Por José Antonio Artusi
Resulta fascinante —y a la vez profundamente desalentador—
observar la manera en que algunas ideas transformadoras caen en el sumidero del
olvido en la Argentina. El caso del Ingreso Ciudadano a la Niñez es quizás uno
de los ejemplos más curiosos de esa “amnesia política”. Lo que alguna vez fue
el corazón de una propuesta de vanguardia para combatir la pobreza estructural
y desarticular el clientelismo quedó reducido a un archivo que nadie recuerda.
Estamos hablando de una herramienta que
promovía equidad y autonomía. Sin embargo, los bloques legislativos de los
partidos que alguna vez lo propusieron han dejado hace mucho de reivindicarlo, mientras
la realidad social muestra indicadores estructurales de pobreza infantil que interpelan
a cualquier dirigente con sensibilidad ética y rigor técnico.
Para entender la magnitud de esta pérdida de
memoria, conviene recordar que el Ingreso Ciudadano a la Niñez no nació como un
parche asistencialista. En su ADN original, fue impulsado por la UCR y
sostenido luego por la Coalición Cívica, y más tarde por el PRO. El INCINI fue
concebido como una pieza clave de un sistema moderno de seguridad social. Llegó
a ser parte de la plataforma de Cambiemos. En la campaña de 2015 Mauricio Macri
prometió “universalizar la asignación por hijo” y al finalizar su
mandato en 2019 la cuenta de Twitter de la Casa Rosada sostuvo como un logro que
estábamos “más cerca del ingreso universal a la niñez”. Era verdad, la
AUH se había extendido a hijos de monotributistas, entre otras medidas. No era plenamente
universal, se podía ver el vaso medio lleno o medio vacío. Ambas opciones eran
mejores que no verlo.
La premisa era simple, pero disruptiva: un
piso de ingresos garantizado por el solo hecho de ser ciudadano; sin
intermediarios, sin punteros y sin la arbitrariedad de la “contraprestación”,
que muchas veces encubre servidumbre política. Empezando por donde hay que
empezar siempre, por los niños; pero claramente mostrándose como el primer paso
de un esquema integral de ingreso ciudadano que permitiera erradicar la
indigencia en la Argentina.
El proyecto representaba una ruptura con los
planes sociales focalizados y condicionados, que terminaron como emblemas del
clientelismo populista y las imposturas demagógicas. Proponer el Ingreso
Ciudadano, primero para los niños y después para todos, era apostar por la
libertad: reconocer que la dignidad no se otorga como una dádiva, sino que es
un derecho elemental que el Estado debe asegurar para que mercado y sociedad
civil funcionen sobre una base mínima de justicia. Era partir de aceptar que la
democracia republicana requiere de condiciones materiales para el ejercicio
pleno de la libertad por parte de todos sus ciudadanos.
¿Qué ocurrió con esa audacia intelectual? ¿En
qué momento la gestión de la coyuntura devoró la capacidad de pensar reformas
estructurales?
Uno de los errores más frecuentes en el debate
público argentino es suponer que el ingreso ciudadano pertenece en exclusiva ciertas
tradiciones de izquierda o al progresismo tradicional. Una mirada más amplia y
despojada de prejuicios nos podría mostrar que muchos de sus antecedentes más
sólidos y concretos se encuentran en tradiciones liberales y republicanas, y
hasta conservadoras.
Veamos por ejemplo algunos antecedentes de la
cuestión en Estados Unidos.
El Impuesto Negativo a la Renta de Milton
Friedman. El Premio Nobel ídolo de ultraliberales no proponía un sistema
asistencial burocrático; planteaba una transferencia directa como mecanismo
eficiente y menos distorsivo para eliminar la pobreza, al tiempo que reducía la
maquinaria burocrática del Estado de bienestar, muchas veces más orientado a
defender los intereses de esa propia burocracia que los de sus supuestos
beneficiarios.
El plan de Richard Nixon. Un gobierno
republicano logró media sanción en la Cámara de Representantes del Family
Assistance Plan en 1970. De haberse convertido en ley, habría establecido un
piso federal de ingresos para familias con niños. No era exactamente lo que hoy
se conoce como “ingreso básico universal”, pero marchaba decididamente en esa
dirección.
El Fondo Permanente de Alaska. El caso más
exitoso y vigente: un gobierno republicano diseñó un sistema por el cual parte
de las regalías petroleras se distribuyen anualmente de manera igualitaria entre
todos los ciudadanos. No como caridad, sino como dividendo social derivado de
la propiedad común de los recursos naturales.
La visión de Elon Musk y Sam Altman. Plantean
que algún tipo de ingreso universal será una necesidad frente a la
automatización y la inteligencia artificial. No desde el sentimentalismo, sino
desde el pragmatismo económico: preservar demanda, estabilidad social y
funcionamiento sistémico. Elon Musk va aún más allá, plantea que el ingreso
universal podrá ser “alto”, no “básico”.
El problema de la Argentina actual es que el
debate se empantana en una falsa dicotomía: o un Estado elefantiásico,
ineficiente y discrecional que reparte migajas por intermediarios, o un ajuste
que ignora las condiciones de partida de los sectores más vulnerables.
El Ingreso Ciudadano a la Niñez rompe esa
trampa: Al ser universal, elimina el estigma de la miseria. Al ser
incondicional, elimina el poder de los intermediarios y rompe la “trampa de la
pobreza”. Al ser individual, empodera a la persona frente a las estructuras
corporativas.
No es solo una política social; es una
arquitectura institucional de libertad.
El INCINI podría financiarse con una reforma
tributaria que recuperara las rentas no ganadas del valor del suelo y de los
recursos naturales. Algunos están pensando en gravar también las rentas de la
inteligencia artificial. En ambos casos, no se trata de sacarle a unos para
darle a otros. Se trata de algo mucho más simple, de devolverle a cada uno lo
que es suyo. Además, obviamente, absorbería lo que hoy se gasta en la AUH, las
deducciones por hijos en el impuesto a las ganancias y las asignaciones
familiares.
Mientras el Partido Demócrata norteamericano y
muchos partidos social demócratas europeos se pierden en absurdas guerras
culturales ajenas al ciudadano común y pierden contacto con la realidad de sus
bases, la Argentina reformista y liberal no puede darse ese lujo.
Reivindicar el INCINI no es “volverse
populista”. Es recuperar una visión republicana de la seguridad social:
entender que no hay mercado libre posible si parte de la población nace
condenada a la desnutrición o a la falta de estímulos básicos. Es aceptar que
la libertad de elegir —tan invocada hoy— es una ficción sin medios materiales
mínimos para ejercerla.
Si el actual gobierno nacional pretende ser
heredero genuino de las ideas de la libertad, debería reflexionar seriamente
sobre cuál es la mejor manera de desmontar el sistema clientelar de “planes”. Y
si la oposición republicana quiere ser relevante, debe recuperar sus propias
banderas.
El INCINI espera en algún archivo o en viejos
borradores. Es hora de actualizarlo a los desafíos de la economía digital, y
presentarlo como lo que siempre fue: el primer paso de una reforma estructural
para una nación que se niega a condenar a su futuro antes de dejarlo caminar.
La amnesia política es una enfermedad costosa.
A ese precio lo pagan millones de niños que no pueden esperar a que la
dirigencia política recupere la memoria —o el coraje— para defender con
convicción y lucidez lo que alguna vez propuso.
Publicado en el diario La Calle el 31 de mayo
de 2025.


