Por José Antonio Artusi
Thomas Spence nació en Newcastle upon Tyne el
21 de junio de 1750 y murió en Londres el 8 de septiembre de 1814. La historia lo
trató con injusta indiferencia. No porque sus ideas hayan sido refutadas, sino
porque resultaron demasiado incómodas para demasiados intereses a la vez. Pasó
buena parte de su vida adulta en los márgenes de la legalidad y frecuentemente
en la miseria, vendiendo panfletos en la calle, sufriendo encarcelamientos y
acumulando una obra que sus contemporáneos apenas toleraron y que la posteridad
tardó mucho en rescatar.
Sin embargo, Spence formuló con notable
claridad el germen de dos ideas que hoy siguen siendo debatidas con plena
vigencia y que, bajo distintos nombres y con desarrollos mucho más elaborados,
reaparecen periódicamente en la discusión política y económica del siglo XXI:
el ingreso ciudadano y el impuesto al valor del suelo libre de mejoras como
tributo único. Wikipedia lo presenta como “uno de los precursores del
socialismo en Gran Bretaña”, pero tal aseveración merece ser matizada. Sus
raíces intelectuales se nutren en realidad de un liberalismo radicalmente
republicano e igualitarista, incluyendo la igualdad de las mujeres y su derecho
al sufragio.
En noviembre de 1775, Spence leyó ante la
Sociedad Filosófica de Newcastle una conferencia que puede considerarse el
núcleo de toda su obra. La tesis central era sencilla pero radical en sus
consecuencias: originalmente la tierra – más tarde su valorización - no debía ser
objeto de apropiación privada, porque nadie la creó. La tierra es una herencia
común de todos los seres humanos, y su apropiación privada sin compensación
alguna para la comunidad constituye la raíz de casi todos los males sociales.
Esta idea no era completamente original. John
Locke había establecido que la apropiación privada de la tierra era legítima
siempre que quedara "suficiente y tan buena" para los demás,
condición que en la práctica nunca se cumplió. Spence radicalizó esa lógica: si
la condición lockeana no puede satisfacerse, entonces los que se apropiaron de
la tierra le deben una compensación permanente a quienes quedaron excluidos de
ella. No se trataba de abolir la propiedad privada en general, ni de
colectivizar los medios de producción. Se trataba de reconocer que el valor del
suelo —a diferencia del valor generado por el trabajo y la inversión— es una
creación social, no individual.
Spence propuso que las tierras de cada
parroquia fueran administradas colectivamente, que los ocupantes pagaran una
renta por su uso, y que lo recaudado se distribuyera en partes iguales entre
todos los miembros de la comunidad. Es decir: un dividendo universal financiado
por la captación de la renta del suelo. En lenguaje contemporáneo: ingreso
ciudadano financiado por el impuesto al valor del suelo. Dos ideas en una,
articuladas sinérgicamente.
Ninguna de las dos ideas murió con Spence.
Thomas Paine, que pudo haber conocido el pensamiento de Spence, publicó en 1797
“Agrarian Justice”, donde argumentó que todo propietario de tierra le debe una
compensación a la humanidad por haber privatizado lo que era común. Propuso un
fondo nacional financiado por un impuesto sobre la herencia de tierras, del que
todos los ciudadanos al cumplir veintiún años recibirían un pago único, y los
ancianos una renta anual.
Henry George llegó casi un siglo después, con
una elaboración mucho más sistemática. En “Progreso y Miseria”, publicado en
1879, George demostró con rigor analítico por qué el crecimiento económico
tiende a enriquecer a los propietarios del suelo sin que ellos hagan nada para
merecerlo, y a empobrecer en términos relativos a los que trabajan y producen.
Su propuesta fue gravar únicamente el valor del suelo —no las mejoras, no las
construcciones, no el trabajo ni el capital— con un impuesto suficiente para financiar
el gasto público. De ahí la denominación de "impuesto único". George
no llegó a articular explícitamente un ingreso ciudadano universal, pero varios
de sus seguidores sí lo hicieron, y la conexión lógica entre ambas ideas es
evidente.
Lo que en Spence era intuición y proclama
radical, en George se convirtió en sistema económico. Lo que en Paine era
argumento moral, en George se transformó en análisis de los mecanismos
concretos de la desigualdad.
Mientras Spence publicaba panfletos en Londres
y George todavía no había nacido, algo conceptualmente afín ocurría en Argentina.
En 1822, el entonces ministro Bernardino Rivadavia impulsó en la provincia de
Buenos Aires un régimen de enfiteusis para las tierras públicas, que la ley
nacional de 1826 extendió al resto del territorio. El principio era cercano al
de Spence: el Estado retenía la propiedad del suelo y quienes lo usufructuaban
debían pagar un canon anual calculado sobre su valor. La tierra no se vendía;
se cedía en uso a cambio de una renta. En ambos casos, la comunidad
—representada por el Estado o por la parroquia— conserva el dominio del suelo y
cobra por su utilización.
La diferencia decisiva estaba en el destino de
los fondos. Spence quería que la renta del suelo se distribuyera en partes
iguales entre todos los ciudadanos: era, en esencia, un ingreso ciudadano.
Rivadavia canalizaba la recaudación hacia el fisco, sin ningún mecanismo de
distribución universal.
El resultado, lamentablemente, fue el opuesto
al buscado: en lugar de colonización agrícola y distribución, la enfiteusis
rivadaviana, desvirtuada por quienes sucedieron a su creador, fracasó; y se aceleró
la formación de los grandes latifundios, que Rosas luego consolidaría al
convertir en propiedad plena lo que había sido concesión precaria.
Hoy, el ingreso ciudadano vuelve a estar en el
centro del debate. Lo impulsan razones que Spence no podía prever: la
automatización creciente del trabajo, la fragilidad de los sistemas de
seguridad social atados al empleo formal, la proliferación de formas precarias
de empleo, el impacto de la inteligencia artificial. Y lo respalda una
tradición intelectual que va de Bertrand Russell a Milton Friedman, que lo
propuso en clave liberal como impuesto negativo a la renta.
El
impuesto al valor del suelo libre de mejoras, por su parte, conserva una
actualidad que sorprende a quienes lo descubren. Es económicamente eficiente
porque no desincentiva ninguna actividad productiva: el suelo no se puede crear
ni destruir, no se puede mudar al exterior para eludir el tributo. Es
distributivamente justo porque captura una riqueza que la comunidad generó, no
el propietario. Y es racional porque desalienta la especulación y el
acaparamiento de tierras ociosas o subutilizadas.
Spence no proponía la abolición de la
propiedad privada. Proponía que la propiedad del suelo pagara lo que le debe a
la comunidad. Su pensamiento se inscribe en la tradición del republicanismo
igualitarista: la libertad no es real si no está acompañada de las condiciones
materiales que la hacen posible para todos, no solo para quienes tienen la
fortuna de haber heredado tierras o de haber llegado primero al reparto.
Thomas Spence vivió en una época en que los
cercamientos de tierras comunales expulsaban a miles de campesinos de sus
medios de vida, concentrando la propiedad en pocas manos y generando la masa de
trabajadores urbanos sin más recurso que su fuerza de trabajo. Frente a eso, no
propuso la socialización de los medios de producción. Propuso una reforma
estructural que devolviera a cada miembro de la comunidad lo que legítimamente
le pertenecía.
Publicado en el diario La Calle el 26 de abril
de 2026.








