Por José Antonio Artusi
Se
cumplen 508 años de la “epidemia de baile de Estrasburgo”. El 5 de julio de
1518 ocurrió en esa ciudad, que formaba parte entonces del Sacro Imperio Romano
Germánico, uno de los episodios más extraños y desconcertantes de la historia
europea. Ese día, según las crónicas de la época, una mujer comenzó a bailar en
una calle de la ciudad sin que hubiera música, celebración, ni ningún motivo
aparente. Lo hizo durante horas. Luego durante días. Y, para sorpresa de todos,
otras personas comenzaron a imitarla. O, más precisamente, a contagiarse de su
conducta.
Lo
que empezó con una sola persona terminó convirtiéndose en un fenómeno colectivo
que involucró a decenas y posiblemente cientos de habitantes. Durante semanas
bailaron sin descanso, hasta el agotamiento físico. Algunos sufrieron desmayos,
ataques cardíacos o accidentes cerebrovasculares. Según ciertos relatos, hubo
incluso quienes murieron.
La
historia ha pasado a la posteridad como la “epidemia de baile de 1518” o “la
plaga danzante de Estrasburgo”. Y más de cinco siglos después sigue sin existir
una explicación definitiva que satisfaga completamente a historiadores, médicos
y psicólogos.
Estrasburgo
hoy pertenece a Francia. En aquella época era una importante ciudad comercial
situada en una región atravesada por tensiones políticas, conflictos religiosos
y frecuentes dificultades económicas.
Los
años previos a 1518 habían sido particularmente duros. Malas cosechas, hambre,
enfermedades y pobreza castigaban a buena parte de la población. La expectativa
de vida era baja. Las epidemias eran recurrentes. La medicina apenas podía
ofrecer respuestas frente a muchos sufrimientos.
En
ese contexto apareció la figura de una mujer identificada en algunas fuentes
como Frau Troffea. Según los cronistas, comenzó a bailar de manera compulsiva
en una calle de la ciudad. No parecía disfrutarlo. No se trataba de una danza
festiva. Más bien parecía incapaz de detenerse.
Al
cabo de algunos días ya eran varias decenas las personas que se encontraban en
la misma situación. Las autoridades locales, desconcertadas, recurrieron a los
conocimientos médicos disponibles. Y aquí la historia adquiere un matiz todavía
más singular.
Los
médicos concluyeron que los afectados padecían una especie de exceso de “sangre
caliente”, de acuerdo con la teoría de los humores dominante en la medicina
medieval. La solución propuesta fue permitirles seguir bailando hasta expulsar
ese exceso.
Consecuentemente,
las autoridades organizaron espacios especiales para que los afectados
continuaran bailando. Contrataron músicos e incluso habilitaron escenarios.
Vista
desde el siglo XXI, la decisión parece absurda. Sin embargo, respondía a los
conocimientos científicos disponibles en ese momento. Resulta fácil burlarse de
los errores del pasado; más difícil es recordar cuántas de nuestras propias
certezas actuales serán probablemente consideradas extravagancias dentro de
quinientos años. La intervención produjo el efecto contrario al esperado. El
fenómeno continuó expandiéndose.
El
Concejo de Estrasburgo no actuó con maldad ni con estupidez. Actuó, dentro del
marco teórico disponible en su época, de manera razonable: consultó a los
expertos médicos del momento, siguió sus recomendaciones, invirtió recursos
públicos en una solución. Y esa terapia, basada en un diagnóstico equivocado de
raíz, no hizo más que empeorar las cosas. ¿Cuántas políticas públicas
contemporáneas responden a la misma lógica? ¿Cuántas veces tratamos síntomas
sin entender la enfermedad real, y terminamos —con la mejor de las intenciones
— agravando aquella patología que pretendíamos curar?
La
explicación sobrenatural apareció rápidamente. Muchos habitantes creían que se
trataba de una maldición vinculada a San Vito, un mártir cristiano asociado en
la tradición popular a ciertos trastornos nerviosos y movimientos
involuntarios. Los afectados fueron finalmente trasladados a un santuario
dedicado al santo, donde recibieron rituales religiosos destinados a poner fin
al supuesto castigo.
Y,
curiosamente, el fenómeno comenzó a desaparecer. Desde entonces las
interpretaciones se han multiplicado. Una de las hipótesis más difundidas
durante mucho tiempo sostuvo que los afectados habían consumido centeno
contaminado con un hongo denominado cornezuelo, capaz de producir sustancias
químicas relacionadas con el ácido lisérgico, precursor del LSD.
La
teoría tiene atractivo porque parece ofrecer una explicación biológica
concreta. Sin embargo, presenta dificultades importantes. Las intoxicaciones
por cornezuelo suelen provocar convulsiones, delirios y otros síntomas, pero
resulta difícil imaginar a cientos de personas bailando coordinadamente durante
días enteros bajo sus efectos.
La
mayoría de los investigadores contemporáneos considera hoy más probable otra
interpretación. Según esta perspectiva, Estrasburgo habría sido escenario de un
caso extremo de histeria colectiva o enfermedad psicógena masiva. El término se
refiere a fenómenos perfectamente documentados en diversos momentos de la
Historia, en los que grupos humanos desarrollan síntomas reales sin que exista
una causa orgánica identificable.
El
estrés, el miedo, la incertidumbre y determinadas creencias culturales pueden
producir manifestaciones sorprendentes. Existen numerosos ejemplos históricos.
En distintas épocas se han registrado episodios de risas incontrolables,
desmayos colectivos, supuestos envenenamientos inexistentes o síntomas que se
propagaban rápidamente entre comunidades enteras.
No
deja de resultar interesante observar que el fenómeno ocurrió precisamente en
un período de profundas transformaciones culturales. Europa se encontraba a las
puertas de la Reforma protestante. Apenas un año antes, en 1517, Martín Lutero
había difundido sus famosas tesis en Wittenberg. Viejas certezas y paradigmas comenzaban
a resquebrajarse. Nuevas ideas se expandían. El mundo medieval estaba entrando
lentamente en crisis.
Quizás
no sea casual que un episodio de comportamiento colectivo aparentemente
irracional surgiera en medio de semejante contexto de incertidumbre.
La
historia de Estrasburgo también invita a reflexionar sobre nuestra tendencia a
considerar irracionales las conductas del pasado mientras ignoramos las formas
contemporáneas de contagio social. Las redes sociales han multiplicado
exponencialmente la velocidad con la que circulan emociones, creencias y
comportamientos. Rumores falsos pueden expandirse en cuestión de minutos.
Miedos colectivos pueden desencadenar reacciones masivas. Tendencias absurdas
adquieren alcance global casi instantáneamente.
Naturalmente,
nadie sale hoy a bailar durante semanas por las calles de una ciudad. Pero no
es difícil encontrar ejemplos de conductas colectivas que, observadas desde
cierta distancia histórica, podrían parecer igualmente extrañas.
La
diferencia fundamental quizás no resida en la naturaleza humana sino en el
contexto tecnológico. Por eso la epidemia de baile de 1518 conserva una
vigencia inesperada. No se trata solamente de una curiosidad histórica
destinada a alimentar programas televisivos sobre misterios del pasado.
Constituye también una ventana para comprender mejor cómo funcionan las
sociedades, cómo se construyen las creencias colectivas y hasta qué punto somos
influenciables.
La
historia está llena de episodios que parecen inexplicables hasta que advertimos
que detrás de ellos se encuentran personas reales enfrentando problemas concretos,
con los conocimientos y herramientas de su tiempo.
Los
habitantes de Estrasburgo no eran más crédulos ni más irracionales que
nosotros. Simplemente interpretaban el mundo a partir de marcos culturales
diferentes.
Cinco
siglos después, la imagen de aquellas personas bailando hasta el agotamiento
nos recuerda una verdad incómoda: la frontera entre la razón y la
irracionalidad colectiva es mucho más delgada de lo que nos gusta admitir.
La
epidemia de baile de Estrasburgo habla también de nosotros. De nuestros miedos,
nuestras creencias, nuestras obsesiones y nuestra necesidad de encontrar
sentido en medio de la incertidumbre.
Recordar
el 5 de julio de 1518 no es un ejercicio de curiosidad arqueológica. Es una
forma de preguntarnos qué escenarios estamos construyendo hoy para males que no
entendemos. Qué epidemias silenciosas estamos alimentando por no mirar de
frente sus causas.
Publicado
en el diario La Calle el 5 de julio de 2026.
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