Por José Antonio Artusi
Hace 156 años, el 20 de
septiembre de 1870, los cañones del general Raffaele Cadorna abrieron un
boquete en la muralla Aureliana, cerca de la Porta Pía, en Roma. Por ahí
entraron los bersaglieri del ejército del recién nacido Reino de Italia, y con
ellos terminó el poder temporal de los papas en Italia. Roma —la Roma de los
Estados Pontificios, la de los tribunales eclesiásticos y el índice de libros
prohibidos— dejaba de ser una teocracia para convertirse en capital de un
Estado laico. De ahí viene que esta fecha se conmemora en algunos lugares del
mundo como el Día de la Libertad de Expresión del Pensamiento.
Aquella acción militar, que
consumó la unificación italiana y puso fin al poder temporal de los Estados
Pontificios, trascendió las fronteras del mapa europeo para convertirse en una
encrucijada conceptual de la modernidad. No se trató meramente de una disputa
territorial ni de un alineamiento de fronteras geopolíticas: fue la victoria
simbólica del Estado laico, de la tolerancia plural y de la autonomía del
individuo frente al absolutismo dogmático.
Lo que se derrumbó aquella
mañana en la muralla Aureliana no fue solamente un régimen político particular,
sino una cierta manera de entender la relación entre la autoridad y la verdad:
la idea de que existe un poder con derecho a fijar lo que se puede pensar,
decir e imprimir. Contra esa pretensión, que reaparece bajo disfraces nuevos en
cada generación, se erige el 20 de septiembre como fecha simbólica de la razón
emancipada del dogma. No hace falta ser anticlerical —yo no lo soy— para
reconocer que aquella Brecha significó, en los hechos, la ampliación del
espacio de la conciencia individual frente a cualquier autoridad que pretenda
monopolizar la verdad.
Conviene no confundir esta
celebración con otras efemérides. No se trata del Día Mundial de la Libertad de
Prensa impulsado por las Naciones Unidas y la UNESCO (que se recuerda el 3 de
mayo, en memoria de la Declaración de Windhoek), sino de una conmemoración de
raíz laica y liberal, vinculada al librepensamiento y a la tradición
republicana que separa Iglesia y Estado. Su sentido original es
político-filosófico: reafirmar que nadie debe ser hostigado por lo que piensa,
dice o escribe, y que la diversidad de opiniones es condición de una sociedad
abierta.
La libertad de expresión no es
una concesión graciosa del poder ni un privilegio otorgado por las mayorías
circunstanciales. Es un derecho humano fundamental, anterior y superior al
Estado mismo, indisociable de la dignidad de la persona. Presupone la facultad
indeclinable de dudar, de discrepar, de investigar y de difundir información e
ideas sin persecuciones ni cortapisas de ningún tipo.
No es casual que la generación
argentina que catorce años más tarde sancionó la ley 1420 de educación común, y
más tarde el Registro Civil y el matrimonio civil, bebiera de fuentes muy
parecidas a las que alimentaron a los bersaglieri que entraron por Porta Pía. Aquella
dirigencia liberal y progresista del ochenta entendía la secularización del
Estado no como una cruzada contra la fe de nadie, sino como la condición de
posibilidad de la libertad de todos: solo un Estado que no impone una ortodoxia
puede garantizar que cada cual profese la suya, o ninguna, sin quedar por ello
sometido a alguna forma de discriminación que vulnere la igualdad.
La libertad de pensamiento no
consiste solamente en el derecho a expresar aquello que pensamos. Es algo
bastante más profundo: es el derecho a pensar. A dudar. A preguntar. A cambiar
de opinión. A buscar argumentos. A equivocarnos. A escuchar al adversario. A
revisar nuestras propias convicciones. Y, sobre todo, a no aceptar como verdad
obligatoria aquello que una autoridad, cualquiera sea, pretende imponer como
tal.
La civilización moderna no
nació de la unanimidad. Nació, en buena medida, de la rebelión contra ella. El
progreso humano ha sido posible porque hubo hombres y mujeres que se atrevieron
a formular preguntas incómodas, a desafiar dogmas, a discutir tradiciones, a
cuestionar privilegios y a sostener opiniones que en su tiempo eran
consideradas absurdas, peligrosas o incluso heréticas. John Stuart Mill argumentó
que una sociedad que silencia una opinión no solamente perjudica a quien la
sostiene: se perjudica a sí misma, porque pierde la posibilidad de contrastar
sus propias certezas.
De allí que la libertad de
expresión no sea un adorno de las democracias republicanas. Es una de sus
condiciones de existencia. La Declaración Universal de los Derechos Humanos lo
expresó con admirable claridad en su artículo 19: toda persona tiene derecho a
la libertad de opinión y de expresión, incluyendo el derecho a buscar, recibir
y difundir informaciones e ideas por cualquier medio.
Y tampoco se trata de un
derecho aislado. La libertad de pensamiento está íntimamente relacionada con la
libertad de conciencia, la libertad de culto, la libertad de prensa, el derecho
de reunión, el acceso a la información y, en definitiva, con la posibilidad
efectiva de participar en una sociedad democrática.
Sin embargo, a más de siglo y
medio de la gesta de la Porta Pía, las amenazas a la libertad de expresión del
pensamiento no se han disipado; simplemente han mutado de ropaje. Las antiguas
censuras de imprenta, los edictos absolutistas y los dogmas inapelables han
dado paso a desafíos contemporáneos tanto o más sofisticados y perniciosos.
Aquí es donde la conmemoración
de hoy deja de ser un capítulo de historia europea del siglo XIX para volverse
asunto nuestro y contemporáneo. Porque el dogmatismo no necesita demasiadas
condiciones para reproducirse. Cambia de vestuario y de lenguaje con una
facilidad asombrosa, y hoy se presenta con frecuencia disfrazado de virtud
progresista, de corrección política, de relativismo cultural, de sensibilidad
ofendida que exige silencio o tolerancia a la desvirtuación de la universalidad
de los derechos humanos en nombre de la paz social. La libertad de expresión
del pensamiento no muere solamente por decreto; muere también, y quizás sobre
todo hoy, por el cansancio de quien prefiere callar antes que arriesgarse al
escrache o la cancelación.
¿En cuántos países en pleno
siglo XXI la libertad de expresión del pensamiento y la libertad de culto están
formal o realmente amenazadas o vulneradas en nombre de fundamentalismos y
absolutismos, ya sea de raíz religiosa o ideológica? Más allá de la cantidad
exacta, son demasiados.
La libertad de expresión del
pensamiento no es un derecho adquirido de una vez y guardado en la Constitución
como una reliquia; es un músculo que se atrofia si no se ejercita, y que se
ejercita, precisamente, discutiendo con quien piensa distinto, y no solamente
celebrando entre iguales lo bien que pensamos todos nosotros.
Pero tampoco existe libertad
auténtica cuando solamente unos pocos tienen las herramientas para hacer uso de
ella. Un ciudadano sometido a la ignorancia, a la pobreza extrema o a la
dependencia clientelar difícilmente pueda ejercer plenamente sus derechos,
entre ellos el de expresar su pensamiento. La libertad requiere condiciones
materiales, y también requiere instituciones que la protejan y que garanticen
la igualdad de oportunidades. No hay contradicción entre ambas dimensiones. Al
contrario: se necesitan mutuamente.
La libertad de pensamiento,
como toda libertad verdadera, no se decreta ni se conquista de una vez: se
practica, se defiende y, sobre todo, se ejerce con la conciencia permanente de
que el que piensa distinto tiene el mismo derecho que nosotros, y que debemos
ser los primeros en defenderlo.
Publicado en el diario La
Calle el 20 de septiembre de 2026.









