez veces en tres décadas. No es un milagro: es el resultado de decisiones consistentes, sostenidas en el tiempo y blindadas contra el oportunismo político.

Además, Estonia se ha consolidado como el número 1 en educación en toda Europa. y se ubica en el top 5 a nivel mundial. Lo verdaderamente revolucionario de su enfoque social no es solo el puntaje alto, sino la equidad del sistema educativo, que registra uno de los márgenes más bajos del mundo en la brecha de rendimiento entre los estudiantes de entornos vulnerables y los de entornos favorecidos. En Estonia, el origen socioeconómico de un niño no determina su futuro académico. Lograron esto manteniendo las escuelas públicas bajo gestión local, con almuerzos, libros y transporte escolar gratuito para todos.

Si el modelo tributario y el capital humano son la base del éxito estonio, la transformación digital es su cara más visible e imitada —aunque rara vez con la profundidad requerida. Estonia comprendió que el Estado puede generar improductividad cuando sus trámites son lentos y discrecionales. La respuesta no fue solo informatizar: fue rediseñar la arquitectura del Estado sobre la base de la transparencia y la interoperabilidad.

El eje de ese rediseño es la plataforma X-Road, un sistema de intercambio de datos que conecta a todas las instituciones públicas y permite que cada ciudadano interactúe con el Estado sin tener que repetir información que el Estado ya posee. Con X-Road, implementado en etapas desde 2000, Estonia logró digitalizar el 99% de los servicios públicos ofrecidos a los ciudadanos, ahorrando el equivalente al 2% de su PBI anual. En diciembre de 2024, según el propio gobierno, cada servicio del Estado, salvo el matrimonio, se encontraba completamente digitalizado, yendo hacia lo que las autoridades llaman un "Estado 100% electrónico".

El principio clave tiene nombre: "una sola vez". El ciudadano provee cada dato al Estado una única vez en su vida, y el Estado no puede volver a pedírselo. La consecuencia es que la burocracia pierde su poder de extorsión silenciosa, ese poder que en muchos países se ejerce a través de la demora, la ventanilla que no atiende y el formulario que siempre falta. En 2024, el sistema X-Road procesó más de 2.700 millones de consultas de datos, eliminando redundancias y papeleo entre agencias.

Una encuesta de la OCDE de 2024 reveló que el 82% de los estonios expresó satisfacción con los servicios públicos y que el 72% prefería acceder a los servicios del Estado a través de canales digitales. Estos números son extraordinarios para cualquier democracia occidental, y son el resultado de décadas de inversión en confianza institucional.

La pregunta que inevitablemente surge es por qué este modelo no se replica. La respuesta honesta incomoda: porque las reformas que Estonia aplicó afectan intereses muy concretos. El impuesto al valor del suelo libre de mejoras es resistido por quienes lucran con la renta del suelo sin producir nada. La alícuota uniforme en el impuesto a las ganancias elimina los nichos de evasión que benefician a los que tienen acceso a asesoramiento tributario sofisticado. La digitalización transparente del Estado quita poder a quienes medran con la opacidad burocrática. Toda reforma inteligente tiene sus enemigos, y los enemigos de estas reformas son, en general, poderosos.

Estonia eligió desafiarlos en 1992, cuando tenía todo por construir y nada que perder. El resultado es un país que multiplicó por diez el ingreso de sus habitantes, que lidera los índices de gobierno electrónico y que encabeza el ranking de competitividad tributaria de la OCDE hace más de una década. Nada mal para una república que en 1991 salía de cincuenta años de comunismo soviético.

Algunos dirán que son condiciones irrepetibles, que Estonia es pequeña, que tiene otra cultura, etc. Son los mismos argumentos que se usan siempre para justificar el no hacer nada. La historia del progreso, sin embargo, no se construye con excusas sino con resultados.

 

Publicado en el diario La Calle el 28 de junio de 2026.

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lunes, 22 de junio de 2026

MARJANE SATRAPI

Por José Antonio Artusi

Marjane Satrapi nació en Rasht, Irán, el 22 de noviembre de 1969, y murió en Paris el 4 de junio de 2026. Tenía 56 años. Sus allegados dijeron que murió "de tristeza", incapaz de sobrellevar el duelo por la partida del amor de su vida, el sueco Mattias Ripa, ocurrida el año pasado.

Hay muertes que nos sacuden, aunque no conozcamos personalmente a la persona muerta. Muertes que sentimos como una pérdida, no por impostura sentimental sino porque esa persona construyó algo que valoramos. Marjane Satrapi construyó Persépolis, una novela gráfica autobiográfica ilustrada en blanco y negro que narra la historia de una niña iraní bajo la revolución islámica, relatada sin concesiones y sin autocompasión. Una obra que, como las mejores, trasciende su circunstancia particular para volverse universal.

Marjane Satrapi creció en Teherán en el seno de una familia de izquierda, culta y laica, bajo la sombra primero del sha y luego de la revolución que lo derrocó. Vivió de niña el entusiasmo y la traición de ese entusiasmo. Vio cómo el régimen teocrático encarcelaba y reprimía a los mismos que habían combatido al gobierno anterior. Vio cómo les ponían el velo a las mujeres, a la fuerza y por decreto. Vio cómo comenzaba la guerra con Irak y caían los misiles sobre Teherán. Lo vio todo con los ojos atentos de una niña que entendía más de lo que los adultos suponían.

Después lo contó. Con una honestidad brutal y una ternura igualmente brutal. Eso fue Persépolis. A través de sus viñetas en un riguroso, expresivo y despojado blanco y negro, esta talentosa y valiente mujer nos abrió las puertas de un mundo que Occidente se empecinaba en mirar con el prisma de los estereotipos. Nos mostró la complejidad de una sociedad iraní sacudida por la caída del Sha y el posterior advenimiento del integrismo teocrático de los ayatolas.

En las páginas de Persépolis, el espacio público de Teherán se transforma en un territorio de opresión, donde el velo islámico se impone como frontera implacable para el cuerpo y el espíritu de las mujeres. Esa tensión entre el adentro y el afuera, entre la libertad clandestina del hogar —donde se escuchaba a Iron Maiden, se discutía de marxismo y se tomaba vino casero— y la rigidez policial de la calle, constituye una metáfora perfecta de las miserias de los regímenes totalitarios. Marjane Satrapi entendió como pocos que la arquitectura de la opresión comienza por el control de los cuerpos y de los espacios que habitamos.

Obligada al exilio en Europa, con un pie en Viena y luego en Francia, conoció el desarraigo, la marginalidad de las calles y la dolorosa búsqueda de una identidad fragmentada. "Una vez que sos un extranjero en un lugar, lo sos para siempre", supo decir. Pero lejos de sumirse en el resentimiento, transformó ese dolor en arte universal, en una obra que tendió puentes allí donde el prejuicio levantaba muros.

Su compromiso con los derechos humanos y, fundamentalmente, con la causa de las mujeres nunca claudicó. En los últimos años, alzó su voz en apoyo al movimiento Mujeres, Vida, Libertad, esa revolución cultural liderada por jóvenes iraníes que, desafiando la represión estatal, volvieron a ganar las calles para exigir dignidad y autonomía. En 2025 protagonizó un gesto de enorme coherencia al rechazar la Legión de Honor, la máxima distinción del Estado francés, denunciando la hipocresía de la política exterior europea hacia Irán.

Su amiga, la socióloga Azadeh Kian, dijo: "Desde la muerte de Mattias Ripa ya no era la misma. Se estaba dejando morir." Hay en esa imagen algo antiguo y verdadero, algo que la literatura conoce bien, aunque la medicina prefiera ignorar. Hay personas que se mueren cuando se les va el amor. La mujer que desafió a los guardianes de la teocracia iraní y a las elites culturales europeas, la artista que nos enseñó a mirar ciertas realidades sin temor al chantaje de la acusación por islamofobia ni a las patrañas del relativismo cultural, habría preferido bajar los brazos cuando el amor de su vida ya no estuvo con ella.

Persépolis fue adaptada al cine en 2007, dirigida por la propia Satrapi junto a Vincent Paronnaud. Ganó el Premio del Jurado en Cannes y fue nominada al Oscar. Después vinieron otras películas, otras novelas gráficas, otros proyectos. Bordados (2003), Pollo con ciruelas (2004), Radioactive (2019), Paradis Paris (2024). Una carrera sostenida, diversa, siempre reconocible por esa mirada que mezclaba la ironía con la indignación y el afecto.

Sus incursiones en el cine —dirigiendo la memorable adaptación animada de su propia biografía o retratando a Marie Curie en Radioactive— demostraron una sensibilidad infrecuente para captar las luces y las sombras del espíritu humano, y la persistente lucha de las mujeres por abrirse camino en mundos diseñado por y para hombres.

En 2024 recibió el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades. En su discurso de aceptación dijo algo que conviene no olvidar: "Quizás antes de educar a nuestros hijos para que tengan éxito económico y social, debiéramos enseñarles que el verdadero éxito radica ante todo en el humanismo." Lo dijo en Oviedo, ante reyes y autoridades, con la misma llaneza con que lo habría dicho en cualquier otro lado. Era así.

Me resulta imposible no pensar en Salman Rushdie al escribir sobre Marjane Satrapi. No porque sus historias sean idénticas —no lo son— sino porque ambos encarnan algo parecido: la obstinación de quien se niega a callarse frente al fanatismo teocrático, y el precio que esa obstinación tiene. Rushdie sobrevivió al cuchillo. Marjane Satrapi sobrevivió al exilio, a la censura, a la amenaza permanente de un régimen que nunca le perdonó haber contado lo que contó.

Poco antes de morir, en febrero de este año, canalizó su dolor creando la Fundación para el Cine Mattias y Marjane Ripa-Satrapi en la Academia de Bellas Artes de Francia. Incluso en el duelo más hondo, siguió construyendo. Siguió pensando en los demás. Hay algo en ese gesto que me parece más elocuente que cualquier declaración.

El presidente Macron la describió como "una artista extraordinaria que transformó la infancia iraní en una fábula universal". Es una frase bien hecha, de las que producen los comunicados de presidentes cuando muere alguien importante. No está mal. Pero me parece más justa esta otra, de su amiga Azadeh Kian: fue "una artista comprometida que usó sus libros y películas para transmitir un mensaje universal de democracia, igualdad y libertad."

Democracia, igualdad, libertad. Tres palabras que en boca de Marjane Satrapi no sonaban a slogan porque las había pagado con algo concreto: el país al que no podía volver, la infancia interrumpida, los años de exilio, el duelo que al final la venció.

Nos queda su obra. Nos quedan esas viñetas memorables. En estos tiempos de polarizaciones ciegas, de fundamentalismos que amenazan las libertades democráticas, repasar las páginas de Persépolis no es solo un ejercicio de memoria o un homenaje póstumo; es un imperativo cívico. Es recordar que la libertad es un bien frágil, que se defiende, si hace falta, con un lápiz sobre un papel en blanco.

 

Publicado en el diario La Calle el 21 de junio de 2026.  


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lunes, 15 de junio de 2026

VACA MUERTA, LA ARENA DE ENTRE RÍOS Y LA OPORTUNIDAD DE UNA REFORMA TRIBUTARIA PARA EL DESARROLLO

Por José Antonio Artusi

Argentina se encamina a obtener niveles récord de producción de petróleo y gas, de la mano del desarrollo de Vaca Muerta, sobre todo a partir de la explotación no convencional. Las proyecciones a futuro muestran niveles sostenidos de aumento de la producción, las exportaciones y el superávit energético.

El auge de la formación Vaca Muerta en la Patagonia ha convertido a las arenas silíceas entrerrianas, particularmente las de los departamentos de Islas del Ibicuy y Victoria, en un insumo crítico para la producción no convencional. Sin embargo, mientras las flotas de camiones fluyen hacia el sur, la provincia asiste a la extracción de su riqueza natural con una estructura fiscal que parece diseñada para otro siglo y otra realidad.

¿Estamos aprovechando el "boom" de petróleo y gas de Vaca Muerta?

Actualmente, el sistema tributario se basa en un canon por tonelada de arena vinculada al precio del gasoil. Es un mecanismo administrativo, no una política de desarrollo. La incidencia de este canon sobre el costo final de la tonelada de arena puesta en boca de pozo en Añelo es marginal, apenas el 1,5% o 2%. Mientras tanto, la provincia sigue, como todas, teniendo al Impuesto a los Ingresos Brutos como la principal fuente de ingresos tributarios provinciales. Una aberración fiscal que castiga al que produce, al que invierte y al que arriesga.

Resulta paradójico. Gravamos en cascada con una gabela medieval al comerciante y al consumidor, encareciendo cada etapa de la producción y fomentando la informalidad. Pero al mismo tiempo, permitimos que la renta diferencial generada por un don de la naturaleza —la arena que nadie fabricó en Entre Ríos, sino que heredó de eras geológicas— sea capturada casi íntegramente por privados o se diluya en la ineficiencia logística.

Es aquí donde debemos rescatar las ideas centrales del pensamiento liberal de los padres de nuestra Constitución de 1853. La arena de fracking no tiene valor por el esfuerzo del dueño del suelo, sino por su escasez geológica y por la demanda externa generada por la técnica del fracking. Es lo que la economía clásica define como renta pura del suelo.

Si la arena es, según nuestro Código de Minería, una sustancia de tercera categoría que pertenece al dueño de la tierra, la estrategia para capturar esa riqueza no debe ser un impuesto a la producción (que desincentiva la inversión), sino un impuesto al valor del suelo libre de mejoras.

La propuesta es tan disruptiva como lógica: en lugar de fiscalizar cada camión en la ruta, la provincia debe tasar el valor de mercado de los yacimientos. Un campo en Ibicuy con estratos de arena aptos para Vaca Muerta no vale lo mismo que un bañado improductivo. Su valor fiscal debe reflejar esa aptitud extractiva. Al tasar el suelo y no el trabajo ni las mejoras, la provincia captura la renta antes de que se convierta en plusvalía apropiada por quienes no la generaron.

Para llevar esto a cabo, no basta con voluntad política; se necesita tecnología. La implementación de un Catastro Multipropósito es una reforma estructural pendiente. No hablamos de un simple dibujo de parcelas, sino de una base de datos dinámica que integre la geología, la infraestructura y los valores de mercado en tiempo real.

Este catastro permitiría que el impuesto al valor del suelo se aplique con precisión:

1.      En lo minero: Gravando la renta geológica de la arena, incentivando a los propietarios de canteras a producir con eficiencia o a pagar por el privilegio de retener un recurso estratégico. Si un productor instala una planta de lavado de arena ambientalmente responsable, esa mejora no debería aumentar su impuesto. Lo que se grava es el valor de la tierra, no el trabajo ni la inversión.

  1. En lo urbano: Eliminando la especulación con lotes baldíos que gozan de infraestructura pagada por todos y abaratando la construcción.
  2. En lo rural: Liberando de carga fiscal a las mejoras de los productores.

Muchos industriales y comerciantes se preguntarán: "¿Otro impuesto más?". La respuesta es: ¡No! Más bien todo lo contrario, menos impuestos, pero mejores. El impuesto al valor del suelo libre de mejoras no es otra cosa que el actual impuesto inmobiliario; en realidad se trata de dos impuestos disfrazados de uno; el que grava el valor del suelo, y el que grava las mejoras y construcciones. El primero es el menos malo, diría el Premio Nobel ultraliberal Milton Friedman. El segundo penaliza al que quiere invertir en construir y mejorar su propiedad. Y habría que empezar a pensar de qué manera se puede comenzar un proceso gradual de reducción de las alícuotas del impuesto a los ingresos brutos, con un horizonte temporal a futuro que prevea su eliminación.     

En nuestro país el economista Eduardo Conesa ha estructurado gran parte de su propuesta macroeconómica de largo plazo —a la que define como un "liberalismo desarrollista"— alrededor de una reforma impositiva integral. Para Conesa, el sistema fiscal argentino actual castiga al que produce y premia al que especula. Su propuesta busca invertir esa lógica. Propone que sea un impuesto provincial, pero coordinado mediante una ley marco nacional que permita computarlo como pago a cuenta del Impuesto a las Ganancias. Esto alentaría la formalización de la economía.

Imaginemos el impacto: eliminar el impuesto más distorsivo y regresivo de nuestra economía a cambio de un tributo sobre las rentas “no ganadas” de la tierra que nadie puede esconder ni trasladar.

¿Por qué no lo proponen las cámaras empresariales? Quizás por esa "confusión de identidad" entre el productor y el propietario. Muchos temen que sea un nuevo gravamen que se sume a la asfixia actual. El desafío es proponer un pacto fiscal inquebrantable: la sustitución progresiva de las alícuotas del impuesto a los ingresos brutos hasta su eliminación.

La renta de la arena, y de los recursos naturales en general, se podría invertir en:

  • Transición Energética: Investigación y desarrollo en hidrógeno verde y biomasa, aprovechando nuestra escala agroindustrial y nuestro potencial en energías renovables.
  • Infraestructura Multimodal: Recuperar el ferrocarril y potenciar la hidrovía, para que nuestra competitividad no dependa solo de lo que hay bajo el suelo, sino de cómo nos movemos sobre él.
  • Conocimiento: Financiar la aplicación de Big Data e IA a la gestión pública y la planificación territorial para el desarrollo sostenible.

Entre Ríos no puede seguir siendo una provincia que mira pasar la riqueza por sus rutas mientras castiga con impuestos absurdos a quienes crean valor. La arena de fracking nos ofrece una oportunidad de oro —o de sílice— para comenzar a reformar nuestra matriz tributaria.

No se trata de "atacar" a la propiedad privada, sino de defenderla en su forma más pura: el derecho de cada entrerriano a quedarse con el fruto íntegro de su trabajo, mientras la sociedad recupera para sí el valor que ella misma y la naturaleza han creado. Es hora de pasar de un Estado que "recauda de lo que puede" a un Estado que "recupera lo que le corresponde". Solo así, el boom de Vaca Muerta dejará algo más que baches en las rutas: dejará una provincia moderna, productiva y, sobre todo, justa.

 

Publicado en el diario La Calle el 14 de junio de 2026.

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jueves, 11 de junio de 2026

UN BRT PARA BUENOS AIRES

Por José Antonio Artusi

Fin de semana largo del 1º de mayo en Buenos Aires. Tomamos la línea amarilla del subte (yo las denomino, por el color, me parece más fácil de recordar que las letras). Hacemos combinación con la verde. Emprendemos la vuelta a las 22.30. Estación del subte cerrada. Cambio de planes. Volvemos en colectivo. Vamos hasta el Metrobus. Esperamos bastante, llega el colectivo, atestado. Demoramos para subir porque cada pasajero debe indicar su destino al chofer antes de apoyar su medio de pago. Aunque desde 2025 se puede pagar con débito, crédito o QR, el conductor sigue oficiando de cajero en cada parada. Uno se equivoca, otro discute, se pierde tiempo. Uno se mete sin pagar por la puerta del medio, el chofer lo ve y lo llama. Todo engorroso y conflictivo. 

¿Nadie se da cuenta que es un disparate absurdo subir al micro y tener que decirle al chofer a dónde voy y que me cobre? Es un anacronismo total. Seguimos perdiendo tiempo en cada parada y sobrecargando de tareas al conductor.

Buenos Aires podría ser la “ciudad más linda del mundo”. Es hermosa, tiene cosas geniales, en algunos rubros es de las mejores del planeta, lejos; pero sin un buen sistema de movilidad es imposible que la belleza y las cosas buenas se disfruten a pleno.

Algunos dirán: "Pero ahora está el Metrobús". Convengamos que fue un avance. Pero se quedó corto. El Metrobús es, en esencia, una red de carriles para que los mismos colectivos de siempre corran un poco más rápido. El sistema sigue conservando buena parte de la lógica operativa tradicional de hace décadas. Otros dirán: “Lo que hace falta es ampliar la red de subte, tener un sistema integral que articule todos los modos, y una gobernanza metropolitana porque la ciudad de Buenos Aires como fenómeno urbano no termina en la General Paz”. Es verdad; pero - siempre hay un “pero”-; ampliar el subte es caro, y la gestión multimodal y metropolitana es compleja y conflictiva. Algún día habrá que hacer todo eso; pero va a llevar tiempo. Mientras tanto, en el corto plazo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires podría hacer algo que en realidad no sería otra cosa que continuar lo que quedó a mitad de camino con el Metrobus.

A Buenos Aires le vendría bien – entre otras cosas, como tranvías quizás - un buen sistema de BRT (bus rapid transit). Para decirlo rápido, un BRT es una red de buses de alta capacidad que busca ofrecer en superficie muchas de las ventajas operativas de un subte. Un BRT “completo” requiere carriles exclusivos, estaciones cerradas, prepago, embarque a nivel y prioridad semafórica.

Se trata de algo que ya funciona en muchas ciudades:

. Pago antes de subir: Al entrar a la parada del Metrobús debería haber un molinete, igual que en el subte. El pasajero apoya su tarjeta (es un avance que ahora se pueda usar cualquier medio de pago y no haya que depender exclusivamente de SUBE) y entra a la zona de embarque. Aunque existen experiencias parciales, el prepago debería generalizarse y convertirse en la norma del sistema.

. Estaciones cerradas: La parada no puede ser solo un techito de chapa. Tiene que haber un límite físico con la calle. Es una condición del sistema, pero también puede mejorar seguridad y confort. En la parada puede haber información en tiempo real sobre el vehículo que está llegando.

. Sincronización total: Llega el colectivo, y se abren al mismo tiempo las puertas de la unidad y las de la parada.

. Rapidez y accesibilidad: Puertas anchas, piso nivelado. La gente baja y sube de manera segura, ordenada y fluida. Nadie pierde tiempo interactuando con el chofer, que sólo se dedica a una cosa: conducir con seguridad.

. Posibilidad de conexión con otras líneas: sin salir del sistema, sin tener que pagar nuevamente, como en el subte. Es quizás lo más complicado técnicamente, pero es cuestión de buscarle la vuelta.  

Copiar lo que funciona no es pecado. A veces queremos inventar la pólvora. Curitiba, en Brasil, fue la pionera absoluta en esto, con el liderazgo técnico y político de Jaime Lerner. Ahí entendieron hace décadas que no se puede meter a todo el mundo en el subte porque es carísimo y tarda años, pero sí se puede lograr su eficiencia a nivel de la calle. A Curitiba la siguieron otras ciudades.

Medellín: el Metroplus es el complemento perfecto de su famoso Metro. Lo que lo hace especial es la integración total: con un mismo medio de pago pasás del bus al tren, y de ahí al Metrocable (teleféricos que suben a los cerros). Las estaciones son seguras y permiten que el vecino que vive más lejos llegue al centro rápido.

Bogotá: el Transmilenio. Aunque hoy sufre por el exceso de demanda (un problema derivado de su propio éxito inicial), demostró que se pueden mover millones de personas por día sin necesidad de una red de subte ultra extensa.

Ciudad de México: el Metrobús.  Tiene estaciones cerradas con validación de pago antes de subir. Han hecho un esfuerzo enorme por incorporar unidades eléctricas, reduciendo el ruido y la contaminación.

Brisbane, Australia: Southeast Busway. Un sistema de vías exclusivas para buses. El éxito fue tal que el sistema es percibido con el mismo estatus que un tren.

Guangzhou, China: el GBRT. Lograron integrar la estación de BRT con las estaciones de subte de una manera tan fluida que el pasajero casi no nota la diferencia entre estar bajo tierra o en la calle.

Cleveland (Ohio): El Health Line. Un sistema con pago preembarque en plataformas niveladas y buses articulados. El tiempo de viaje se redujo aproximadamente un 25% y la mejora en el transporte disparó una inversión de miles de millones de dólares a lo largo del corredor.

Buenos Aires tiene la infraestructura de base y tiene la demanda. Lo que le falta es la decisión de dar un salto cualitativo.

No puedo dejar de mencionar el ruido y la contaminación del aire. Caminar por algunas avenidas porteñas es someterse a un bombardeo sonoro insoportable. El ruido y el humo constituyen una agresión constante a la salud y a la calidad de vida.

Electrificar la flota no solo sería un enorme logro ambiental, sino que transformaría la experiencia de vivir la ciudad. Imaginen una Buenos Aires donde casi lo único que se escuche sea el murmullo de la gente y de los pájaros, y no el estruendo de los motores.

Todo esto requiere, obviamente, una ingeniería financiera adecuada. La buena noticia: Buenos Aires ya lo hizo. La Ley 23.514 de 1987, que creó el Fondo Permanente para la ampliación de la red de subterráneos mediante una combinación de contribuciones específicas —incluyendo gravámenes inmobiliarios y contribuciones de mejoras para inmuebles ubicados en el área de influencia de las estaciones—, constituye un antecedente interesante para estudiar. Se podría adaptar un mecanismo similar para el BRT, bajo la premisa de que el sistema valoriza las parcelas que más directamente se ven beneficiadas.  Al reducir los tiempos de viaje, bajar los costos operativos y revalorizar las zonas por las que circula, el sistema generaría sus propios recursos.

 

Publicado en el diario La Calle el 7 de junio de 2026.

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domingo, 31 de mayo de 2026

EL INGRESO CIUDADANO A LA NIÑEZ: DE LA VANGUARDIA REFORMISTA A LA AMNESIA POLÍTICA

Por José Antonio Artusi

Resulta fascinante —y a la vez profundamente desalentador— observar la manera en que algunas ideas transformadoras caen en el sumidero del olvido en la Argentina. El caso del Ingreso Ciudadano a la Niñez es quizás uno de los ejemplos más curiosos de esa “amnesia política”. Lo que alguna vez fue el corazón de una propuesta de vanguardia para combatir la pobreza estructural y desarticular el clientelismo quedó reducido a un archivo que nadie recuerda.

Estamos hablando de una herramienta que promovía equidad y autonomía. Sin embargo, los bloques legislativos de los partidos que alguna vez lo propusieron han dejado hace mucho de reivindicarlo, mientras la realidad social muestra indicadores estructurales de pobreza infantil que interpelan a cualquier dirigente con sensibilidad ética y rigor técnico.

Para entender la magnitud de esta pérdida de memoria, conviene recordar que el Ingreso Ciudadano a la Niñez no nació como un parche asistencialista. En su ADN original, fue impulsado por la UCR y sostenido luego por la Coalición Cívica, y más tarde por el PRO. El INCINI fue concebido como una pieza clave de un sistema moderno de seguridad social. Llegó a ser parte de la plataforma de Cambiemos. En la campaña de 2015 Mauricio Macri prometió “universalizar la asignación por hijo” y al finalizar su mandato en 2019 la cuenta de Twitter de la Casa Rosada sostuvo como un logro que estábamos “más cerca del ingreso universal a la niñez”. Era verdad, la AUH se había extendido a hijos de monotributistas, entre otras medidas. No era plenamente universal, se podía ver el vaso medio lleno o medio vacío. Ambas opciones eran mejores que no verlo.

La premisa era simple, pero disruptiva: un piso de ingresos garantizado por el solo hecho de ser ciudadano; sin intermediarios, sin punteros y sin la arbitrariedad de la “contraprestación”, que muchas veces encubre servidumbre política. Empezando por donde hay que empezar siempre, por los niños; pero claramente mostrándose como el primer paso de un esquema integral de ingreso ciudadano que permitiera erradicar la indigencia en la Argentina. 

El proyecto representaba una ruptura con los planes sociales focalizados y condicionados, que terminaron como emblemas del clientelismo populista y las imposturas demagógicas. Proponer el Ingreso Ciudadano, primero para los niños y después para todos, era apostar por la libertad: reconocer que la dignidad no se otorga como una dádiva, sino que es un derecho elemental que el Estado debe asegurar para que mercado y sociedad civil funcionen sobre una base mínima de justicia. Era partir de aceptar que la democracia republicana requiere de condiciones materiales para el ejercicio pleno de la libertad por parte de todos sus ciudadanos.

¿Qué ocurrió con esa audacia intelectual? ¿En qué momento la gestión de la coyuntura devoró la capacidad de pensar reformas estructurales?

Uno de los errores más frecuentes en el debate público argentino es suponer que el ingreso ciudadano pertenece en exclusiva ciertas tradiciones de izquierda o al progresismo tradicional. Una mirada más amplia y despojada de prejuicios nos podría mostrar que muchos de sus antecedentes más sólidos y concretos se encuentran en tradiciones liberales y republicanas, y hasta conservadoras.

Veamos por ejemplo algunos antecedentes de la cuestión en Estados Unidos.   

El Impuesto Negativo a la Renta de Milton Friedman. El Premio Nobel ídolo de ultraliberales no proponía un sistema asistencial burocrático; planteaba una transferencia directa como mecanismo eficiente y menos distorsivo para eliminar la pobreza, al tiempo que reducía la maquinaria burocrática del Estado de bienestar, muchas veces más orientado a defender los intereses de esa propia burocracia que los de sus supuestos beneficiarios.

El plan de Richard Nixon. Un gobierno republicano logró media sanción en la Cámara de Representantes del Family Assistance Plan en 1970. De haberse convertido en ley, habría establecido un piso federal de ingresos para familias con niños. No era exactamente lo que hoy se conoce como “ingreso básico universal”, pero marchaba decididamente en esa dirección.

El Fondo Permanente de Alaska. El caso más exitoso y vigente: un gobierno republicano diseñó un sistema por el cual parte de las regalías petroleras se distribuyen anualmente de manera igualitaria entre todos los ciudadanos. No como caridad, sino como dividendo social derivado de la propiedad común de los recursos naturales.

La visión de Elon Musk y Sam Altman. Plantean que algún tipo de ingreso universal será una necesidad frente a la automatización y la inteligencia artificial. No desde el sentimentalismo, sino desde el pragmatismo económico: preservar demanda, estabilidad social y funcionamiento sistémico. Elon Musk va aún más allá, plantea que el ingreso universal podrá ser “alto”, no “básico”. 

El problema de la Argentina actual es que el debate se empantana en una falsa dicotomía: o un Estado elefantiásico, ineficiente y discrecional que reparte migajas por intermediarios, o un ajuste que ignora las condiciones de partida de los sectores más vulnerables.

El Ingreso Ciudadano a la Niñez rompe esa trampa: Al ser universal, elimina el estigma de la miseria. Al ser incondicional, elimina el poder de los intermediarios y rompe la “trampa de la pobreza”. Al ser individual, empodera a la persona frente a las estructuras corporativas.

No es solo una política social; es una arquitectura institucional de libertad.

El INCINI podría financiarse con una reforma tributaria que recuperara las rentas no ganadas del valor del suelo y de los recursos naturales. Algunos están pensando en gravar también las rentas de la inteligencia artificial. En ambos casos, no se trata de sacarle a unos para darle a otros. Se trata de algo mucho más simple, de devolverle a cada uno lo que es suyo. Además, obviamente, absorbería lo que hoy se gasta en la AUH, las deducciones por hijos en el impuesto a las ganancias y las asignaciones familiares. 

Mientras el Partido Demócrata norteamericano y muchos partidos social demócratas europeos se pierden en absurdas guerras culturales ajenas al ciudadano común y pierden contacto con la realidad de sus bases, la Argentina reformista y liberal no puede darse ese lujo.

Reivindicar el INCINI no es “volverse populista”. Es recuperar una visión republicana de la seguridad social: entender que no hay mercado libre posible si parte de la población nace condenada a la desnutrición o a la falta de estímulos básicos. Es aceptar que la libertad de elegir —tan invocada hoy— es una ficción sin medios materiales mínimos para ejercerla.

Si el actual gobierno nacional pretende ser heredero genuino de las ideas de la libertad, debería reflexionar seriamente sobre cuál es la mejor manera de desmontar el sistema clientelar de “planes”. Y si la oposición republicana quiere ser relevante, debe recuperar sus propias banderas.

El INCINI espera en algún archivo o en viejos borradores. Es hora de actualizarlo a los desafíos de la economía digital, y presentarlo como lo que siempre fue: el primer paso de una reforma estructural para una nación que se niega a condenar a su futuro antes de dejarlo caminar.

La amnesia política es una enfermedad costosa. A ese precio lo pagan millones de niños que no pueden esperar a que la dirigencia política recupere la memoria —o el coraje— para defender con convicción y lucidez lo que alguna vez propuso.

 

Publicado en el diario La Calle el 31 de mayo de 2025.

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