martes, 20 de octubre de 2026

JUAN MIGUEL SERÓ

Por José Antonio Artusi

Juan Miguel Seró nació en Paysandú el 29 de septiembre de 1856 y murió en Buenos Aires el 14 de febrero de 1921. Su padre, Juan Seró y Gené, era catalán, y su madre, Gertrudis Pérez, sanducera. Se trasladó muy joven a la Argentina, donde obtuvo la ciudadanía. Se casó en Paraná el 23 de junio de 1890 con Carmen Mantero Cabral, hija de Juan Antonio Mantero Camps. En 1878 fue iniciado en la masonería en la Logia “Jorge Washington” de Concepción del Uruguay.

El 5 de diciembre de 1880 fue electo municipal suplente, y al año siguiente fue reelecto. La presidencia de la municipalidad recayó en ese período en el coronel Pedro Melitón González.    

En 1883 su suegro, Juan Antonio Mantero, fue designado ministro de Hacienda, Justicia e Instrucción Pública por el gobernador Eduardo Racedo. Renunció al poco tiempo, en disconformidad con la decisión de trasladar la capital de la provincia de Entre Ríos desde Concepción del Uruguay a Paraná, y se convirtió en uno de los principales dirigentes que intentaron vanamente impedir tal decisión, que se plasmaría en la reforma constitucional de ese año. Juan Miguel Seró fue uno de los que se sumó activamente a tal movimiento.

Oscar Fernando Urquiza Almandoz refiere que “cuatro días después que se decretó el traslado de la capital, fue descubierto un plan subversivo, bastante semejante en su organización al realizado por los jordanistas en 1870. Varios individuos, algunos de ellos reclutados en Paysandú, debían asesinar a Racedo, cuando éste se dirigiera desde su despacho a su domicilio… Al parecer el plan fue denunciado por uno de los conjurados, lo que permitió la adopción de rápidas y severas medidas de seguridad, que hicieron fracasar el complot. Entre otros, fueron sindicados como dirigentes al doctor Anastasio Cardassy, ex convencional por Concepción del Uruguay, y los señores Seró, Escobar, Mariño, Pérez Colman y otros”.

Continúa Urquiza Almandoz: “Descubierta la conjuración, la policía se lanzó en procura de detener a los posibles complicados en el suceso, pero la mayoría logró escapar a la vecina localidad uruguaya de Paysandú. Tanto es así que tres meses más tarde, los periódicos de Concepción del Uruguay publicaron el siguiente edicto judicial: “Por disposición de S. S. el Juez de primera instancia en lo Civil y Criminal de esta circunscripción judicial, doctor Marciano E. Torres, se citan, llaman y emplazan a los procesados Juan M. Seró, José G. Mariño, Paulino Escobar, Luis Pérez Colman, José Miño,  Juan Celay y Anastasio Cardassy, para que dentro del término de treinta días a contar desde la fecha se presenten a la cárcel pública de esta ciudad y a disposición de este Juzgado a contestar a los cargos que se les hagan por el delito de asesinato proyectado en la persona del Gobernador de la Provincia, general Eduardo Racedo, y de no comparecer quedarán sujetos a la pena correspondiente, siguiéndoles la causa de oficio”. Es de imaginar el poco eco que tuvo la convocatoria… Pero de cualquier manera, y por fortuna, el crimen político no maculó esta vez la tierra entrerriana”.  

Juan Miguel Seró es conocido sobre todo por haber fundado Villa Mantero, localidad del departamento Uruguay.

En 1883 una ley provincial autorizó la construcción y explotación de una línea de ferrocarril que uniera Concepción del Uruguay con Paraná, pasando por Rosario del Tala y Nogoyá. La empresa contratada para realizar las obras fue la firma Lucas González y Cía. En julio de 1887 la línea quedó habilitada, lo que significó un notorio avance en el transporte de carga y de pasajeros entre ambas costas de la provincia. En el kilómetro 235,65 se ubicó la estación Primero de Mayo, la siguiente a Basavilbaso en dirección a Concepción del Uruguay.   

Tras la crisis económica de 1890, y ante las dificultades para cubrir la deuda que se había contraído para costear la obra, el gobernador Sabá Hernández fua autorizado a negociar con el gobierno nacional la transferencia, cesión o venta de la línea férrea. Es así como en 1892 el Ferrocarril Central Entrerriano pasa a manos de la sociedad británica The Entre Ríos Railways Company Limited, con sede en Londres, por ser la propietaria de los títulos del empréstito que había permitido financiar las construcciones.          

Viviana Elizalde, Sergio Elizalde, Luis Cherot y Abel Sellanes, señalan en su Historia de Villa Mantero que “por ley del 6 de octubre de 1885 se declaró de utilidad pública la expropiación de una legua cuadrada a cada costado de la vía del Ferrocarril Central Entre-Riano para ser colonizados en los puntos designados para las estaciones intermedias. Elegidos los terrenos por el Poder Ejecutivo de acuerdo con el Departamento Topográfico, se notificaba a los propietarios para que en el término de los noventa días siguientes manifiesten si optan por la colonización o se someten a la expropiación. En cumplimiento de esta disposición y de conformidad con las instrucciones recibidas del Departamento Topográfico para el trazado del Pueblo y Colonia en la Estación Primero de Mayo… se trasladó el agrimensor Pablo Avila, quien procedió a realizar los cálculos astronómicos para determinar la variación de la aguja, que aplicada al rumbo verdadero de Norte 45º Este, que es el deben correr las calles de la referida Colonia”.

Obsérvese que el criterio original planteado para el trazado urbano habría arrojado como resultado una disposición de calles y manzanas “a medio rumbo”, vale decir en el que las calles no correrían de Norte a Sur y de Este a Oeste, sino giradas 45º con respecto a los puntos cardinales, tal como sucede, por ejemplo, en Villa Elisa. Se dejaba de lado de esa manera el criterio tradicional, proveniente de las Leyes de Indias y con antecedentes en la antigüedad clásica, en el que el damero se ordena con los ejes Norte Sur y Este Oeste, tal como se hizo, por brindar otro ejemplo, en las ciudades que fundó Tomás de Rocamora a fines del siglo XVIII: Concepción del Uruguay, Gualeguay y Gualeguaychú.     

Continúan los referidos autores señalando que “terminado el amojonamiento de las chacras realizó la subdivisión del terreno que debía servir para la planta del futuro pueblo… en manzanas de a cien metros por costado, divididas entre sí por calles de veinte metros de ancho. La plaza principal estaría constituida por las cuatro manzanas del centro, destinándose también manzanas que servirían para edificios públicos, situados a ambos lados de la plaza principal.”     

Los autores de la Historia de Villa Mantero se preguntan “¿por qué esta disposición no se llevó a cabo?”. Y se inclinan a pensar que “la causa por la cual no se llevó a cabo este proyecto es que no hubo acuerdo por parte de los propietarios de optar por la colonización y tampoco decisión del Poder Ejecutivo de expropiar las tierras elegidas”.   

El 23 de julio de 1893 Juan Miguel Seró compró a Miguel Galarza parte de los terrenos aledaños a la estación Primero de Mayo. Y luego de subdividir el terreno en manzanas fundó un pueblo con el nombre de Villa Mantero, en honor su suegro, Juan Antonio Mantero, el 29 de septiembre de 1893, el día que cumplió treinta y siete años.  

A diferencia del trazado previsto originalmente, la planta urbana con la que se fundó Villa Mantero respetó los ejes Norte Sur y Este Oeste, y abandonó la idea primigenia de un damero a medio rumbo compuesto por un cuadrado de ocho manzanas por lado, con las cuatro del centro destinadas a la plaza central, y separado seiscientos metros de la estación. La plaza quedó reducida a una sola manzana, y el damero perdió parte de su simpleza original, además de quedar más próximo a la estación. Entre los primeros pobladores de Villa Mantero hubo argentinos, uruguayos, españoles, italianos, alemanes, franceses y judíos. Algunos de los integrantes de la Logia Jorge Washington que habían ingresado junto con Seró lo acompañaron en la empresa y fueron algunos de los primeros propietarios del pueblo.  

Juan Miguel Seró fundó en la localidad el periódico Ecos del Gená, y se dedicó a fomentar de diversas maneras el progreso de la localidad. Entre 1900 y 1903 fue diputado provincial por el departamento Uruguay y en 1910 se desempeñó como encargado escolar nacional.

          

Fuentes:

Elizalde, Viviana Julia, Sergio Américo Elizalde, Luis Arístides Cherot , y Abel Julio Sellanes . Historia de Villa Mantero . Villa Mantero, 1993.

Lappas, Alcibíades. «La logia masónica "Jorge Washington" .» Logia "Jorge Washington". s.f. http://www.logiawashington.org.ar/050.htm.

Urquiza Almandoz , Oscar Fernando. Historia de Concepción del Uruguay - Tomo III. Concepción del Uruguay: Municipalidad de Concepción del Uruguay, 1985.

 

Publicado en el diario La Calle el 18 de octubre de 2026.

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lunes, 19 de octubre de 2026

A 225 AÑOS DE SU NACIMIENTO RECORDARON A JUSTO JOSÉ DE URQUIZA


Tuvo lugar el pasado viernes 17 en el Salón “Alejo Peyret” del Colegio del Uruguay un concierto de la Orquesta Escuela “Río de los Pájaros”, a modo de homenaje a Justo José de Urquiza, al cumplirse el 18 de octubre 225 años de su nacimiento.  

El evento, organizado por el Centro Cultural “Justo José de Urquiza” y la Asociación de Ex Alumnos del Colegio del Uruguay, contó con una nutrida concurrencia que disfrutó de una magnífica velada musical.  

Tras las palabras de bienvenida a cargo del licenciado Hugo Barreto en nombre de las entidades organizadoras se desarrolló la primera parte del concierto, que incluyó el Himno al Colegio del Uruguay y el Himno a Urquiza. La segunda parte consistió en la interpretación de obras de Astor Piazzolla y Carlos Gardel.

Desde su creación en 2011 la Orquesta Escuela “Río de los Pájaros”, bajo la dirección de Gastón Pletti, se ha consolidado como un espacio de formación musical y desarrollo artístico para niños y jóvenes, promoviendo la inclusión y la excelencia musical. Sus integrantes se han presentado en escenarios de relevancia como el Palacio Libertad, el Teatro Coliseo y el Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires, así como en escenarios de México y Brasil. La Orquesta integra el Sistema de Orquestas Infantiles y Juveniles de Argentina.   

Las instituciones convocantes agradecen a quienes colaboraron en la organización y al numeroso público que acompañó el concierto.    

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domingo, 11 de octubre de 2026

JUAN ANTONIO MANTERO


Por José Antonio Artusi

Juan Antonio Mantero Camps nació en Paraná el 28 de octubre de 1840. Su abuelo materno, Juan Francisco Esteban Camps Zani, fue alcalde de Paraná y murió degollado en Santa Fe por tropas de Rosas al mando de Oribe en 1842, por haber colaborado con el general José María Paz.

Se casó en Concepción del Uruguay el 26 de junio de 1861 con Rafaela Cabral. Murió el 10 de abril de 1892 en el distrito Genacito, Departamento Uruguay.  

Estudió en el Colegio del Uruguay y posteriormente se graduó de abogado. Tuvo una destacada participación en la batalla de Cepeda y más tarde en Pavón. En 1863 fue designado archivero en Concepción del Uruguay, bajo la administración del coronel Pedro Melitón González como jefe político. Dirigió el periódico El Eco de Entre Ríos y también participó en la redacción de El Uruguay. Es muy poco conocida su labor como escritor; Luis Alberto Ruiz, en su Historia de la Literatura Entrerriana cita sus obras: Sinopsis de la ciudad de Santa Fe, Historia del periodismo argentino, Historia anecdótica del general Urquiza, Diccionario bufo – político, y La cuestión presidencial. En 1872 estuvo entre los fundadores de la Biblioteca Popular “El Porvenir”. Se desempeñó como profesor en los Cursos de Derecho del Colegio del Uruguay, teniendo a su cargo la materia Derecho Civil.   

En 1870 se sumó a la insurrección de López Jordán. Es interesante recordar la caracterización que hace Oscar Fernando Urquiza Almandoz de “los jordanistas”: “Un núcleo de jóvenes, muchos de los cuales habían pasado por las aulas del Colegio histórico, donde habían aprendido a amar la libertad y a amar la ley, consideraron que Urquiza, que tanto había luchado por esa libertad y por esa ley para imponerla en el país, se resistía a brindarlas a su provincia, a la que quería seguir dominando en su ya extenso patriarcado. El juicio generalmente peyorativo ha sido el denominador común con el cual se ha signado a los colaboradores de López Jordán. Se ha venido repitiendo, palabras más, palabras menos, lo que cierta prensa manifestara en aquellos momentos de pasiones desbordadas. “El partido jordanista – decía en 1870 El liberal de Paraná – es el partido personalísimo, compuesto de los elementos más impuros que hay en Entre Ríos… Famosos asesinos, hombres avezados al robo y al pillaje, son sus miembros más caracterizados”.”  Urquiza Almandoz considera “equivocada tal aseveración. Como en todo movimiento político – social donde se mueven muchos personajes, el jordanismo tuvo hombres que se hicieron realmente acreedores a tal juicio, pero, en verdad, aquellos que desempeñaron los papeles más importantes dentro de él fueron personas espectables, con muchísimos méritos. Rodearon a López Jordán en su momento… destacadas personalidades… tales como Dámaso Salvatierra, Juan A. Mantero, Anastasio Cardassy, Benito G. Cook, José Hérnández, Francisco F. Fernández, Evaristo Carriego, … y otros. Equivocados o no en sus apreciaciones e ideales, dieron pruebas harto elocuentes de honestidad, de desinterés, de espíritu de sacrificio”. Urquiza Almandoz encuentra causas reales y causas ficticias para explicar el levantamiento jordanista. “Entre las primeras: el largo gobierno del general Urquiza, que produjo el desgaste del gobernante y el cansancio de los pueblos; un gobierno evidentemente personalista que, si bien tuvo resultados altamente positivos para los destinos de la provincia, a la postre, inexorablemente haría aflorar fuertes resistencias; la imposibilidad de practicar elecciones en que se garantizara la libertad de sufragio, etc. Entre las segundas: la creencia, a nuestro juicio equivocada, de que Urquiza había resignado sus convicciones federales y que la retirada de Pavón, su no intervención en el pleito que ensangrentó a los orientales y su acatamiento a la autoridad nacional en la resistida guerra con el Paraguay, no eran sino testimonios elocuentes de que “el general se había vendido a los porteños”.               

Fue designado ministro por López Jordán, cargo que va a ocupar por pocos meses. Tras sumarse a la lucha armada, en agosto de 1870 fue hecho prisionero por las fuerzas nacionales en Diamante.  Urquiza Almandoz nos narra que “no obstante la derrota del jordanismo en el combate de Ñaembé, los ánimos continuaron exaltados… Durante el transcurso de 1872 Concepción del Uruguay continuó siendo escenario de altercados y agresiones… Al morir a fines de ese año el distinguido médico uruguayense doctor Vicente H. Montero, la policía violó su correspondencia y papeles privados.” Inmediatamente se ordenó la prisión de varios dirigentes, entre ellos Mantero, “bajo la acusación de hallarse implicados en un plan de invasión jordanista”. También fue encarcelado en diciembre de 1872 junto a otros redactores de El Eco de Entre Ríos, y en febrero de 1873 “una partida antijordanista destruyó la imprenta donde se editaba aquel periódico”.     

En 1881 fue electo municipal, y asumió en enero del año siguiente. En 1883 fue designado ministro de Hacienda, Justicia e Instrucción Pública por el gobernador Eduardo Racedo. El periódico porteño El Mosquito, en su edición del 6 de mayo de 1883, publicó un retrato suyo y un artículo en el que se editorializaba de la siguiente manera: “El Doctor Mantero ha entrado a la política por la puerta grande. Lleva al gobierno el contingente de la opinión unánime de toda la provincia de su nacimiento, opinión que se ha formado durante quince años alrededor de su estudio de abogado. Tiene cuarenta y dos años y formó parte en el Colegio Nacional del Uruguay de la pléyade de jóvenes que de todos los puntos de la República congregó el general Urquiza, como presidente de la Confederación, con el objeto de obtener la verdadera unión social de la familia argentina… Estudiante todavía, salió del colegio para tomar las armas en Cepeda y Pavón, llegando al grado de capitán de línea. Pero apenas concluyó la guerra, volvió al colegio, donde concluyó sus estudios. Por repetidas veces se le quiso dar ascensos para que continuase la carrera militar, los que siempre desechó… Como ahora, la juventud entrerriana le sacó del trabajo el año 1870 para llevarlo al ministerio que se formó a raíz de una popular revolución. Concluida ésta, volvió de nuevo a ser abogado, no queriendo ceder en lo más mínimo ante situaciones que consideraba ilegales… Al poner sus elementos de opinión a disposición del general Racedo, se ha encontrado con que disponía de la mayoría de la provincia… Hoy entra al ministerio con un prestigio inmenso y con la omnímoda confianza del gobernador Racedo...”.   Esa confianza no duraría mucho. Mantero renunció al poco tiempo, enfrentado duramente con el gobernador por el traslado de la capital provincial desde Concepción del Uruguay a Paraná. Racedo no le aceptó la renuncia y lo destituyó. Urquiza Almandoz recuerda que “en una de las tantas oportunidades en que el doctor Juan Antonio Mantero … escribió al presidente Roca, le hizo presente que se oponía firmemente al traslado de la capital a Paraná, no obstante poseer propiedades de su familia en esa ciudad…  A partir del instante en que la Convención aprobó el cambio de capital, el gobernador Eduardo Racedo, a quien todos sindicaban como el verdadero iniciador y sostenedor de la innovación… dejó de ser persona grata al pueblo de Concepción del Uruguay. La exaltación de los ánimos llegó a extremos reprobables y la conjuración fue decidida. En efecto, cuatro días después que se decretara el traslado de la capital, fue descubierto un plan subversivo. Varios individuos, algunos de ellos reclutados en Paysandú, debían asesinar a Racedo… Entre otros, fueron sindicados como dirigentes el doctor Anastasio Cardassy, ex convencional por Concepción del Uruguay, y los señores Seró, Escobar, Mariño y Pérez Colman”. No faltaron quienes acusaron a Mantero de ser parte del complot. En una carta dirigida a Racedo, Antonio Donovan le dijo que debía tratarlos “como a bandidos. Cardassy es un miserable. Mantero es el principal instigador y bueno sería julepearlo mandándole llevar…”.          

Estuvo algún tiempo exiliado en Paysandú y posteriormente se radicó en Buenos Aires, donde ejerció la profesión de abogado en un estudio que compartía con el republicano exiliado español Serafín Álvarez, uno de los precursores del socialismo argentino. Luego regresó a Entre Ríos para ser administrador del Ferrocarril Central de Entre Ríos.    

Juan Miguel Seró, casado con su hija Carmen Mantero, compró las tierras aledañas a la estación 1° de Mayo del ferrocarril entrerriano y el 29 de septiembre de 1893 fundó Villa Mantero, en homenaje a su suegro.

Eduardo Tibiletti expresó que Juan Antonio Mantero “perteneció a una clase distinguida de hombres que jamás buscaron las alturas del poder y que, llegados a él por la voluntad popular y por sus merecimientos, lo abandonaron cuando comprendieron que su permanencia en el mismo era contraria a su dignidad y a sus condiciones de ciudadano probo y honrado”.

Fuentes:

Bosch, Beatriz. Historia de Entre Ríos. Buenos Aires: Editorial Plus Ultra, 1978.

El Mosquito. "El Doctor Juan A. Mantero." Mayo 6, 1883.

Ruiz, Luis Alberto. "Historia de la literatura entrerriana." Autores de Concordia. 1993. https://www.autoresdeconcordia.com.ar/uploads/Historia_Lit_Entrerriana_LAR.pdf.

Urquiza Almandoz , Oscar Fernando. Historia de Concepción del Uruguay - Tomo III. Concepción del Uruguay: Municipalidad de Concepción del Uruguay, 1985.

Publicado en el diario La Calle el 11 de octubre de 2026.

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domingo, 4 de octubre de 2026

LOS PUENTES INCONCLUSOS

Por José Antonio Artusi

El pasado 11 de septiembre Jorge Enrique Martí - “el poeta de la entrerrianidad”, tal como lo recordó Adriana Ortea – habría cumplido cien años. Cinco días más tarde se cumplieron cincuenta años de la inauguración del Puente San Martín, entre Puerto Unzué y Fray Bentos. El año pasado había cumplido medio siglo el puente Artigas, que une a Colón y Paysandú. Jorge Enrique Martí estuvo entre los promotores de la concreción de esa obra, y fue un ferviente defensor de la integración regional y el hermanamiento efectivo de nuestros pueblos.

En un magnífico reportaje que le hizo Andrew Graham-Yoll publicado en Página 12 el 16 de abril de 2007, en pleno conflicto por la instalación de una planta de celulosa en Fray Bentos, y ante el corte de los puentes como mecanismo de protesta, Jorge Enrique Martí expresó con contundencia:  “Yo no puedo aceptar bajo ningún concepto que se corte una ruta ni acá ni en ningún lado, y no porque la Constitución y las leyes sean claras al respecto, sino porque si me da la gana de ir por qué diablos me lo van a impedir. Ahora no puedo ir a Paysandú a visitar a mi viejo amigo, el poeta Aníbal Sampayo, que está enfermito, porque están condicionados los horarios. A tal hora sí y a tal hora no. ¿Qué es eso y por qué es así? ¿Cómo me van a cortar el derecho que tengo de ir a Paysandú cuando me plazca? ¿Para qué trabajé tanto por ese puente? Me he ocupado del río Uruguay toda mi vida. No sólo lo he cantado en mis libros, sino que lo he vivido intensamente y conozco todos los problemas que tiene desde hace mucho tiempo y sin que al parecer le hayan preocupado a los preocupados de ahora”.  

El río Uruguay nunca fue, para quienes habitan sus costas, un límite geopolítico ni un abismo infranqueable. Fue, por el contrario, la gran arteria por donde circuló la cultura compartida y la hermandad de dos pueblos que se reconocen en la misma matriz histórica. Sin embargo, a pesar de los avances materiales del siglo pasado, quienes habitamos la región observamos cómo las burocracias persisten en levantar murallas. Urge proclamar la necesidad del libre tránsito fronterizo y el pleno libre comercio entre la Argentina y el Uruguay, derrumbando de una vez las restricciones y los controles estériles que solo sirven para empobrecer a nuestros ciudadanos.

Cincuenta años han transcurrido desde que los puentes fueron habilitados. Medio siglo después tenemos un régimen que los subutiliza. Un puente puede unir dos orillas y, sin embargo, subsistir entre ellas una frontera económica, burocrática y mental. Podemos tener magníficas obras de ingeniería y, al mismo tiempo, conservar obstáculos que dificulten el tránsito de las personas, encarezcan el intercambio de mercaderías y desalienten las relaciones comerciales, laborales, culturales y familiares que naturalmente deberían desarrollarse.

La frontera internacional existe. Argentina y Uruguay son dos Estados soberanos y es razonable que tengan sus propias leyes, autoridades, controles y responsabilidades. Pero una frontera política no debería convertirse en una barrera artificial contra la vida económica y social de pueblos que la historia, la geografía y la cultura han unido mucho antes de que los Estados modernos trazaran sus límites.

Cuando un entrerriano compra un producto uruguayo porque lo considera conveniente, y viceversa, ambos ganan. El comprador obtiene algo que valora más que el dinero que entrega; el vendedor obtiene algo que valora más que la mercadería que entrega. No hay un vencedor y un vencido. Hay un intercambio voluntario del que las dos partes se benefician mutuamente. Esto, que parece tan elemental, ha sido oscurecido demasiadas veces por la idea de que las fronteras económicas “protegen” a los pueblos.

El proteccionismo y las restricciones al comercio han sido históricamente la muleta de los mercantilismos burocráticos y los grupos de presión que usurpan el bienestar de la gente común bajo el pretexto del "resguardo nacional".

Cuando se limita el intercambio comercial entre Colón y Paysandú, o entre Concordia y Salto, o entre Gualeguaychú y Fray Bentos, lo que se cercena es la libertad de las personas de adquirir bienes y servicios al mejor precio y la capacidad de las pymes y productores de ampliar sus mercados. La libertad de comercio dinamiza el trabajo e incentiva la competencia productiva, que a su vez acarrea aumentos de productividad y eficiencia.

El eminente economista y periodista norteamericano Henry George advirtió magistralmente en su obra “Proteccionismo o Libre Comercio” que "el libre comercio no significa otra cosa que la libertad. Significa que los hombres deben tener el derecho inviolable de cambiar el fruto de su trabajo por el fruto del trabajo de otros, sin que el Estado se interponga para cobrarles un tributo por el solo hecho de cruzar una línea imaginaria en el mapa." Una línea imaginaria en el río Uruguay, podríamos decir nosotros.

Henry George desmontó la falacia proteccionista demostrando que lo que destruye la riqueza de una nación en tiempos de paz mediante barreras aduaneras no difiere estructuralmente de lo que lograría un bloqueo naval enemigo en tiempos de guerra. Imponer aduanas en los puentes del río Uruguay equivale a autoimponernos un bloqueo comercial que empobrece a toda la región. Para George, el proteccionismo no era una defensa neutral del interés general, sino una forma de imponer costos a unos para beneficiar determinados intereses.

El poeta e historiador cordobés Arturo Capdevila exaltó la hermandad de los pueblos hispanoamericanos y la absurda artificialidad de las fronteras económicas internas. En sus encendidos escritos sobre la refundación continental y la unidad iberoamericana, Capdevila clamaba con vehemencia: "Nuestras fronteras no fueron trazadas para dividir a los hermanos, sino para señalar los ámbitos de una misma libertad. Las aduanas interiores y los aranceles aduaneros sobre la carne y el pan común son la victoria del prejuicio sobre la razón, la mezquindad estatal oprimiendo el destino indisoluble de nuestra América." Evocando el sueño de Rivadavia, Capdevila describía un Estado sostenido por la renta del suelo, sin castigar el trabajo con gabelas y con aduanas, “esos fosos de castillo sin ley”.

Para comprender el impacto transformador de la supresión de barreras, basta con posar la mirada en el continente europeo. Durante siglos, la frontera francoalemana fue escenario de conflictos sangrientos. Sin embargo, mediante la implementación del Mercado Único y el espacio Schengen, Europa comprendió que la paz duradera y la prosperidad se erigen sobre la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales.

Hoy en día, un ciudadano europeo cruza de Alemania a Francia o de España a Portugal con la misma naturalidad con la que se transita entre dos municipios de una misma provincia. Esta fluidez transformó regiones históricamente deprimidas en vibrantes polos de desarrollo transfronterizo, donde la oferta laboral, la salud, la educación y el comercio se integran armónicamente.

Si las naciones europeas —que hablaban lenguas distintas y venían de destruirse mutuamente en dos guerras mundiales— lograron derribar sus garitas para erigir la zona de comercio e intercambio más próspera del planeta, ¿qué nos impide a nosotros, que compartimos tantas cosas hacer exactamente lo mismo?

Es hora de abandonar la retórica hueca de la "integración regional" que llena los discursos diplomáticos, pero se desvanece al llegar al puesto de control del puente. La verdadera integración no se logra con cumbres de mandatarios ni con tratados burocráticos inoperantes; se logra eliminando las trabas administrativas y permitiendo que la gente comercie, trabaje, estudie y viva con absoluta plenitud a ambos lados de la frontera.

 

Publicado en el diario La Calle el 4 de octubre de 2026.


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