Por José Antonio Artusi
Arturo Capdevila
nació en Córdoba el 14 de marzo de 1889 y murió en Buenos Aires el 20 de
diciembre de 1967. En 1913 se doctoró en Derecho y Ciencias Sociales en la
Universidad Nacional de Córdoba, en la que comenzó a desempeñarse como profesor.
También fue magistrado judicial. Formó parte de los círculos que apoyaron la
reforma universitaria. En 1922 se trasladó a Buenos Aires, donde continuó su
carrera literaria y académica, ejerciendo la docencia en la UBA y en la
Universidad Nacional de La Plata.
Poeta, dramaturgo,
novelista, ensayista, recibió el Premio Nacional de Literatura en 1920, 1923 y
1931, y el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en 1949.
Integró la Academia Argentina de Letras y la Academia Nacional de la Historia.
Si bien no tuvo una
actuación política destacada, se identificó con el radicalismo. Antes, en 1921
fue uno de los fundadores del efímero Partido Liberal Georgista. Oscar Muiño refiere
que “en 1930 un golpe militar derroca a Yrigoyen, disuelve el Congreso y
persigue a los yrigoyenistas. Muchos "radicales de mesa servida" se
alejan. También hay un cruce inverso; intelectuales como Ricardo Rojas y Arturo
Capdevila se afilian al radicalismo en desgracia”.
Más tarde la poesía
le servirá para reivindicar a Hipólito Yrigoyen:
… “Pastor de las
muchedumbres
Y albacea ante
los pueblos
de las cosas que
legaron
Rivadavia y Moreno”
…
El talento
literario, y el consiguiente reconocimiento, quizás opacaron la relevancia de
su pensamiento político y su labor historiográfica. Carmelo Bonet señaló en
1968 que “como al clásico, a Capdevila nada de lo humano le fue ajeno. No se
encerró en su torre de marfil. Vivió las inquietudes de su tiempo, sus
lacerantes problemas. En las primeras décadas del siglo se hablaba mucho de la
"cuestión social", herencia del siglo anterior, el siglo de Carlos
Marx. El meollo de esa cuestión era, y sigue siendo, la desigual e injusta
distribución de la riqueza.”
Capdevila fue uno
de los más entusiastas defensores y divulgadores de las ideas de Henry George
en la Argentina, llegando a emparentar su doctrina con el legado de Rivadavia. Bonet
refiere que “Henry George, "el profeta de San Francisco", el autor
de Progreso y miseria, quien pretendía nivelar las aguas sin acudir a la
violencia, al despojo brutal, al energumenismo tribunicio, a la "rebelión
de las masas", sino retocando la legislación, implantando lo que se llamó
"impuesto único". Nació así el georgismo, doctrina económica y
ecuménica, que llegó a tener vigencia en algunos países nuevos. Entre nosotros
fue una cruzada romántica y Capdevila - romántico español- estuvo desde el
principio en ella apoyándola con su solvencia moral, su prestigio de gran poeta
y de ideólogo sin compromisos ni anteojeras”.
En 1920, en
“Insurrexit”, en un artículo titulado “La Tierra”, Capdevila deja testimonio de
su identificación con el ideario de Henry George: “De todas las injusticias
que son ignominia y dolor de la perversa organización social que el Derecho
Romano impuso al mundo por medio de la Iglesia, es la mayor, a buen seguro, la
que resulta del monopolio del suelo en favor de una clase terrateniente, bajo
cuyo imperio el planeta se torna patrimonio comerciable de un mísero, pasajero
mortal…”.
En “América” (1926),
Capdevila traza un paralelismo entre Henry George y Rivadavia: “quieren una
sola y misma cosa: la libertad de la tierra, y con ella la grandeza efectiva de
las democracias, el último día del feudalismo, el reinado de la justicia
social, el pleno triunfo de la libre voluntad de cada hombre. Del Norte al Sur
se pueden alegrar las banderas fraternas con este signo de concordia y de paz. La enfiteusis rivadaviana - la que Rivadavia
ideó – y el principio georgista de la paulatina absorción de la renta,
constituyen el mismo reiterado evangelio. Acaso Rivadavia, segundo Colón, no
supo cuan dilatado era el mundo que descubría. George en cambio lo supo muy
bien. No hay otra diferencia entre los dos.” Continúa Capdevila enfatizando
que “tanta es la gloria de este gran Rivadavia, honor de América, tan
singular, que pueden considerarse como secundarias en su obra, iniciativas y
labores que exceden con mucho el patrimonio de otros que pasan por próceres.
Puede olvidarse todo, para saber no más cómo el quiso y dispuso que la renta
del suelo llegara a ser la única del Estado, en cuyo sistema ni se castigaría
más el trabajo con inicuas gabelas ni subsistirían las aduanas, esos fosos de
castillo sin ley. El quería, mediante su enfiteusis genial, “todos los efectos
benéficos de la propiedad privada de la tierra, sin ninguno de sus
inconvenientes, que son fundamentales”; y a tal efecto mandó que la tierra
pública no se vendiese ni donase ni cediese a ningún título, sino que se
entregase en largo arrendamiento, siempre renovable y transmisible sin laudemio
ni otra ninguna traba, de un enfiteuta a otro. Fijábase un cierto canon anual,
según el valor real de los fundos, y se establecía su revaluación de diez en
diez años. Por tal manera quería Rivadavia poblar los desiertos. Quería,
además, la propiedad del Estado amparando la posesión y el trabajo del hombre. Quería
la grandeza de la república en la riqueza del mayor número de ciudadanos.
Capdevila se
lamenta de que “Rivadavia no ha dejado herederos en su patria. Ni
legislador, ni gobernante, ni periodista, ni hombre en suma de poder o de
influencia se ha enamorado aún de sus ideas. Las creyeron de otra época.
Ignoraban que las verdades esenciales de la ciencia social, semejantes a las de
toda otra ciencia, no tienen época”. Y contrasta el legado rivadaviano con
la ominosa herencia rosista: “Rivadavia no dejó descendencia. Los
monopolizadores de Cádiz y Juan Manuel Rosas sí la dejaron. La inmensa mayoría
de los argentinos influyentes hallan muy bien lo que hizo el Restaurador; aquel
repartimiento de tierras a sus servidores…También les agrada aquella otra
proeza fiscal del Gran Rosas: aquellas mil y quinientas leguas bonaerenses,
puestas de venta por un solo decreto. Capdevila hace una aguda crítica de
la dirigencia de su época: “son muy sinceros demócratas, pero apuntalan el
feudalismo. Les ofende - tan feudales son – la idea de una república sin
impuestos; la idea de una república dueña de toda la renta de su suelo. Sonríen
a su teorización, y la tienen los unos por utópica, los otros por anárquica. Así
en más de una oportunidad hemos oído abominar del georgismo. Y se abominaba,
sabiendo o sin saber, del testamento de Rivadavia”.
Continúa Capdevila:
“Somos sólo algo más de diez millones de habitantes. Deberíamos ser
cincuenta millones cuando menos. Y no cincuenta millones de gente de alboroto y
de pobreza, sino cincuenta millones de gente afincada y rica, en fecundo y
patriótico disfrute de su campo, de su trabajo, de su libertad, de su
esperanza: que todo eso quiere el hombre y es lo menos que se le debe dar. Los
señores feudales no lo han querido. Rivadavia tendrá estatua, pero Rosas manda
de hecho. ¡Su cuchillo se salió con la suya!”. Ni cien años después la
Argentina ha llegado a tener cincuenta millones de habitantes. El Censo 2022
relevó menos de 46 millones.
Alejándose de
posturas colectivistas, señala que “ni Rivadavia ni Henry George quisieron
nunca una organización igualitaria, esa barbarie institucional. No aspiraban a
otra igualdad que a ésa de la identidad de oportunidades y de derechos en el
trabajo: la tierra libre, el trabajador dueño de sí, y después, a cada uno lo
suyo, lo equitativamente suyo, según la medida exacta de su diligencia, de su laboriosidad,
de su ingenio.”
Capdevila avizoró una
batalla fundamental que no se dio todavía sino tangencialmente, relegada por
otras: “proclamados los derechos del hombre, conseguida la forma
republicana, abolida la esclavitud, instituido el sufragio, la batalla decisiva
es la que se va a librar. Hay que elegirse puesto. Se acabaron los sofismas y
las suspicacias. Ya no hay argucia que valga. Ya conocemos las banderas y los
campamentos. Ya sabemos que las banderas son dos, solamente dos: la del
feudalismo y la del liberalismo democrático”. E imaginando una victoria del
liberalismo democrático expresó que “serán otros tiempos… La tierra será la
fuente segura de honestos y suficientes recursos.”
La cuestión del
petróleo como un recurso natural asimilable al suelo, no está ausente en el
texto de Capdevila, quien rescata la política de Yrigoyen: “! ¡Tenemos
petróleo en Comodoro Rivadavia!... Tres presidentes argentinos han probado
hasta el día las seducciones del americano del Norte; siendo el último el
presidente Irigoyen a quien correspondió la honra de desbaratar una combinada
ofensiva de amigos, capitalistas y políticos influyentes. ¡Tenga siempre la
República, presidentes que defiendan en la fuente de su petróleo la soberanía
nacional…!”
La elegancia
expresiva y la contundencia argumental refuerzan la vigencia sus palabras,
escritas hace cien años.
En 1927, consultado
por Caras y Caretas acerca de “¿Qué haría Ud. si fuese presidente de la
República?”, respondió: “Dos cosas haría: la primera, consecuente con
mis ideales georgistas, movilizar la tierra pública (y aún la otra)
restableciendo, para empezar, la genial ley de enfiteusis de Rivadavia. La
segunda: tal como se pregona en América, el libro que más me honra, ceñirme a
este principio: no contraer empréstitos”.
En1932 “Doctrina
Radical” publicó un artículo de Capdevila, un comentario de un libro de Villalobos
Domínguez. Capdevila se enorgullece de “resultar con veinte años de
antelación casi un precursor de tan insigne pensador como Villalobos Domínguez,
maestro de verdad en toda la extensión de la palabra, como lo queremos, como lo
necesitamos para nuestra definitiva doctrina radical”. Se evidencia así el
interés de Capdevila por convencer a sus correligionarios de incluir las ideas
georgistas en la doctrina y en los programas de gobierno del partido. Ese
esfuerzo, junto a otros, tuvo algún impacto, pero seguramente no el que
Capdevila habría anhelado.
Capdevila
interpretó a Henry George desde una clave liberal republicana, no socialista ni
revolucionaria. Para él, el problema central no era el mercado – por el
contrario, como George, reivindicaba el libre comercio y condenaba el
proteccionismo - sino la ilegítima apropiación privada de la renta del suelo
generada por la comunidad y las “gabelas inicuas” que castigaban a trabajadores;
corrompiendo la democracia y bloqueando la movilidad social y el desarrollo.
En 1930 en La
Prensa (“La renuncia de Rivadavia”), Capdevila plantea la hipótesis de lo que
la Argentina podría haber logrado si hubiera adoptado el programa rivadaviano: “podríamos
contar a esta altura de la historia y del destino con una Argentina muy
parecida en poderío y en desarrollo material a los Estados Unidos, sólo de
haber prosperado a tiempo las ideas políticas y los principios económicos del
grande hombre. Pero Rivadavia debió alejarse, y medio siglo tardó la República en
admitir y practicar lo esencial de su pensamiento político”. Sin embargo,
no rescatamos sus ideas económicas: “en cuanto a las lógicas derivaciones de
su pensamiento económico, nada anuncia una próxima adaptación. Al menos, en lo
tocante a la enfiteusis, han pasado más de cien años desde que su gobierno la
propusiera para movilizar la tierra pública. Sobrevino Rosas y ésta volvió a
ser lo que siempre fue: maleza y breña entre las manos fiscales, cuando no pasó
a engrosar bajo el dominio privado, los latifundios inconmensurables”.
Capdevila presenta
a Rivadavia como el “arquitecto de las nubes” que no pudo construir los planos
que pergeñó: “Lo cierto es que Rivadavia propuso genialmente las soluciones
que al fin se adoptaron: capitalización de Buenos Aires, constitución
ecléctica, presidencia nacional. Así dejó listos los planos de la nacionalidad”.
Otras cosas no se
lograron, o sólo se concretaron a medias: “ese ideal político vigorosísimo
de restaurar la riqueza, fomentar la población, cultivar la tierra, levantar la
industria y abrir nuevas rutas al comercio, es el ideal que Rivadavia recoge.
De este modo él se propone primero que nadie colonizar y poblar los territorios
inmensos. Poblar colonizando, y no poblando por poblar; poblar mejorando la
agricultura, y cultivando las zonas que piden grano, y favoreciendo a la clase
trabajadora…”.
El historiador analítico
y narrador elocuente se presenta con toda su fuerza en “¿Quién vive? ¡La
libertad!”, artículo publicado en “Columna” en 1937. Capdevila se imagina a los
gobernadores hasta ayer rosistas, tras Caseros, viajando en diligencias rumbo a
San Nicolás. Condena al régimen rosista, una tiranía que, “finalmente, no
había servido para nada: ni para organizar el país, y mucho menos para que
recobrase la patria, como tanto se dijo, los límites del antiguo virreinato. Un
despotismo de gaucho bruto, que para peor no era gaucho: eso había sido todo, a
fin de cuentas. Un despotismo ejercido sobre la previa abolición de toda
dignidad, personal, civil o política… ¿Qué había venido a ser, en último
análisis, toda la obra de Rosas? ¿En qué había consistido hasta el último día? En
una minuciosa barbarie; en haberle creado a la República “inmensas
dificultades”, en haber sido el permanente obstáculo “a su tranquilidad, orden
y futuro engrandecimiento”. Un solo criminal abusó, y en el fondo, un ficticio
poder. Bien se lo había dicho Urquiza a todos ellos en su circular famosa.
Degradación, dictadura, una exhibición sangrienta de años y años, usurpación…”.
Los gobernadores
“llegaban tarde, pero llegaban. No les cupo la gloria de estar en Caseros como
sus hermanos de Entre Ríos y Corrientes. Temblaron hasta el último día delante
de Rosas y sus turbas. No quisieron, no supieron participar de aquel paseo
militar a que los invitara el litoral: “aquel grato compromiso contraído ante
la civilización del mundo”. Pero allá iban. No por excelentes, no por buenos, sino
tan sólo porque el vencedor de Caseros quería “reedificar el grandioso edificio
de la organización nacional, utilizando hasta sus escombros”.
Fuentes:
Capdevila , Arturo . "¿Quien vive? !La Libertad!" Repertorio
Americano , 7 Agosto , 1937.
Capdevila , Arturo. "La apropiación social de la
tierra." Repertorio Americano , Diciembre 24, 1932.
Capdevila, Arturo . "La tierra." Insurrexit,
Diciembre 9, 1920.
Capdevila, Arturo. América . Buenos Aires: M. Gleizer,
1926.
—. Musa Cívica. Raigal , 1951.
Carmelo , M. Bonet. "Homenaje a Arturo Capdevila." Academia
Argentina de Letras. 1968.
https://www.letras.edu.ar/wwwisis/index/arti/Boletin1968-129-130_265-276.pdf.
De Lucía , Daniel Omar. "Luz y verdad. La imagen de la
revolución rusa en las corrientes espiritualistas." El Catoblepas.
Septiembre 7, 2002. https://www.nodulo.org/ec/2002/n007p08.htm.
Muiño, Oscar. "¿Cómo le fue a los radicales que apoyaron
gobiernos ajenos?" El Economista. Febrero 29, 20245.
https://eleconomista.com.ar/politica/como-le-fue-radicales-apoyaron-gobiernos-ajenos-n71386/amp.
Repertorio Americano. "¿Qué haría
Ud. si fuese presidente de la República?" Septiembre 17, 1927.
Publicado en el diario La Calle el 8 y el 15 de febrero de 2026.

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