Por José Antonio Artusi
Concepción del Uruguay acumuló en silencio durante
décadas —con la tranquilidad característica de las ciudades del interior— una
masa crítica de capital humano, instituciones educativas, infraestructura
tecnológica y tradición cultural que hoy, en plena era de la economía del
conocimiento, la posiciona como uno de los polos emergentes más interesantes
del país.
En 1849 Justo José de Urquiza fundó aquí el
Colegio del Uruguay, la primera institución de educación secundaria laica de la
Argentina. Ese acto fundacional no fue casual: expresaba una convicción de que
el progreso de un país se construye con educación y ciencia. Ciento setenta y
siete años después, esa convicción puede seguir siendo el ADN uruguayense.
La tradición educativa no quedó congelada en
el siglo XIX. Concepción del Uruguay tiene hoy cuatro universidades en
funcionamiento, con una trayectoria propia que completa un ecosistema académico
notable para una ciudad de su escala. Cuatro casas de altos estudios en una
localidad de menos de cien mil habitantes es una densidad universitaria que
pocas ciudades intermedias del país pueden exhibir. A ese tejido académico se
suman el INTA y el INTI, dos organismos que anclan la investigación aplicada y
el desarrollo tecnológico en el territorio.
Una ciudad universitaria genera, casi
inevitablemente, un ecosistema. Genera profesionales que en muchos casos
deciden quedarse o volver. Genera emprendedores que convierten el conocimiento
en productos y servicios. Genera una cultura de la formación continua, del
debate intelectual, de la apertura a lo nuevo.
En los últimos años, ese ecosistema se ha ido
articulando de maneras más visibles. El sector del software ha crecido
sostenidamente. Empresas de desarrollo, consultoras tecnológicas y estudios de
diseño digital han encontrado en Concepción del Uruguay condiciones favorables:
recursos humanos calificados producidos por las universidades locales, costos
operativos significativamente menores que en las grandes ciudades, y una
calidad de vida que retiene talento. El trabajo remoto aceleró esta dinámica:
el profesional que antes debía emigrar a Buenos Aires, Córdoba o Rosario para
desarrollar su carrera, hoy puede hacerlo desde aquí, con conectividad y con
las comodidades de una ciudad a escala humana.
La zona franca de Concepción del Uruguay
agrega una dimensión estratégica al cuadro. Con beneficios impositivos y
aduaneros, facilita la radicación de empresas con proyección internacional,
simplifica la logística de exportación de servicios y bienes, y atrae
inversiones que en otras condiciones irían a destinos más costosos. Para la
economía del conocimiento —que produce servicios exportables de alto valor
agregado y bajo peso físico—, una zona franca bien aprovechada es una ventaja
competitiva de primer orden. La zona franca puede jugar aquí un rol
determinante: facilitar la importación de equipamiento tecnológico, reducir la
carga fiscal sobre las operaciones y permitir estructuras societarias que
favorezcan la inversión extranjera directa.
Tenemos los elementos para poner en marcha el
famoso "triángulo de Sábato" (Estado, Universidad y Empresa)
funcionando de manera armónica y sinérgica.
La expansión global de la inteligencia
artificial, el procesamiento masivo de datos, la automatización de procesos productivos
y otros desarrollos tecnológicos están generando una demanda extraordinaria de
infraestructura digital: data centers, laboratorios de inteligencia artificial,
centros de procesamiento y análisis.
Los factores que hacen atractiva a una ciudad
para este tipo de inversiones son precisamente los que Concepción del Uruguay
puede ofrecer. Uno de esos factores se la disponibilidad de energía eléctrica:
la ciudad está en una zona con acceso a la red de alta tensión y estabilidad en
el suministro, condición indispensable para operaciones que no toleran cortes. Otro,
la conectividad: el desarrollo de las redes de fibra óptica y las mejoras en la
infraestructura de telecomunicaciones han acortado la distancia digital entre
el interior y los grandes centros urbanos. Adicionalmente, disponibilidad de
suelo con las características técnicas y urbanísticas adecuadas, a valores muy
inferiores a los de las grandes ciudades.
Hay además un factor que se volverá cada vez
más determinante: el agua. Los data centers son grandes consumidores del
recurso, que utilizan principalmente para refrigeración. Concepción del Uruguay
cuenta con infraestructura de captación y tratamiento consolidada. Esa
disponibilidad hídrica, que en otras latitudes ya es un factor limitante para
la instalación de centros de procesamiento, aquí es una ventaja estructural.
Pero la ecuación puede ir más lejos: el calor residual que generan los data
centers —un subproducto que hoy se disipa sin aprovechamiento— abre
posibilidades concretas de valorización. Puede orientarse a procesos
agroindustriales que requieren temperatura controlada o a ciclos de generación
termoeléctrica que devuelvan parte de esa energía a la red. Integrar la
infraestructura digital con la matriz productiva y energética del territorio no
es ciencia ficción: es ingeniería aplicada, y es exactamente el tipo de
innovación sistémica que la ciudad podría desarrollar.
Otro factor es el capital humano. Un data
center no es solo hardware: requiere ingenieros, técnicos, administradores de
sistemas, especialistas en ciberseguridad. Una ciudad con cuatro universidades
y una tradición de formación técnica produce exactamente ese perfil
profesional. Y otra ventaja es la tranquilidad y la seguridad. Los centros de
datos y los laboratorios tecnológicos necesitan entornos seguros, con baja
conflictividad social. Concepción del Uruguay, con sus buenos indicadores de
seguridad pública puede ofrecer ese entorno.
Los trabajadores del conocimiento
—desarrolladores, científicos de datos, diseñadores, investigadores— valoran
cada vez más la posibilidad de vivir en ciudades donde el tránsito no los
consuma, donde sus hijos puedan ir a escuelas de calidad, donde los hospitales
funcionen, donde exista vida cultural y recreativa, y donde el costo de vida
permita una existencia digna.
Concepción del Uruguay ofrece exactamente eso.
Tiene un hospital de referencia regional, con servicios de especialidades que
exceden lo esperable para una ciudad de su escala. Tiene una oferta educativa
—desde el nivel inicial hasta el universitario— que es uno de sus activos más
consolidados. Tiene teatros, museos, clubes, espacios verdes, atractivos
turísticos envidiables. Es obvio que hay muchísimo por mejorar, pero tiene esa
dimensión justa en la que todavía es posible conocer a los vecinos, llegar al trabajo
en bicicleta y tomarse un café tranquilo frente a la plaza Ramírez.
Y tiene algo más: la proximidad. Está a menos
de cuatro horas de Buenos Aires, a distancia razonable de Rosario, Montevideo y
Porto Alegre. No es un lugar aislado; es un lugar tranquilo con acceso al
mundo.
Las ciudades que logran posicionarse en la
economía del conocimiento no lo hacen por accidente ni por la simple
acumulación de activos. Lo hacen porque en algún momento sus dirigentes asumen que
el desarrollo no es un resultado espontáneo sino el producto de políticas
deliberadas, planificadas y sostenidas en el tiempo
Concepción del Uruguay tiene los ingredientes.
Tiene historia, tiene instituciones, tiene capital humano, tiene
infraestructura y tiene calidad de vida. Lo que todavía falta es la
arquitectura institucional que permita convertir ese potencial en desarrollo
concreto: una estrategia de largo plazo que trascienda los ciclos electorales,
mecanismos de articulación entre las universidades y el sector productivo,
incentivos sostenidos para la radicación de inversiones tecnológicas, y una
gestión activa de la zona franca orientada específicamente a la economía del
conocimiento.
Sin esa construcción política e institucional,
los activos seguirán siendo potencial. Y el potencial puede ser la forma más
elegante de nombrar una oportunidad que no se aprovechó.
Publicado en el diario La Calle el 19 de abril
de 2026.








